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Mala memoria y peor conciencia

Voy a discrepar. Quiero discrepar. Tengo que hacerlo. Lo hago en memoria de Luis González de Alba y Gonzalo Rivas, que en paz descansen. Por esos dos grandes héroes cíviles tengo que reaccionar esta vez.

Necesito discrepar del mito simplificador del 68 y la masacre de Tlatelolco. Ese galimatías político que en México únicamente las mentes maniqueas vulgares creen entender y poder explicar como la lucha de los buenos-estudiantes contra el mal-gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, así de sencillo y así de burdo. Mucha imaginación fantasiosa y especulación sin sentido, poca voluntad de verdad y casi nada de auténtica intepretación crítica e historiográfica. Nada de verdad justiciera; pero mucho poema panfletario y pachiche, mucha novela fantástica y simplificación romántica. Ensayos de interpretación a la torera, o sea, eludiendo el bulto, como lo de Octavio Paz y los tlatoanis de la pirámide en su Posdata, o lo sentimental interesado y revuelto de Carlos Monsiváis en sus Días de guardar. Ni hablar del delirio revolucionario sin pies ni cabeza que atrapó al maestro José Revueltas.

Predominan la leyenda y la disonancia cognitiva, la reinvención de los hechos y el acomodo de todo al olvido de los propios errores. Malinterpretación subjetiva vuelta mentira colectiva. Como lo de los Niños Héroes de Chapultepec, ni más ni menos.

Del 68 no vino nada serio para la democracia mexicana, eso se dio hasta 1977 y 1988, ni el 68 es un parteaguas para la interpretación de la realidad y la historia de México, que eso lo había puesto en juego el grupo Hiperión entre 1948 y 1955, y lo hizo realidad la generación de la ruptura del muro de nopal, entre 1955 y 1965. El 68 fue la protesta del hartazgo, es cierto, la protesta de quienes todo lo tenían y sentían vergüenza y hastío por tener tanto gracias al PRI. Un berrinche espectacular, más moda que razón de cambio, maoísmo para lacandones y párale de contar.

Los situacionistas lo habían previsto desde París, ellos anunciaron lo que sería la revuelta de la miserable clase sin clase estudiantil. Una revuelta egoísta y narcisista, porque el estudiantado no tiene identidad real, son “estudiantes” porque les falta saber y alcanzar algo, no pueden hablar por la clase trabajadora porque generalmente no trabajan, dependen de su familia, ni siquiera son dueños auténticos de sus cuerpos. Todo lo que quieren es lo que ignoran y deben aprender en los estudios. Abandonar las universidades para ir a decir como debe ser la realidad es una ilusión utópica condenada al fracaso de antemano. Y así fue todo. Radicalidad pueril hasta convocar la matanza y dejar todo peor que como estaba antes de empezar la revuelta. Porque después de las olimpiadas de 1968 todo en México siguió funcionando bajo el mando dictatorial del PRI y de acuerdo a sus fuerzas y reglas.

Intervinieron, como en lo que sea, fuerzas de todo el mundo, nadie se quedó sin meter su cuchara en el movimiento estudiantil, lo mismo los norteamericanos que los rusos, los chinos, los cubanos, los chilenos, los argentinos, los turcos y los alemanes y más y más. Lo cierto es que nadie lo pudo controlar y quien mejor lucró con todo al final fue el partido comunista entonces clandestino.

Es verdad, quien más se equivocó esa vez fue el presidente Díaz Ordaz, que no supo ser un político adulto y un gobernante efectivamente demócrata y abierto al diálogo con todo mundo. Pero en torno a Díaz Ordaz y sus equivocaciones e indolencias se encuentra una nube inmensa de políticos del gobierno priista necio que tampoco supieron actuar de acuerdo a la realidad y las leyes, gente como Luis Echeverría, Francisco Gutiérrez Barrios, Alfonso Corona del Rosal, Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas. Los militares sólo obedecieron órdenes, que fue lo menos peor. Y si el gobierno político se equivocó gacho, hasta mancharse de sangre, del otro lado del juego de ajedrez no brilló la razón ni se buscó lo más justo para todos. Del lado de los estudiantes convertidos en Comité Nacional de Huelga tampoco hubo unidad real ni claridad en las ideas y acciones, todo lo enredaron y confundieron los que se autoproclamaron representantes de todos sin recibir el apoyo de todos, los que se adueñaron por la fuerza de las asambleas y la redacción de los pliegos petitorios, los que armaron y dirigieron los mítines, las manifestaciones y la toma de las instalaciones, sujetos que no eran exactamente el estudiantado normal, sino los activistas educados o domesticados para eso, hacer huelgas y causar olas en la política estudiantil y real, más porros y fósiles que líderes de opinión, más guerrilleros desesperados que intelectuales revolucionarios. Los resultados lo demuestran con creces, prácticamente ningún líder del 68 se convirtió en intelectual valioso para México, los que no se quedaron vueltos momias rencorosas por el fracaso en la revuelta, se volvieron los políticos corruptos de la segunda mitad del siglo pasado y todavía de ahora, sólo eso, más corrupción y delito. Lo bueno para la democracia llegó por otra parte, donde el 68 sólo es mito y fantasía, sueño infantil de intelectuales orgánicos con cédula profesional y hastío ante la normalidad de la cátedra. Por eso disiento de la ilusión común y digo que el 68 sólo fue un choque de necios, nada bueno para libertad y la democracia en México.

Por ello discrepo, yo no veo nada bueno en el 68, que fue un fracaso para todos, porque yo no creo que las universidades consigan algo positivo con paros, huelgas y violencia, pues todo ello niega de raíz su sentido como naves de la razón para proteger y acrecentar la libertad.

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