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Fernando Dworak

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López Obrador: símbolos y forma por encima del fondo

Su capacidad para utilizar los símbolos a su favor y de sentar los marcos cognitivos con los que se expresan sus bases, carentes de espíritu crítico, convierten a Andrés Manuel López Obrador en un hábil comunicador. Pero este análisis de fondo permite atisbar peligrosas consecuencias que pueden tener para México sus decisiones.

Aunque no voté ni votaría por López Obrador, siempre he reconocido que es el mejor comunicador político activo en México. El personaje que se ha creado se ha ganado la fe incondicional de una parte importante de la población, pues lo ven como la encarnación del bien sobre la Tierra. En contraste con una élite política tecnocrática, no sólo es capaz de hablar de manera entendible, sino que incluso la gente usa de manera cotidiana expresiones suyas como “frijol con gorgojo”, “me canso ganso” o “eso no lo tiene ni Obama”. Esto le permite sentar los marcos cognitivos a través de los cuales nos expresamos.

Sobre todo, es un gran conocedor de los símbolos del poder y de la vieja historiografía mexicana, representados en el Nacionalismo Revolucionario. De hecho, su visión política es, paso a paso, la misma que presidentes como Luis Echeverría, José López Portillo y Miguel de la Madrid. ¿Por qué sucedió? Porque durante treinta años no hubo interés alguno por renovar los discursos de legitimidad y pertenencia nacionales, de tal forma que el atavismo ganó por default.

El problema radica en que ese personaje no ha cambiado una vez que asumió en funciones. Como si estuviera en campaña, pasa más tiempo con sus conferencias “mañaneras” como ejercicio de propaganda disfrazada de información, viaja en vuelos comerciales donde la nota son las fotos de multitudes abrazándolo, pilotos alabando su gloria al inicio de los vuelos e incluso mujeres que “espontáneamente” le dedican canciones. Su timeline en redes sociales está repleto de fotos donde degusta platillos locales. Siempre dice tener “otros datos” ante cualquier foco amarillo que se prende. Incluso ha resuelto crisis de comunicación haciendo que el problema gire a su persona. ¿Por qué ha funcionado todo esto? Porque goza de un elevado nivel de aceptación y tiene una base de gente que ha abandonado todo espíritu de crítica.

Sus primeras decisiones apelan a los símbolos antes que a una racionalidad pública. Decidió cancelar la obra del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) a través de una consulta que careció de cualquier control técnico y argumentando falsedades como el rescate de un lago inexistente. Como resultado, se tendrá un aeropuerto inferior en capacidad y los mexicanos pagaremos una obra que nunca se construirá. La razón: era un símbolo del gobierno de su antecesor. Otras políticas simbólicas incluyen el cierre de la residencia oficial, la todavía no concretada venta del avión presidencial, la cancelación de pensiones para ex gobernantes y la venta de automóviles. Ninguna sirve de gran cosa mas que de propaganda, pero a la gente parece encantarle.

En nombre de una supuesta “austeridad” ha desmantelado las instituciones públicas por medio de un recorte en el presupuesto de personal y prestaciones. El objetivo: regalar dinero a alrededor de 50 millones de personas sin diagnóstico, planes operativos o metasEn este esfuerzo para hacerse de clientelas leales, resta al Estado recursos para atender a necesidades básicas como medicinas.

Sus propuestas de reforma institucional van con dedicatoria: la llamada “revocación de mandato” busca colocar al presidente en la boleta, con el fin de arrastrarle votos en la Cámara de Diputados y así mantener una mayoría. También se habla de crear una tercera sala en la Suprema Corte de Justicia de la Naciónpara así controlar a la mayoría de los ministros.

Fiel a sus tácticas discursivas a lo largo de 30 años, ha dividido el país entre “fifís” y “pueblo bueno”, manteniendo la polarización social con la que gobernó la Ciudad de México de 2000 a 2006 y le permitió mantenerse como líder opositor. El principal blanco de sus ataques ha sido la prensa crítica, a la cual le ha puesto calificativos como “chayotera” o “vendida”. Incluso ha llegado a “filtrar” listas falsas de apoyo público hacia reporteros durante el pasado sexenio. Si una prensa libre es indispensable como contrapeso, ha sido diligente en acallarla.

Tampoco hay racionalidad en sus decisiones económicas, salvo el interés por premiar grupos que lo apoyaron. Se invertirá en producir energía a base de carbón. Pemex y CFE parecen estar más concentrados en premiar a los sindicatos en lugar de modernizar sus estructuras. Está por hacerse una planta de refinación en Tabasco, donde además se perdonaron deudas multimillonarias de consumo eléctrico. Como resultado, las calificaciones crediticias de México bajan constantemente.

Finalmente, tampoco hay una visión global para un país cuyo mercado interno es enorme, ocupa la economía 14 a nivel mundial, y tiene salida a los dos océanos. López Obrador prefiere quedarse en el país en lugar de impulsar la imagen de México, e incluso ha desmantelado todas instituciones que se dedicaban a la promoción turística y económicas. Tal es el grado de ignorancia que se ha optado por apaciguar a Donald Trump con cada reclamo que hace a la nación, ignorando que esto sólo motivará al estadounidense para atacarnos más rumbo a las elecciones de 2020.

Lo peor: la oposición está atomizada y carece de visión, discurso y objetivos.


Este artículo fue publicado en Espacio Mex el 8 de junio de 2019, agradecemos a Fernando Dworak su autorización para publicarlo en nuestra página.

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