Cinque Terre

Audelino Macario

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Analista político. Consultor, experto en comunicación no convencional.

López Obrador: la demagogia pierde con la realidad

El gobierno de México libra en estos momentos dos batallas cruciales de cuyo resultado dependerá en buena medida, la buena o mala calificación que reciba de parte de los ciudadanos en la próxima elección: 1: una cruenta lucha contra los factores y las resistencias internas al proyecto de la llamada “cuarta transformación”, espontáneas, generadas por la terca realidad, o inducidas por la oposición, y 2: un desafío a niveles de guerra contra las posiciones del mundo global ante la pandemia del coronavirus.

En el primer caso, estamos ante un hecho que confirma el carácter rijoso del presidente que tenemos, que al mismo tiempo que avanza con rapidez para hacerse de todo el poder, exhibe un talante autoritario que sigue encubriendo de forma eficaz y quién sabe durante cuánto tiempo, mediante el artificio propagandístico de las conferencias de prensa “mañaneras”.

AMLO, un maestro para inventar enemigos

Como aconsejan los que saben, lo mejor que puede pasarle a un político es tener una historia y sino la tuviera, hacerse de un antagonista. Andrés Manuel López Obrador ha sido un maestro en eso. Desde que se rebeló a su partido, el PRI, en 1988, tomó como bandera la lucha contra la corrupción y esa consigna, lanzada día y noche durante 32 años, es la que la llevó al poder y lo mantiene en los sesentas por ciento de aprobación en las encuestas.

Al parejo de su imagen de honesto que pudo construir exitosamente a pesar de escándalos como el de los videos de su ex secretario particular, René Bejarano, recibiendo dinero para campañas políticas, Andrés Manuel pudo elaborar en el imaginario colectivo su propia historia, la del líder que quiere cambiar (ahora dice “transformar”) a México, pero que es atacado por sus adversarios, los conservadores, quienes en dos elecciones previas le impiden o le roban la elección.

Cuando perdió, deconstruyó el cuento; hábilmente, dijo no que le robaron la elección, sino que “nos robaron la esperanza”. Hablar por los demás, asumir la representación del pueblo, es otra de sus herramientas exitosas, porque ha logrado demoler la lógica que dice que un sólo hombre, por importante que sea, no puede representar ni encarnar el sentimiento o las aspiraciones de toda una nación.

Soñó tanto con el poder que le estorban los contrapesos

FOTO: MOISÉS PABLO/CUARTOSCURO.COM

Una vez en la presidencia, López Obrador está materializando en decisiones francamente antidemocráticas y autoritarias, su formación política en las filas del PRI. Es un político que soñó tanto con el poder que conoció en el entorno que le tocó vivir, que una vez obtenido, le estorban todos los pesos y contrapesos que la sociedad, a fin de contener los excesos, le impuso al ejercicio de esa facultad que otorgamos los ciudadanos a un mandatario.

Por eso empezó a presionar a los integrantes de los órganos autónomos del Estado mexicano, y logró apoderarse de instituciones claves, como la CNDH. Ahora alista que sus incondicionales, como piratas de la democracia, realicen un abordaje pseudo legal e institucional al INE, lo que para él representa cerrar el círculo virtuoso del poder presidencial que conoció y que quiere ejercer, donde el presidente disponga y las instituciones simplemente acaten sin considerar la ley o los derechos de los ciudadanos.

Al parejo que enfila al país hacia una regresión autoritaria, López Obrador enfrenta las resistencias a su proyecto y a sus decisiones. Muchas de ellas ocurren de forma espontánea (como los padres de familia que exigen medicinas para sus hijos enfermos de cáncer), otras surgidas de la coyuntura o de la realidad (como el propio coronavirus) y algunas, muy pocas, planteadas por la oposición.

Sin embargo, en aras de mantener su imagen de victimización que ha terminado por estigmatizarlo, y de blindar el bastante probable fracaso de su gobierno, López Obrador ha mantenido como única respuesta a situaciones que se le presentan adversas, no la autocrítica, sino la historia recurrente de la mafia del poder, los conservadores, los herederos de Porfirio Díaz, de Lucas Alamán, que son capaces no sólo de manipular una marcha de mujeres sino incluso, de enfermarse y contagiar a los mexicanos de coronavirus.

Un presidente desquiciado

La batalla contra sus enemigos, reales e imaginarios, ha sido tan persistente, que ha terminado por desquiciar al presidente y nubla sus decisiones. Por un lado, recurre cada vez más a la amenaza, lo mismo a los medios de comunicación, a los que reclama por dar espacio a las adversidades que enfrenta su gobierno, que a sus adversarios políticos y a los empresarios que, en la teoría conspirativa que ha armado en su cabeza y que difunde en sus conferencias mañaneras, pudieran atreverse a financiar movimientos o protestas en su contra para “tumbarlo”.

Pero por el otro, implementa reformas legales creadas para inhibir la inconformidad, como la extinción de dominio, y frecuentemente exhibe a su lado al verdugo, el titular de la Unidad de Inteligencia Financiera. López Obrador ha creado en muy poco tiempo una estructura represiva que envidiaría el mismísimo Gustavo Díaz Ordaz para contener a los enemigos de su proyecto.

Lo que no ha podido construir son condiciones propicias para el desarrollo. Sus amenazas y las decisiones de su gobierno han terminado por ahuyentar a los inversionistas. Los únicos proyectos con recursos en operación en el país son los suyos, el Tren Maya y la Refinería de Dos Bocas. Quizá por eso, de forma desesperada, está librando una segunda batalla, ahora en contra de las medidas tomadas a nivel global para hacer frente al coronavirus.

Mientras muchos países decretan cuarentenas parciales o totales, y Donald Trump cierra aeropuertos de Estados Unidos a vuelos provenientes de Europa, López Obrador hace todo a su alcance para tratar de que la pandemia no afecte a la economía mexicana que ya de por sí está encaminada a la ruina, con crecimientos cero, altas tasas de desempleo y nula inversión extranjera. Por eso, no van a cerrar fronteras, ni a cancelar concentraciones masivas. Aquí no pasa nada, porque si pasa, será el fin del lopezobradorismo, cuya llegada a 2024 será entonces sólo una formalidad.

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