Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Los silos de Papá Xi

Como parte de las celebraciones por su reciente centenario, el Partido Comunista Chino (PCCh) dio a conocer un nuevo manual de educación política que tiene como propósito central dar a conocer masivamente el pensamiento del presidente Xi Jinping para “evitar distorsiones ideológicas” y “consolidar y fortalecer a la opinión pública en la dirección correcta”. Días antes, el ministerio de Educación emitió un comunicado en el cual se ordena a escuelas de todos los niveles a implementar programas de enseñanza relacionadas con el pensamiento de Xi Jinping. Desde la muerte de Mao Tse Tung no se veía en China este desplante propagandístico para obligar a todos los súbditos del país a implicarse en la filosofía y visión del mundo de su líder. De hecho, en la actualidad estos esfuerzos estatales por difundir el “pensamiento” de un gobernante solo son vistos en países con un desarrollo político limitado como Corea del Norte, Venezuela o Turkmenistán. Extraña y preocupa, por tanto, que China, país destinado a convertirse en la potencia económica más gran de del orbe, siga con estas prácticas absurdas de culto a la personalidad en pleno siglo XXI.

Xi Jinping // AP

¿Qué tan penetrante y complejo es el llamado “pensamiento del presidente Xi” como para recibir este tipo de atenciones y ser estudiado a profundidad? Si leemos sus catorce principios básicos nos daremos cuenta que se trata de una colección de generalidades, buenas intenciones y lugares comunes. Cosas como “Garantizar el liderazgo del Partido sobre todo el trabajo”, “Comprometerse con un enfoque centrado en la sociedad”, “Continuar con una reforma integral y profunda”, “Adoptar una nueva visión para el desarrollo”, “Defender de los valores socialistas”, “Garantizar y mejorar las condiciones de vida de la sociedad a través del desarrollo”, etc. Pero lo que importa es el mensaje subyacente, el cual dice: “Mao levantó a China y la hizo independiente, Deng Xiaoping la hizo rica y ahora Xi la hace poderosa”, Por eso el presidente quiere proyectar fortaleza en todos los aspectos y anuncia que su país será la principal superpotencia del planeta para el año 2049.

Se consolida a pasos agigantados un culto a la personalidad en un país pretendidamente moderno y que aspira a rebasar a Estados Unidos como la nación más fuerte. ¿Por qué este regreso de China al obsoleto el culto a la personalidad? Porque los gerifaltes del Partido llegaron a la conclusión que China lo necesita si quiere alcanzar todas sus ambiciosas metas. Los cultos a la personalidad fueron proscritos por Deng Xiaoping, quien opinaba que la “glorificación del individuo” era una “anormalidad”. A partir de los años noventa la burocracia china gradualmente se volvió impersonal, a menudo sin rostro. El gobierno dejó de hacer un esfuerzo concertado para hacer que el líder supremo se relacionara con las masas como se hacía en los tiempos de Mao. Los dos predecesores de Xi, Jiang Zemin y Hu Jintao, carecían de carisma. Hu Jintao fue descrito a menudo como “de madera” y “rígido”, mientras que Jiang Zemin, pese a que le gustaba cantar karaoke con dignatarios extranjeros, carecía por completo de atractivo popular. El resultado fue, según los ideólogos del PCCh, que se perdió el “respeto” por el jefe del país. La gente en común se sintió con el derecho de criticarlo e incluso de reírse de él, algo completamente intolerable para el Partido porque ponía supuestamente ponía en riesgo la viabilidad del país. Si el presidente no mes amado y respetado, China podría desaparecer, según esta línea totalitaria de pensamiento. Por eso ahora se ha cultivado una imagen popular del presidente Xi como la de un padre generoso, sabio y protector quien también sabe ser un “hombre del pueblo” capaz de utilizar un lenguaje sencillo. Por eso el aparato propagandístico chino se ha esforzado en generalizar para el presidente el apodo de “Xi Dada” (Papá Xi) , como parte de esta imagen accesible y paterna, y por eso se han popularizado cantos para alabar al presidente Xi, como aquella canción que se entonaba en honor a Mao durante la Revolución Cultural: “Querido Presidente Mao / gran Presidente Mao / todos bajo el cielo te aman”. Y como en los tiempos del Gran Timonel, la imagen del presidente Xi se ha vuelto omnipresente alrededor de China: en las primeras páginas de los periódicos, en las portadas de revistas, en carteles ubicados por doquier, en vallas publicitarias, en letreros colocados a lo largo de las aceras los cuales piden al país proteger a Xi por constituir el “núcleo” del partido.

Entrelazar el destino de un país con el de su líder es una característica básica de los cultos a la personalidad y que este anacronismo vuelva a China cuando se ha convertido en una gran potencia entraña ingentes peligros porque son síntoma de la restauración de una autocracia personalista. Este tipo de dictaduras tienden a producir políticas exteriores arriesgadas y agresivas, son propensos a invertir en armas e iniciar conflictos. Dicho esto, justo cuando satélites norteamericanos acaban de descubrir en la provincia de Sinkiang (la zona más árida y apartada de China) la construcción de silos para albergar a unos 110 misiles balísticos intercontinentales. El potencial de China para convertirse en una fuerza desestabilizadora tiene, desde luego, consecuencias primordiales para el planeta. Por eso es vital monitorear el creciente culto a Xi, para entender tanto su impacto en el panorama interno como sus repercusiones globales.

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