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Fernando Dworak

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Léxico del nuevo autoritarismo VI. La batalla por el lenguaje

El lenguaje es una herramienta importante para todo régimen, a partir del cual definimos cómo nos comunicamos y marca límites claros entre grupos. Gracias a ello se crean formas de hablar válidas para una comunidad, como los idiomas y en algunos casos los dialectos. También se generan “circuitos marco” para entender las experiencias comunes, las cuales cambian la forma en que vemos el mundo gracias a la repetición constante. Esto puede ser reforzado a través de la propaganda.

Ciertas palabras y expresiones se usan para legitimar a un régimen, pudiendo enriquecer o acabar con una democracia al modificar percepciones, empobrecer la capacidad general de reflexión gracias al simplismo, movilizar sentimientos y aversiones o incluso legitimar activamente a un gobernante gracias a su forma particular de expresarse. El lenguaje es, sin exagerar, una herramienta de control sobre una sociedad.

En las entregas anteriores se analizó el manejo del lenguaje que podríamos esperar durante los próximos seis años y la forma que se diseñó para polarizar a la sociedad y tejer una narrativa de legitimación. Un frente de batalla para no perder la democracia será la revitalización de un lenguaje público democrático. Necesitamos forjar habilidades para analizar e interpretar de manera crítica los usos y abusos de los que es objeto el lenguaje, dificultando una comunicación democrática.

Se presentarán aquí algunas ideas, toda vez que nos encontramos en un terreno poco conocido a nivel mundial. Recomiendo aplicarlas tanto en la lectura cotidiana de noticias como en el habla diaria: sólo así se puede reestructurar el pensamiento.

La muerte del lenguaje público

En su libro Sin palabras. ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política? (Debate, 2017), el periodista Mark Thompson señala cómo una nueva generación de políticos, entre los que se encuentra López Obrador, ha creado una forma de comunicarse directa y creíble por encima de la forma de hablar de los políticos “de siempre”. De esa forma el lenguaje público entra en declive al perder las palabras su significado, convirtiéndose en herramientas. Al perderse el terreno lingüístico común, la polarización deteriora la convivencia.

Entre las causas que señala Thompson está el carácter cambiante de la política occidental y la pérdida de referentes como “izquierda” o “derecha”; la brecha en la cosmovisión del lenguaje de los expertos y la opinión pública en general; el impacto de la tecnología digital y los trastornos y la competencia que ha traído sobre periodistas y políticos; y la pugna entre racionalistas y autenticistas sobre lo que debería constituir un buen lenguaje público.

Aunque nos encontramos en un periodo de declive, Thompson piensa que eventualmente habrá un periodo de reconstrucción del lenguaje público y ofrece dos faros de esperanza: la noción de que los seres humanos nacen con una facultad de sabiduría práctica o “prudencia” que debería permitirles discriminar entre lenguaje público válido y dudoso, y la perspectiva de una retórica que un día y tal vez podría lograr un nuevo equilibrio entre argumento, carácter y empatía. Para conseguirlo, propone algunos pasos.

FOTO: SAÚL LÓPEZ /CUARTOSCURO.COM

Primero, restaurar la confianza en las palabras pública y las personas que las pronuncian. Si la gente dejó de apoyar a los políticos “de siempre”, es necesario empezar por este flanco. Entre los consejos que Thompson aporta están: tener congruencia entre los que se dice y se hace; tratar a la opinión pública como adultos al ser claros con lo que se piensa sobre políticas concretas y los sacrificios delicados que se esperarían, así como depositar la confianza en la opinión pública al reconocer ambigüedades en la información y equivocaciones; no esconder la realidad debajo de la alfombra, menos por conveniencia ideológica; destilar políticas públicas en lenguaje llano; tener la generosidad suficiente en el debate público por señalar coincidencias ante los adversarios; evitar el spin y las “fuentes anónimas”; no hacer siempre caso del consejo sobre comunicaciones de aquellos cercanos en ideología; evitar la exageración; reconocer la complejidad de los temas públicos y ofrecer sustancia y lucir honestos y empáticos, sin acartonamientos, al momento de comunicar.

