Cinque Terre

Nicolás Alvarado

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Periodista

Los plurinominales me representan (desde siempre)

Este año cumplí 26 como elector, a lo largo de los cuales he participado en 9 elecciones federales. (Han sido celebradas 10 desde que ejerzo la ciudadanía pero un viaje de trabajo al extranjero, oportuno e inesperado, me salvó de tener que enfrentar la disyuntiva infernal entre Peña Nieto y López Obrador en 2012.)

Los criterios de mi voto en todas esas jornadas –salvo en una: la de 2000 que viví como militante– fueron los mismos: 1) votar para la Presidencia a un partido que fuera opción real de poder, coincidiera o no con su proyecto, de tal suerte a frenar la llegada de un candidato temido (traducción: en 2006 como en 2018 voté por el PAN, no por afinidad con sus valores sino en contra de López Obrador); 2) en elecciones presidenciales, votar al Legislativo a partidos cuya idea de mundo me fuera más o menos cercana, que abanderaran causas que me son caras y que pudieran sumar contrapesos al Ejecutivo desde el Congreso (es decir que mis votos legislativos fueron para Alternativa en 2006 y para el PRD en 2018); 3) en elecciones intermedias, votar por un partido distinto al que gobernara, y que reflejara de la manera más cercana posible mis valores, pero siempre privilegiando el primer criterio (eso me llevó a votar PRD en 97, México Posible en 2003, otra vez PRD en 2015 y MC en 2021; la única vez en que me vi obligado a dar mi voto legislativo a un partido con el que tengo casi nula identificación fue al PRI en 2009: no podía darlo al del presidente de Calderón aun cuando hubiera votado por él, no cabía en mis principios otorgarlo al PRD de López Obrador –al que abandoné como opción desde su primera postulación a la Presidencia en 2006 hasta su salida previa a la elección de 2015– y no existía en ese proceso una opción minoritaria con la que coincidiera).

Antes de explicar por qué hago esta apretada autobiografía electoral, deberé ofrecer dos datos adicionales a fin de apuntalar mi argumento: 1) salvo en una ocasión –aquel voto por el PRI en 2009– jamás una sola de las opciones por las que voté se erigió en mayoría, y ni siquiera en primera minoría; lo que es más, siempre voté a sabiendas de que así sería; 2) por tanto, rara vez me preocupé por saber quiénes eran los candidatos de mayoría al Legislativo que abanderaba el partido de mi elección, dado que era consciente de que difícilmente ocuparían un escaño; en cambio, siempre busqué conocer las listas de candidatos de representación proporcional dado que serían los que a fin de cuentas se verían impulsados por mi voto y los que defenderían el Congreso no sólo las causas que me importaban sino una visión lo más afín posible a la mía en los trabajos del Legislativo.

Va ahora sí la explicación: presento mi caso como uno de estudio de los mexicanos que debemos agradecer a la representación proporcional que nuestra idea de país sea tenida en cuenta y llegue al Congreso, y que por tanto nos oponemos a la reciente propuesta del presidente y su partido de que la representación proporcional sea eliminada de nuestro sistema electoral, lo que nos condenaría a vernos irremediablemente silenciados.

La representación proporcional en México, heredera de la reforma política de 1977, fue concebida para procurar voz a las minorías que hasta entonces no la habían tenido: gracias a ella obtuvieron registro los partidos de izquierda que terminarían por dar origen al PRD y a Morena, y gracias a ella tuvieron voz en el Congreso –así hubieron de constituir fracciones parlamentarias de manera sucesiva el PCM, el PST, el PSUM, el PMT, el PRT y el PMS pero también, a la derecha del PAN, el PDM. Gracias a ella, pues, es que el Congreso ofrece una representación, si no perfecta, sí aproximada de la pluralidad política del país.

Me niego a vivir en el país de un solo hombre como me niego a vivir en el país de tres partidos: todo el que piense como yo habrá de defender la representación proporcional. (Y, aunque somos minoría, sumamos millones.)

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