Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Los no intelectuales

En un texto fundamental de Gabriel Zaid (Vuelta 261, agosto de 1998), se define al intelectual: “es el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”.

Este concepto excluye al grueso de los comentócratas, analistas y voceros de todo color y orientación ideológica. Para prestigiarse, estos portavoces se suelen arrogar ese rol de opinantes reconocidos entre las minorías selectas o dirigentes, cuando resulta claro que carecen de esa validación.

Zaid hace un recuento de nueve casos de comentaristas que no encuadran en el supuesto de intelectual, desde los evidentes —como “los que no intervienen en la vida pública”— hasta los planteados con humor cáustico —”los taxistas, peluqueros y otros que hacen lo mismo que los intelectuales, pero sin el respeto de las elites”—, en medio de estos extremos, hay una rica tipología de emisarios, cuya aplicación al entorno actual, permite retratar la tragicómica situación del charlismo de la Cuarta Transformación.

Existe un componente cultural indispensable para ser intelectual, que es su recepción como tal. No equivale a ser popular: un influencer con cientos de miles o millones de seguidores no alcanza el carácter de intelectual por esa fama, por el contrario, se encuentra en el supuesto que Zaid señala para los que ya no son exclusivos y, por ende, repugnan a los gustos distinguidos: “los que se ganan la atención de un público tan amplio que resulta ofensivo para las elites”.

Así, a pesar de que las masas en redes sociales sostengan que un personaje es un intelectual, porque en su visión da opiniones inteligentes, ese sujeto usualmente carecerá de ese rasgo, ya que las clases dirigentes —para usar la terminología de Gaetano Mosca— lo considerarán inadecuado para su idea del mundo, que necesariamente es más selectiva que la de la multitud.

En el discurso demagógico de la Cuarta Transformación, la concepción clásica de intelectual es reputada como notoriamente clasista —y, en su visión que yuxtapone lo económico con otros factores, también es considerada racista—. No obstante, el error de los autodenominados progresistas radica en considerar que, al hacer este distingo, se afirma que sólo los intelectuales son valiosos. Parece obvio, pero decir que las peras no son manzanas no demerita a las peras.

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Cada tipo de actor social tiene su público validante: las elites legitiman al intelectual, mientras la masa lo hace con el ídolo popular, el artista o el caudillo. Sin duda que el intelectual tiene el favor de las minorías dirigentes en los ámbitos económicos, culturales, artísticos y científicos; pero los íconos de masa son adorados por la muchedumbre. En medio de ellos, se encuentran los que no son ni intelectuales ni ídolos, pero aspiran a ser escuchados y aceptados: “los que intervienen como especialistas, los que adoptan la perspectiva de un interés particular, los que opinan por cuenta de terceros, los que opinan sujetos a una verdad oficial y los que son escuchados por su autoridad religiosa o su capacidad de imponerse”, son los analistas y portavoces.

Los académicos y especialistas pueden llegar a ser intelectuales, pero ese tránsito de estado no es automático, mientras las elites no los acepten como opinantes con autoridad moral, su validez estará en su rigor científico o en la atención de su público especializado, que no es necesariamente una elite.

Por su parte, los voceros casi nunca son intelectuales, ya que su opinión de los asuntos de interés público tiene la perspectiva de un interés particular —el de su patrón—, no comentan por cuenta propia —sino por la de su jefe—, están sujetos a una verdad oficial y suelen ser escuchados por su autoridad religiosa o por su capacidad de imponerse “por vía armada, política, administrativa, económica”; es decir, sus posturas no pueden tener autoridad moral entre las clases dirigentes porque carecen de la calidad de propias y del valor intrínseco de la libertad del que las formula: el intelectual ejerce su valentía civil al expresar libremente su parecer sobre los asuntos de interés público. No hay arrojo ni audacia en el portavoz que comunica lo que su dirigente desea, respaldado en el poder que detenta.

