Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Lyn May, la Diosa del amor

Debemos tener cuidado cuando miramos a Lyn May, en estos primeros años de la segunda década de este siglo. Ella no sólo representa la desgracia de quienes pretenden eterna lozanía y hacen cualquier desfiguro porque, emocionalmente, dependen del reconocimiento de los otros. Cuando observamos a quien fuera la emperatriz de las danzas orientales en México durante los años 70 y 80, estamos frente a uno de los vestigios más notables de lo que fue la borrachera más fastuosa con la que el país celebró, mucho antes de tiempo, su acceso a la modernidad.

Ver a Liliana Mendoza Mayanes, nacida en Acapulco de Juárez, Guerrero, en 1952, implica reconocer la cruda del espejismo nacional de hace medio siglo: vasos rotos, algunos con bebidas donde nadan colillas de cigarros; ceniceros rebosantes, barruntos de alcohol y humo de tabaco, sudoraciones y el atosigante siseo del acetato rayado. Ella misma viajó en el torrente del ascenso y estrelló en la realidad

De escasos recursos y ascendencia china igual que sus cinco hermanos, Liliana vendió baratijas en las playas y en la adolescencia fue mesera en una lonchería; ahí la conoció su primer esposo, casi 30 años mayor que ella, con quien se trasladó a la ciudad de México. Regresó a la bahía a los 17 años de edad, divorciada y con dos hijas, para abrirse paso en el cabaret “El Zorro” bailando a Go Go en una jaula. Ya tenía la figura de la venus pintada por Alexandre Cabanel, de cadera ancha, cintura breve y nalgas prominentes; también mostró destreza en el baile, y ello la llevó al Tropicana, famoso centro nocturno de Acapulco donde conoció a Germán Valdés “Tin Tan”, con quien haría sketches cómicos.

A finales de los 60 el ánimo social imperante vio la prosperidad ineluctable en la urbanización y todo el adelanto de la educación de masas y el fortalecimiento de la clase media, entre otras vertientes. Como esto sólo era cosa de tiempo, para qué esperar, la pachanga se imponía y Liliana Mendoza arregló otra vez las maletas para asistir a la fiesta en el Distrito Federal e incluso protagonizarla a ritmo de danzas tribales, hawaianas y tahitianas. El movimiento de sus asentaderas era tan vertiginoso como el acceso del país al primer mundo, como cuando las tiples avistaron el comienzo de nuestra vida en las instituciones.

La joven encontró en la capirucha el incentivo de catapultarse, más aún al aparecer en el programa de televisón “Siempre en Domingo”, conducido por Raúl Velasco, junto con otras bailarinas lideradas por la supervedette Olga Breeskin.

Voluptuosa e impúdica, sus rasgos orientales encendieron la tarima del teatro Esperanza Iris donde, a principios de los 70, hizo el primer desnudo. Desde entonces todo o casi todo, fue toser y cantar (el lector debe saber que la palabra “cantar” aquí sólo es un artilugio de la crónica). Liliana comenzó a rozarse con Gloriella, Cleopatra y Yesenia, nombres que ahora podrían decirle muy poco a la gente bonita que nos acompaña pero en aquel tiempo suscitaban reverencias legionarias. El tema es que esas esas ninfas, celosas, exigieron la expulsión de Liliana del Iris, cosa que consiguieron, por lo que la imponente acapulqueña se trasladó, con todo y sus diminutas ropas, al legendario cabaret Savoy. Más tarde, a finales de 1972 regresó al Iris junto al nombre que la acompañaría para siempre: Lyn May, “La Diosa del amor. Su espectáculo fue tan seductor que, al verla, en 1973 el cineasta Alberto Isaac la elige para integrarla al elenco de la inconsistente pero nostálgica y por ello efectista película Tívoli.

Su participación en aquel bosquejo fílmico de la vida nocturna de la Ciudad de México de los años 50 y 60, también consolidó a Lyn May como símbolo de poder o, más precisamente, como un objeto a través del cual los hombres de la política verificaron y ostentaron su poder. Sin ninguna preparación y sólo con el deseo de aprovechar su cuerpo y exhibir sus virtudes dancísticas, esto le vino de perlas a ella. Literalmente, de perlas y tantos regalos por lo que declaró que, en 1980, se retiraría al tener dinero para el resto de su vida. Además de sus contratos millonarios, la ofrendaron políticos y miembros del PRI, el otrora partidazo, e incluso la prodigo también el presidente López Portillo según sus propias palabras.

En los años 70 “La diosa del amor” bailó al pueblo desde el Teatro Blanquita donde, además, compartió créditos con Pérez Prado, el legendario “cara de foca” quien le compuso el mambo “El mango de Lyn”; simultáneamentre bailó a hombres de dinero y poder, en El Capri. Además de actuar en Tívoli, lo hizo en “Bellas de noche” junto a Sasha Montenegro y Jorge Rivero y participó en “Burlesque” a lado de Angélica Chaín y la Princesa Lea. Luego actuó en varias cintas de comedia erótica que, a decir de los expertos, registran el fin del ciclo de las vedettes devenido en cine de ficheras donde el desnudo perdió gracia. Los desnudos de Lyn May devinieron intrascendentes y su rostro heriático comenzó a parecer la caratula de un reloj sin cuerda.

La diversión nacionl acabó principiando los 80 y la fiesta se volvió drama. El espejismo del desarrollo estabilizador y el proclamado acceso a la modernidad explotó brutalmente en una de las peores crisis económicas que hayamos tenido, y los participantes de la fiesta debieron aplacarse. Las vedettes y las correrías nocturnas tenian sus minutos contados pero Lyn May y otras más no quisieron anotarlo, como si al haberse elevado tanto se creyeran inmortales. Al principio, debieron recluirse, la inflación y la carestia eran la nueva rutina en tanto abrigos de piel, lentejuelas y plumas de aves exóticas formaban parte del inventario kitch, representaban el maquillaje descorrido o el sabor ocre de la cruda. Más tarde las divas volvieron a escena. En los 80 Lyn May no se retiró, al contrario, con mayor denuedo participó en aquel cine basura del que también es símbolo.

Valiéndole muy poco el tiempo, Lyn May se presenta en la telenovela “Yo no creo en los hombres”, a principios de los 90 y a finales de década baila en un video de la banda Plastilina Mosh, a los 46 años de edad. Obsesionada por mantener el rostro rozagante, a principios de este siglo acudió a un criminal que le deformó el rostro. Desde entonces narra esa historia como parte del sketch de sus presentaciones en programas de espectáculos donde también cuenta sus matrimonios y ligues con hombres del poder; también realiza su glorioso split aunque ahora repose como chifonier desvencijado. Pero quizá en los vieoclips, Lyn May logra el mejor retrato de sí misma al ser esa especie de muñeca que olvidamos hace muchos años en la caja de juguetes.

En 2016 participó en el documental “Bellas de noche”, de María José Cuevas junto con Olga Breeskin, Rossy Mendoza, Wanda Seux y la Princesa Yamal y, en 2017, estuvo en la obra “Divas por siempre” con Grace Renat, la Princesa Yamal y Wanda Seux además de Manuel “El Loco” Valdés.

Ahora Lyn May se mueve como una marioneta del destino.

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