Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Los miserables mexicanos discriminadores

Las generalizaciones inhiben al pensamiento razonado, por eso advierto que hablo del perfil de un tipo de mexicano que, infortunadamente, no es marginal sino que representa formas de ser que dan lugar a fenómenos sociales y que, en más de un sentido, explican nuestra premodernidad.

Miro al mexicano transa, ese que Octavio Paz describió como el ser que considera a la vida como juego en el que chinga o es chingado. El ventajoso que busca aprovecharse de los demás, incluso cuando están en desgracia, quien proclama que es pendejo el que no lo hace o que, en sentido inverso, por pendejo y buena persona no le ha ido bien. O sea que a veces se siente sabio y cree que eso es la vida, no dejarse del otro y pisar a los demás si quiere sobresalir. Ese mexicano suele ser clasista, asume al pobre como ser inferior o fracasado y el rico es su ejemplo, su escala de realización porque posee (casas, objetos, ropa, la admiración de los otros) y tener es fuente de realización.

Ese mexicano mira al indígena como ser inferior aunque también llega a santiguarse aludiendo a él como necesitado a quien debe ayudarse; yo digo que se mojan la boca con agua bendita y luego destilan veneno. Habitualmente les llama nacos como a otros que no siguen los patrones de comportamiento o de apariencia física que a él le deslumbran, aunque su propia actitud lo revele insolente y vulgar, por lo general ignorante.

Es el mexicano que considera que usar transporte público es de jodidos, que esa esfera es de un escalafón social inferior. El mismo tipo (o tipa) que menosprecia a los viejos por tener esa condición -vejetes, a veces les llama, con un desprecio tal como si él no quisiera alcanzar esa edad- y lo discrimina en la política, el gimnasio o en cualquier espacio público. También lo hace con las mujeres claro está, situándose por encima de ellas tanto en superioridad física como intelectual y rechaza absolutamente todos los esfuerzos de ellas por lograr equidad y a veces sólo respeto.

Es el tonto que considera a un trans como a un hombre con huevos nada más que con apariencia femenina o a los homosexuales como seres inferiores o cobardes cuando en realidad, la riqueza humana comprende inconmensurables formas de ser, como la de los homosexuales que son mucho más valientes que esos pobres hombres. El pobre que cree que una lesbiana es un hombre disfrazado de mujer.

Ustedes lo han visto. Están los mexicanos de la venganza, del ojo por ojo y diente por diente, quienes consideran que quien se ríe se lleva y se lanzan con todo. Su sevicia no corresponde a patrones profesionales o académicos y podemos mirar a profesores universitarios que señalan que es contra la naturaleza que haya hombres a quienes les guste que “les den por donde hacen caca” o que se ensañen con un niño y se burlen de él al igual que llaman histéricas o gatas a las mujeres que rompen el silencio de la discriminación que viven habitualmente

Ese mexicano a veces apoya a los migrantes connacionales en Estados Unidos pero no hace lo mismo con los centroamericanos que quieren entrar al país. Ah, es que eso hay que verlo con matices, acuñan, y definir reglas, como si quienes salen de su país no lo hicieran de manera desesperada.

Es el mexicano que entra a los carros del Metrobús donde sólo debería haber mujeres, el que se las coge con la mirada y no las suelta hasta que, en veces, ellas corren literalmente; el desmadroso que les grita sobre la pepita y ríe festivo con los otros que festejan su osadía. El que le pregunta cuánto es lo menos al niño vendedor de amaranto o a la señora que hace sus muñecas, a quienes les habla de tu mientras le habla de usted a la señora y el señor de prosapia según sus valores.

Es el mexicano que nada dice cuando el migrante argentino llega al país (y quien muchas veces nos discrimina en nuestra propia casa) pero pone el grito en el cielo de nuestras propias necesidades si estos son salvadoreños o guatemaltecos, hondureños o nicaragüenses.

En varias partes del mundo me han impedido entrar a algún restaurante o se han negado a darme servicio, en España me lo hizo un mexicano que ya se sentía europeo, así como cuando un turco se sentía alemán y en Frankfurt me gritó en el metro, delante de mi hijo, que debería abandonar su país (de los alemanes, en cambio, siempre he recibido buen trato igual que de belgas, chinos, japoneses y holandeses). Quienes me conocen ya imaginarán las reacciones de mi voz y mis puños cuando la razón no alcanza, diluyen la actitud políticamente correcta. (Hace veinticinco años aquí en México no me dejaron entrar a una discoteca cuando iba acompañado de un güerito que se llama René González Chávez a quien sí lo dejaron entrar y quien armó un gran desmadre por eso en el Distrito Federal; él es de Colima y mi amigo de toda la vida).

Es el mexicano que tras besar la cruz dibujada en su mano va y chinga al otro. El que paga para que la revista del taxi se la den sin mayor complicación, el que acepta que el gobierno robe siempre y cuando escurra para ellos. El cabrón que deja sola a la mujer con el hijo mientras procrea otros tantos a quienes deja solos. El que te dice puto si le vas al América, como si ser puto fuera signo de inferioridad o como si apoyar a un equipo implique una sobrecarga moral y no la historia de alguien que se asocia con esos colores por los avatares propios de la vida.

Es el mexicano ruin, lleno de doble moral, el que aparenta ser feliz para que la gente no note su desgracia, quien cree que comer frijoles ubica en la vida como ser inferior respecto de quien come caviar. El tonto a quien en el fondo le gustan los frijoles y no sabe disfrutar lo que nunca en su vida ha podido comer, por eso cuando lo llega a comer no le sabe a hueva de esturión, le sabe a superioridad sobre el otro.

Es el mexicano que difunde noticias falsas a sabiendas, el público de programas basura como Laura Bozzo; el desgraciado de inteligencia y cultura que le da buena salud al amarillismo y al sensacionalismo. El mexicano que se apena de ser pobre o de que su madre y su padre sean humildes y, no sé, vendan quesadillas en la noche o procuren su pan en las labores más sencillas.

Sí, hablo del mexicano insolente y vulgar, frustrado y acomplejado que, además, todo lo sabe. Ignorantes del dolor humano, incapaces de sentir empatía. Miserables

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