Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

Los que no merecen vivir

Dejemos de lado la terrible crisis económica, la escasez de alimentos y medicinas, la tasa de pobres que se ha duplicado y hoy supera 80% de la población. Fijemos nuestra atención solamente en la crueldad represiva del gobierno de Maduro: más de 400 opositores presos, más de 120 personas asesinadas por la policía y los colectivos chavistas y más de cinco mil detenciones arbitrarias durante las protestas de los últimos cuatros meses, torturas a los detenidos.

Además, el Poder Judicial avasallado por el gobierno, que no tolera resoluciones contrarias a sus designios; la Asamblea Nacional elegida democráticamente, privada de sus atribuciones; la fiscal general, destituida por no ser suficientemente incondicional; la Asamblea Constituyente de Maduro, producto de una farsa electoral.

Al preguntarme cómo se podía apoyar a un régimen de esa calaña, recordé que las dictaduras han tenido millones de adeptos y cité la definición de sectario que acuñó Savater. Pero ni la remembranza ni la definición explican por qué algunos se vuelven fanáticos sectarios y aplauden a gobernantes que aplastan o eliminan a disidentes y opositores.

Porque Mussolini, Stalin, Mao, Pol Pot, Somoza, Pinochet, Videla, los Castro, Kim Jong-Un y Maduro —caricatura de la caricatura que fue Chávez, lo caracteriza Héctor Aguilar Camín— han actuado con extrema saña no sólo contra quienes han tenido la osadía de oponerse activamente a su política, sino también en muchas ocasiones contra quienes simplemente no se han ajustado a las pautas de conducta que han pretendido imponer a la población. (Hitler es caso aparte con su demencial holocausto).

No importa a tales jefes de Estado el sufrimiento humano que provocan: tormento y años de cárcel a los adversarios, exilio de millones que escapan de la persecución o la opresión, asesinatos de muchos que se atreven a protestar, angustia generalizada ante la inexistencia de productos de primera necesidad.

En las dictaduras se ha perseguido sin piedad a demócratas, socialistas, comunistas, revisionistas, burgueses, reaccionarios, creyentes, homosexuales y un largo etcétera porque se trata de uniformar ideológicamente a toda la sociedad. Se considera traidor a la patria o a la causa o al partido a todo el que manifiesta desacuerdo con el modelo que quiere imponerse.

La aniquilación de judíos, los grotescos juicios de Moscú, la delirante revolución cultural maoísta, el encierro en campos de concentración de disidentes y homosexuales cubanos y el encarcelamiento de cientos de opositores venezolanos responden a la misma lógica en virtud de la cual se ha llamado gusanos a quienes salieron de la Cuba castrista o traidores a quienes no se resignan a que Maduro se eternice en el poder.

Me acerco ya a la respuesta de la pregunta que me obsesiona. Los fanáticos sectarios creen que merecen vivir sólo quienes incondicionalmente están de acuerdo con sus dogmas. No asesinan a todos los que disienten porque no les resulta materialmente posible o no les conviene políticamente, pero no les tiembla la conciencia al torturarlos, encarcelarlos o echarlos del país. Al cabo que se trata de guiñapos que no se ajustan al molde del hombre nuevo.

Se creyó que las revoluciones socialistas harían surgir un hombre nuevo, exento de los vicios de las añejas sociedades clasistas, pero en lugar de eso hicieron emerger el lado oscuro de muchos incondicionales que sin escrúpulos han delatado a padres, hermanos, cónyuges, hijos y amigos; apaleado a quienes salen a la calle a manifestar su descontento, y condenado a prisión o muerte a los réprobos.

Lo hicieron la Santa Inquisición, luteranos, calvinistas y líderes de la Revolución Francesa; lo hacen regímenes teocráticos musulmanes y el inaudito Estado Islámico. Los justicieros revolucionarios y sus partidarios —asegurando que luchan por un mundo mejor— son también inquisidores.


Este artículo fue publicado en El Excélsior el 10 de agosto de 2017, agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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