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Los sonidos de la infancia

Los sonidos de nuestra infancia son tan viejos o frescos como nosotros. Si esto es cierto, los sonidos de los niños de ahora están asociados a las onomatopeyas de lo que significan sus aventuras en alguna de esas consolas de Nintendo o cualquier otra marca; al timbre de los aparatos móviles en la variante que sea o, pongamos, la voz de Luisito y Germán además de otros youtubers que para ellos son lo que para nosotros los adultos mayores significaron “El tío” Gamboín y Rogelio Moreno.

Lo que para los chicos de hoy son los mensajes de texto para los niños de antier era la carta o el teléfono que se construía con hilo cáñamo y dos vasos de unicel; actualmente escuchan a Karol G. en sonido digital mientras nosotros oímos a Rock acostumbrados a la interferencia de la amplitud modulada; ellos desconocen el disco de acetato y el sonido de gis e ignoran el disco del teléfono fijo y si acaso conocen su timbre es por las películas de antes.

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Si los abuelos le platicaron a sus hijos quién era el señor sereno de las calles en las ciudades incipientes, los niños no tienen idea de lo que digo, pocos conocen el sonido del afilador o quien vende tostadas de trigo mientras toca el triángulo musical o el de la chicharra que avisó que habían llegado bolillos, gendarmes, palomas, cuernos y corbatas. Ahora que lo pienso, creo que muy pocos recuerdan al gitano bigotón y regordete que, en la Ciudad de México, por allá en los primeros años 70 del siglo pasado, tenía una osa, le llamaba Martina, a la que hacía bailar con un pandero y el acicateo de una cadena, para que el respetable aventara en el piso monedas de cinco, diez y quince centavos además de los veintes del águila y el sol con los tostones y los pesos.

En esos años 70, la Ciudad de México tenía sonidos peculiares, varios eran intermitentes ya, el eco de tiempos todavía más remotos, pienso en el ferrocarril que atravesaba por avenida Tacuba o el tren eléctrico de Lucas Alamán; el silbido del globero, el teclado de las máquinas de escribir que invadía la calle de Santo Domingo (ah, el sonido de los linotipos) o el martilleo de los zapateros y la sierra de los carpinteros además de los merengues (creo que no tuvo infancia quien no jugó volados con los merengueros).

Pero hay sonidos imperecederos como el canto de los pájaros en cada ciclo cotidiano, en la mayoría de los barrios de la ciudad, ahí está la campana del camión de la basura; el sonido de los camotes y los plátanos, y por allá en la Merced los murmullos de las suripantas al oído del posible cliente. En los 70 nacieron los tacos al pastor en la Ciudad de México, pero el roce del cuchillo en la madera para cortar el suadero o las carnitas es de tiempos inmemorables y, no exagero, tanto como el olor, al escuchar el corte persistente de la carne es como agregar más sabor al taco.

En la casa ya casi cada vez suena menos el timbre del teléfono, pero la olla express sigue a través de los años igual que la licuadora y, a veces, también el molcajete para hacer la salsa machucada; es menos asiduo el molino o el silbido de la tetera y más persistente el clic de la computadora o el pitido del horno de microondas. Pocos escuchamos la radio y aún menos buscamos “El fonógrafo” para darle sonido a los recuerdos, ya no existe más la matraca del cambio de canal en la televisión y al paso que vamos la televisión misma cambiará totalmente de cuando la conocimos como caja.

Quienes ofrecimos nuestros servicios para hacer mandados en las casas jamás olvidaremos el toc, toc de la puerta que tocamos, como ahora mismo el niño que abre la APP respectiva para que entre la familia se organicen las compras porque el Internet de las Cosas ya impuso sus sonidos.

Yo ahora mismo, me quedo con el sonido de los cristales rotos de la ventana de la vecina y sus maldiciones contra aquellos pinches escuincles traviesos que nos desperdigamos en la calle buscando algún escondite mientras nos tapamos los oídos.

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