Cinque Terre

Arouet

Los sabores de la infancia

Nuestra infancia tiene sabores. La mía sabe a tamarindo embarrado en ollitas de barro con caras agridulces y lengua escoriada de tanto adherirse en su porosidad, también a canastas de chocolate y rompope, chochitos de colores y congeladas de limón.

Las ollitas de barro me remiten a Doña Queta que vendía dulces en una vecindad que ya no existe, en el Callejón de la Amargura de la Ciudad de México; era una mujer baja de estatura y de mediana edad, regordeta y morena, que la pasaba espantando moscas tanto como a los niños que sólo iban a mirar la mercancía en el tendido. Las canastas de chocolate y rompope me llevan a mis primeras compras con la gesticulación de “Ya sé que me debe dar cambio”, y las congeladas a los primeros partidos de futbol en la calle igual que los “chescos” como Yoli y Fiesta Cola, aunque las corcholatas que más me gustaban eran las de Pepsi Cola porque tenían a los Picapiedra y otros personajes de la televisión.

No había competencias sin goma de mascar y las mejores para hacer bombas eran unas de color rosa envueltas en héroes de DC además de los chicles Motita de plátano y frutas que eran los favoritos, los primeros tenían más azúcar que sabor y los segundos eran tan ricos que más de una vez me los tragué a pesar de las admoniciones de los adultos sobre que podrían quedarse pegados en mis tripas. La verdad, no recuerdo bien los sabores de los pastelitos Twinkie, sé que eran de fresa, vainilla y chocolate, pero apenas daba uno o dos mordiscos porque mi único o principal deseo era tener la colección completa de autos de carreras y luego a los personajes de Hanna-Barbera que en aquel tiempo creí que se trataba de una señora que se dedicaba a inventar caricaturas.

¿Han probado el resistol blanco? A mí me gustaba embadurnarlo en las manos y luego, seco, desprenderlo de entre los dedos pero además lo probaba para hacer que durara más y pegar muchas estampas, también besaba a mi moneda favorita de 20 centavos; su sabor a cobre me traslada a los famosos tapados donde se decidía la suerte. También dí alguna mordida a la plastilina, sus colores me hicieron pensar que sabría rica, pero nunca más lo volví a hacer y sólo recuerdo que hacía a Ultraman y Ultraseven o cualquier otra figura en el kinder para impresionar a la niña más bonita del salón, Elizabeth se llama, quien, 48 años después, sigue siendo mi amiga.

Creo que en aquel tiempo no había nada mejor que las tortas de frijoles con café con leche y las conchas de vainilla también con café con leche (aunque siempre me prive de hacer sopas porque nunca han sido lo mío las texturas aguadas en la boca), igual que las banderillas o los ombligos o las piedras. Sobre el ajo ya hablé alguna vez por eso sólo traigo a cuento una cosa viscosa, espantosa, que se llama “Emulsión de scott”; los de mi generación saben de lo que hablo y quienes no sólo piensen en un olor entre aceite y pescado y luego en un sabor a caca con aceite y pescado (si es que la caca sabe a lo que huele); aún recuerdo cómo hace ya varios ayeres les pedí a dos de mis hijos que la probáramos juntos alrededor de una tina por si a alguno fuera vencido y debiera tirar una huacara, vulgo vomitar, el caso es que quien tiró una Oaxaca fui yo, en medio de la risa de mis hijos, así es que de plano si algún trauma tengo es ese igual que el tufo a penprocilina de 800 mil unidades que me dejaba cojo durante varios días.

Entonces, hay sabores que también nos remiten a desgracias de la infancia –para mí lo eran, lo son aún, las lentejas y las habas, o el sabor de boca que deja una inyección y más si es de vitamina–, por eso mejor ando entre el manjar del chipotle de las albóndigas con huevo cocido dentro y el sabor a frijoles negros con epazote cocidos al ritmo de la banda sonora de la válvula de la olla express, ah, y casi lo olvido, el sabor de vinagre y chile de los cueritos de cerdo en la tienda de Don Ángel por allá en la calle de Honduras a principios de los setenta.

Creo que más o menos así sabe mi infancia.

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