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Rubén Aguilar Valenzuela

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Consultor, profesor y articulista y exvocero presidencial

López Obrador y Trump en el discurso de la derrota

En la contienda presidencial de 2006 el candidato López Obrador ante su derrota, por una ventaja mínima frente al candidato Calderón, califica la elección como un fraude.

Nunca aportó pruebas, para sostener tal afirmación. Era solo su palabra a la que sin más había que creer. Los suyos aceptaron a pie juntillas ese juicio.

La estructura de la narrativa es simple y muy poderosa. Si pierdo es fraude. Sólo si gano no habrá tal. Sus simpatizantes asumen ese discurso como verdad absoluta.

No hay ninguna razón y tampoco ningún dato que se pueda utlizar, para desmentir la afirmación del fraude. Su líder, su mesías, ya lo dijo, y no hay más.

AFP

El discurso, con palabras iguales, se repite en 2020 con la derrota del candidato-presidente Trump. Ha dicho, entre otras cosas, que, “esta elección ha sido un fraude mayor de lo que nadie podría haber pensado”.

No da ninguna prueba. Es solo su palabra. Los que votaron por él le creen. No hay explicación que valga, para demostrar la mentira de su candidato.

La manera de hacer política y de comunicar de López Obrador y Trump se parecen mucho. Hay también cierta identidad psicológica. No son capaces de reconocer su derrota.

Ante su imaginario eso los quiebra y destruye. Los hace aparecer como débiles o simples mortales que unas veces ganan y otras pierden.

Ante la derrota construye una narrativa fantasiosa sobre lo que ocurre. En esa se refugian. Son las víctimas de un sistema que está contra ellos.

El lopezobradorismo y el trumpismo se mueven en el espacio del culto a la personalidad. Ellos son invencibles y nunca pierden. Su derrota es, en todo caso, trampa de los otros.

Ahora en Estados Unidos el 86% de quienes votaron por Trump no cree que Joe Biden haya ganado legítimamente las elecciones. En 2006 en México pasó algo muy semejante.

Las encuestas revelan que solo el 3% de quienes votaron por Trump consideran que Biden ganó legítimamente. Eso quiere decir que 72 millones de estadounidenses sostienen que las elecciones fueron fraudulentas.

Los electores de Trump, como los de López Obrador, responden a lo que su líder les dice en independencia de si estos tienen o no razón.

Trump a lo largo de la campaña, como en 2006 lo hizo López Obrador, previendo los posibles resultados, alimentó a su base con la idea del fraude. Sólo si ganaba no había tal.

Ahora en Estados Unidos, como en México en 2006, las instituciones electorales, ante la falta de pruebas de la acusación de fraude, dieron como triunfador al que obtuvo más votos.

A pesar de eso Trump, como López Obrador en 2006, no reconoció la decisión de las instituciones electorales en cada uno de los estados. En su discurso ellas también son parte del fraude.

Analistas de medios en Estados Unidos plantean que los seguidores de Trump quieren que los medios “afirmen sus puntos de vista”. Por eso sólo dan crédito a los medios que dicen lo que quieren oír.

Es algo semejante a los simpatizantes de López Obrador solo dispuestos a dar por buena la realidad fantasiosa y alternativa, que se alimenta con otros datos, que les propone su líder y mesías.

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