También señala Thompson que los periodistas y editores tienen responsabilidades: rechazar el “perspectivismo”, la noción de que todo es punto de vista, adoptando un realismo crítico, donde todos percibimos y expresamos los hechos de manera distinta; ser educados y duros al entrevistar a políticos, dejando que la opinión pública oiga o lea fuera de espacios de diez segundos; apostar por un periodismo de investigación, basado en pruebas y argumentaciones; evitar la militancia partidista cuando se ejerce periodismo; separar a la prensa de los anunciantes; y evitar las mentiras disfrazadas de citas tergiversadas, la omisión de datos y contextos o añadidos descontextualizados. Al hacer esto, abre un debate sobre nuevas formas de financiamiento en los años de la internet.

Y sobre todo, hay que cultivar la labia y la soltura entre la opinión pública: hay que poner el lenguaje público en el corazón de la enseñanza del civismo. Debemos cultivar la retórica. Aprendamos a informarnos entre distintas fuentes, privilegiando aquellas que presenten información y argumentos, para formarnos un juicio que siempre será perfectible. Hay que distinguir entre hechos y opiniones si no deseamos que un algoritmo llegue a hacerlo por nosotros. También es preciso cultivar el arte de la sátira para renovar el lenguaje.

Preparar la guerra lingüística

El pasado 13 de junio los periodistas George P. Lakoff y Gil Duran publicaron en el periódico The Guardian una nota titulada “Trump has turned words into weapons. And he’s winning the linguistic war”, que tiene muchas similitudes con nuestra situación. Los autores mencionan que el lenguaje activa estructuras mentales llamadas “circuitos marco”, que se usan para entender la experiencia y se hacen más fuertes cuando escuchamos el lenguaje que las activa. De esa forma, una repetición constante puede cambiar la forma que vemos el mundo. Frente a esto los editorialistas suelen estar en desventaja pues aún no comprenden cómo funcionan estos mecanismos cognitivos.

De acuerdo con los autores, Trump es capaz de manipular el pensamiento al dar primero un marco cognitivo, repetir con frecuencia y hacer que los otros repitan sus palabras, haciendo que la gente lo ataque en el marco cognitivo que ha impuesto. Gracias a ello domina el debate público, tanto las posturas a favor como aquellas que van en su contra. Con esto en mente, se describen sus técnicas de manipulación preferidas:

Primero, convierte a las palabras en armas, como con el uso de “crooked” para nombrar a Hillary Clinton como el uso de “fake” para deslegitimar a la prensa. También recurre a “witch-hunt” para cualquier investigación en su contra o a la expresión “deep state” para evadir responsabilidades.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (Carolyn Kaster / AP)

También se menciona que Trump recurre a “ejemplos salientes”: casos individuales altamente divulgados, que llevan al público a asumir que son típicos. Ejemplo: calificar a grupos como “terroristas” o “violadores”. Una vez que activa ese circuito, evade toda responsabilidad añadiendo un “tal vez”, un “no sé” o un “veremos”.

Los autores extraen de una lectura de su libro The Art of the Deal la palabra “hipérbole verídica”: afirmaciones exageradas que sugieren una verdad significativa. La hipérbole puede ser positiva (“great”, “terrific”, “the best”) o negativa (“a disaster”, “the worst ever”). A partir de ahí define quiénes merecen ganar y quiénes perder, estableciendo una jerarquía moral, como en la expresión “America first”.

Una cuarta estrategia son sus tuits, que pueden ser usados para generar una ventaja al definir marcos cognitivos, desviar la atención, culpar a otros y como globos sonda. Una forma para contraatacar podría ser adelantar los marcos cognitivos, las verdades que desea evitar y poner la culpa donde corresponde y hacer explotar los globos sonda.

Si Trump está intentando imponer su verdad, ¿qué se puede hacer? Los autores siguieren cuatro cosas. Primera, entender cómo funciona la propaganda y entender la ciencia cognitiva que conlleva a través de marcos, metáforas, narrativas y neurología. Segundo, tener en cuenta que la democracia estadounidense se encuentra bajo ataque. Tercero, evitar que Trump controle el ciclo noticioso, a través de un trabajo editorial minucioso. Cuarto, no difundir mentiras, especialmente a través de su lenguaje.

La batalla por la democracia pasará por la forma que hablemos, argumentemos y comuniquemos. