Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

Lo que está en juego

Lo que se juega el próximo 6 de junio —un escalofrío me recorre la espalda al recordar que faltan ya 17 días— es de extraordinaria importancia para nuestro país. Me temo que lo que está en juego no es sólo la posibilidad de que quede razonablemente acotado el hoy desmesurado poder del Presidente de la República, que ahora puede hacer y deshacer a su capricho casi sin límites porque la mayoría legislativa con la que cuenta le es absolutamente incondicional.

El Presidente, por ejemplo, pudo echar abajo la reforma educativa y la reforma energética, extinguir los fideicomisos que apoyaban tareas de enorme relevancia, introducir en la legislación penal normas atentatorias, y puede sacar adelante iniciativas de notoria insensatez con la complicidad servil e indigna de los legisladores de su partido y de los partidos satélites, que ni siquiera se toman la molestia ya no digamos de refutar, sino siquiera de reflexionar sobre los argumentos en contra expuestos en la tribuna parlamentaria, en las columnas de opinión o en documentos elaborados por los expertos en el tema correspondiente.

Limitar ese poder omnímodo, más propio del absolutismo previo a la Ilustración que de un régimen democrático, no sólo responde a un imperativo de razonabilidad, sino es también la defensa de nuestra democracia, cuya fragilidad hoy parece evidente. Me explico: de mantener el partido en el poder el dominio abrumador del Congreso, lo que peligra es la democracia misma. Las señales son obvias. Algunas moverían a risa de no ser ominoso lo que anuncian. Sobre advertencia no hay engaño. El líder del partido gobernante, Mario Delgado, ha expuesto claramente su propósito de exterminar el Instituto Nacional Electoral (INE). El presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado, Ricardo Monreal, denunció ¡un complot de los organismos constitucionales contra el Presidente de la República!, con quien llamó a cerrar filas.

Se trata de expresiones que inequívocamente tienen como diana el corazón de la democracia. Son manifestaciones de autoritarismo soviético: cerrar filas con el Gran Timonel y quitarle todos los obstáculos. La función del INE y de los organismos autónomos constitucionales debe ser —según los dirigentes de Morena— servir a los designios del Presidente. Con un árbitro electoral a modo, como en Venezuela, ya no tendríamos elecciones confiables, es decir, verdaderas elecciones. Sin organismos que con imparcialidad técnica y autonomía supervisen el ejercicio del poder, el autoritarismo tendría más puertas abiertas. Sería la muerte del régimen democrático.

Así que el primer domingo de junio, al emitir el voto, los ciudadanos mexicanos estaremos optando por la democracia que hemos venido construyendo, con defectos e insuficiencias, pero al fin y al cabo democracia, o por un régimen autoritario en el que la única limitación al Presidente vendría de los jueces que, con valor cívico, hagan valer la ley, escudo de Perseo contra los atropellos de las gorgonas del poder arbitrario. Pero esos jueces serían cada vez más hostilizados y las leyes podría cambiarlas a su antojo la mayoría legislativa.

No sé cuántos ciudadanos tengan clara esta disyuntiva. Me temo que son muchos los que están desinformados, los que jamás abren un diario o escuchan un noticiario, y los indiferentes, los que están convencidos de que de nada vale salir a votar porque en política todo es y será igual, ayer igual que hoy, hoy igual que mañana. No sé cuántos, convencidos de que la fortuna ha sido injusta con ellos, voten, motivados por el rencor social, por una opción que saben que no mejorará su situación pero perjudica a todos. No sé tampoco cuántos prefieran a un líder autoritario, a pesar de los resultados desastrosos de su gobierno, porque reciben un modesto apoyo económico.


Este artículo fue publicado en Excélsior el 20 de mayo de 2021. Agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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