Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

López Obrador no necesita reelegirse (y quizá nunca le ha interesado)

El plan B del presidente es un maximato, pero, incluso si Morena perdiera las elecciones, Andrés Manuel mantendría el control del Banxico, CNDH, Inegi, una parte sustancial de la Corte Suprema e incluso el INE, que renovará su presidencia en 2023. Por tanto, López Obrador no necesita reventar al instituto electoral para controlar las elecciones: le basta, como en el viejo refrán hebreo, sentarse a la puerta de su casa y esperar a que pasen los féretros de sus enemigos.

Es el control de los reguladores, estúpido

Orencio Puig

El ilustre Macario Schettino expuso claramente una narrativa que domina en el círculo rojo de la oposición: que la consulta de revocación de mandato fue planteada originalmente por el jefe del Ejecutivo como una estrategia para estar en la boleta de 2021 y así impulsar una mayoría calificada que le permitiera reformar la Constitución para reelegirse. Como no pudo promocionarse, ahora utiliza la consulta como un mecanismo para golpear al Instituto Nacional Electoral (INE) y eventualmente desarticularlo, con la finalidad de instalar un minimato (el término es de don Macario).

Como todo relato formulado por una persona muy inteligente, suena bien, pero hay cosas en esa exposición que merecen una segunda ojeada. Vamos por partes.

Primero, de los probables precandidatos de Morena, ninguno tiene el suficiente carisma y arrastre para ganar la presidencia en 2024. Mucho menos Claudia Sheinbaum, que está haciendo un Labastida peor que el de mi querido Pepe Meade. Resulta muy improbable que un morenista alcance los 30 millones de votos que Andrés Manuel López Obrador obtuvo en 2018. Si las cosas siguen igual, podríamos tener una elección a tercios o un fatídico escenario como el de 2006.

Lo que ayuda a Morena es que la oposición está más perdida que mi Atlas en los años setenta y ochenta: carece de perfiles atractivos, está dispersa y desunida, con panistas desubicados y un impresentable Alito Moreno, quien quiere ser candidato cuando no gana ni la elección de su cuadra. El caso de Movimiento Ciudadano merece un análisis aparte, y recuerda el efecto Nader en Estados Unidos. Estando así las cosas, el presidente que llegue será muy débil, por el partido que sea (y esto abona al escenario del minimato, referido por Schettino, como veremos más adelante).

Segundo, López Obrador gana aunque Morena pierda en 2024, porque ya capturó a los reguladores estructurales. Gracias a una serie de situaciones inéditas, sumada a la calendarización institucional que en el pasado programaron una serie de legisladores estúpidos, un solo presidente nombró a la titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, del Banco de México y, en próximas fechas, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Asimismo, propuso a cuatro ministros de la Corte Suprema, lo que le facilita bloquear declaraciones generales de inconstitucionalidad, y en 2023 tiene la renovación de la presidencia del INE, con una mayoría simple en la Cámara de Diputados.

En suma, López Obrador heredará un régimen en que el control de la legalidad, la política monetaria, la información institucional y la organización de las elecciones dependerán de personas nombradas por Morena.

Como el presidente electo en 2024 difícilmente contará con amplias mayorías, resultará muy difícil reformar la Constitución para sacar a esos inquilinos. Un eventual presidente “no oficialista” tendría una versión corregida y aumentada de la oposición de las autonomías que actualmente irrita a López Obrador, sólo que en sentido contrario. Y un presidente morenista, electo con una diferencia muy apretada, carecería de fuerza para oponerse al expresidente que dejó designados a los titulares de los principales órganos de control del poder.

Cuartoscuro

Tercero, aunque López Obrador diga que desprecia las políticas públicas, le encanta controlar la agenda pública. Y tiene una oposición que le hace la chamba: si critica los Nintendos, pronuncia mal una palabra o insulta a un adversario, tirios y troyanos hablan del tema. Cuando asuntos como la inflación, el desempleo, la inseguridad o la pandemia deberían estar en primer lugar, las redes sociales hierven ante la última puntada presidencial. Explicado con manzanitas: López Obrador no necesita “debilitar al INE” con la polémica de la consulta de revocación del mandato porque él va a designar al sucesor de Lorenzo Córdova y volteará las mayorías en el Consejo General del instituto electoral. Para ser el máximo jefe de la cuarta transformación, sólo necesita que la gente siga distraída con lo que publica en redes sociales y aparece en las mañaneras.

Cuarto, no existe un Lázaro Cárdenas del Río en Morena. El Maximato acabó porque Calles se equivocó al evaluar el carácter del general Cárdenas, quien construyó un interesante tándem corporativo (obrero-campesino) que le permitió deshacerse del hasta entonces titiritero del poder. Si alguien cree que Ricardo Monreal u otro de los priistas tintos podrá desplazar a López Obrador, necesita atender su disonancia cognitiva. Sea quien fuere el candidato morenista (y con esto confirmo que no creo que vaya a ser Sheinbaum), carece de las herramientas para desalojar al macuspano. Es verdad que algunos ministros han mostrado alguna libertad de criterio frente al presidente de México, pero la Corte sigue dependiendo del presupuesto que le autorice la Cámara de Diputados, así que la correa es un poco corta para cierto tipo de ladridos.

En conclusión, López Obrador gana 2024 en casi cualquier escenario, salvo que aparezca un Clinton opositor que arrastre a la gente a votar masivamente por su plataforma. Hay quienes ven en Luis Donaldo Colosio Riojas al Kwisatz Haderach que depondrá al emperador tabasqueño. Sí, es el hijo del lobo solitario, el heredero del mártir de la independencia de pensamiento que enfrentó a un régimen brutal y antidemocrático. Eso le puede a muchos, pero, si en verdad quiere competir por la presidencia de México, resulta indispensable que el hoy alcalde de Monterrey demuestre capacidad para gobernar… y que cambie de socios. A ese tema le dedicaremos otra columna en el momento adecuado.

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