Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Los demonios andan sueltos

“La electricidad era tuya, te la vamos a devolver”, dice la propaganda gubernamental de estos días para promover la contrarreforma energética. Es una frase que resume en buena medida el espíritu de los tiempos: la añoranza nacionalista del régimen populista mexicano.

En su libro El ocaso de la democracia: la seducción del autoritarismo, Anne Applebaum dedica valiosas páginas al fenómeno político de la nostalgia. Expone que no está garantizado nunca el progreso teleológico, pues siempre subsisten fantasmas que reclaman el pasado de oro. No se trata de un conservadurismo reflexivo –importante para la mesura–, sino de pulsiones reaccionarias y restauradoras. Para analizar el auge de la nueva demagogia, la autora recurre a los ejemplos de Hungría, Polonia, Reino Unido, España y Estados Unidos, descubriendo que el común denominador entre ellos es una evocación melodramática de los viejos días.

En nuestro caso, la ficción donde la luz “era nuestra” no es muy remota, aunque el lema del régimen, barnizado de esplendor antiguo, así la venda. En realidad, bastaría un poco de memoria y sentido de realidad para recordar cómo son los monopolios del Estado en México. Los padecimos hace no mucho, y seguimos padeciendo los remanentes de algunos. Siempre han consistido en precios altos, malos servicios, baja calidad, demoras, corrupción, opacidad e ineficiencia; pero, sobre todo, representan un aprisionamiento personal, donde el consumidor está capturado y no tiene otra opción que arrodillarse ante la voluntad del poder.

La mentira de la contrarreforma energética es por vía doble: por un lado, porque en ese pasado la electricidad no era nuestra –nunca lo fue– sino de políticos y burócratas rentistas disfrazados de servidores públicos; por otro, porque no nos la van a devolver, más bien se la quieren volver a robar. Bajo la lupa orwelliana, la frase es sólo el pretexto para la restauración de aquel viejo-viejo régimen.

La nostalgia resuena en las masas porque es una emoción colectiva anclada en la idea de una nación gloriosa; pero requiere de adalides, de hombres que encarnen esos fantasmas, que los materialicen, que reivindiquen esos intereses. De eso se trata, en esencia, el obradorismo: de una restauración. Por eso todas las ofertas de campaña –educativa, electoral, pax narca, sindical, popular, cultural– siempre fueron contrarreformas. No es casualidad que los compañeros de viaje de Obrador sean octogenarios previos a la transición democrática como Manuel Bartlett y otros demonios que andan sueltos de nuevo. Lo que el demagogo les estaba ofreciendo, desde hace veinte años, era que lo acompañaran a restituir ese pasado promisorio donde la luz era suya, donde era suyo México.

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