Zaid lo expresa con claridad meridiana: “en particular, las elites que encabezan la sociedad civil y aspiran a una conciencia libre y moderna no se reconocen en el clero tradicional ni en la burocracia ilustrada. Esto favorece el papel de los intelectuales como una especie de clerecía civil frente a la clerecía del Estado y frente al clero propiamente dicho”.

Entonces, ¿qué son los voceros? Zaid también da la respuesta: son parte de la intelligentsia, la que quiere vivir en la nómina pública, como evidencia la inserción de esos emisarios en la burocracia y hasta en medios públicos sufragados por los contribuyentes, como conductores o animadores. En esta época de legitimaciones carismáticas, llamar clerecía estatal a los heraldos gubernamentales es particularmente preciso.

Y, a pesar de haber escrito sobre el tema hace 20 años, Zaid hizo lo que Orwell en 1984, predecir un futuro distópico. La explicación del linaje del término intelligentsia parece un comentario lapidario de los representantes del actual régimen, “su origen es subdesarrollado y revolucionario: la casta educada y descontenta que aspiraba al poder, para encabezar la modernización de un país atrasado”. Quizá esa casta no sea tan educada, pero sí está descontenta y reniega del sendero tomado por su patria: el maldito neoliberalismo que hace las veces de Lucifer económico y social, padre de todos los males y desventuras.

Algunos de estos emisarios oficialistas ni siquiera son educados, impostan la cultura, ostentan lecturas que no hicieron —o no entienden— y hacen algo distinto a la vocería del especialista: realizan histrionismo, participan en espacios públicos con afectación exagerada, en el infructuoso afán de convertirse en símbolos, cuando en el mejor de los casos sólo llegarán a ser personajes bufos.

Los no intelectuales, algunos burdos y risibles, pretenden apoderarse del rol de los eruditos que sí tienen autoridad moral para opinar de asuntos públicos. A pesar de que la quieren disfrazar de progresismo igualitario, esa intención es otro asalto a la libertad de pensamiento y actuación, al pretender que el Estado también se apodere de un espacio propio de la sociedad civil: la sustitución de intelectuales por portavoces es propia de las autocracias, donde los opinantes son meros concesionarios del Estado.

La justificación de la intelectualidad no está en el exclusivismo o en la conciencia de clase, sino en su utilidad social, como garante de la reflexión independiente sobre lo común, lo público: la visión impuesta por el gobierno no cumple con esos extremos, es precisamente lo contrario, porque la perspectiva oficial —necesariamente parcial— no equivale a la social —que es más amplia y plural—-.

Al igual que en el caso del tributo al César, si observamos la opinión gubernamental, su imagen e inscripción es la del dirigente: pues lo del caudillo devolvédselo al caudillo, y lo de la sociedad, a la comunidad. El espacio de la intelligentsia es el gobierno, el de los intelectuales es la sociedad civil: por más que aquellos quieran usurpar el rol de estos, en una sociedad libre jamás los desplazarán.

En consecuencia, la permanencia de los intelectuales, necesaria para una república democrática y libre, implica un ejercicio de distinción por parte del público, que debe diferenciar claramente entre las vocerías de gobierno y los eruditos independientes. Como parte de ese examen, deben señalarse a los farsantes que pretenden aparecer como intelectuales, cuando son burócratas del comentario.

Las democracias con libertades efectivas tienen un nutrido cuerpo de intelectuales. Entre los primeros objetivos del autoritarismo está la supresión de las opiniones independientes y la sumisión de las elites a los deseos del dirigente. La andanada de no intelectuales durante la Cuarta Transformación es la evidencia de esa intención de cancelar el pensamiento libre, amparados en las falacias del anticlasismo y el igualitarismo. El caudillismo tropical pretende hacer una Revolución Cultural donde impere el pensamiento único, corresponde a la sociedad impedirlo, con el rechazo del oficialismo disfrazado de análisis autónomo: Bertrand Barère de Vieuzac —portavoz del Terror— jamás fue un Voltaire…

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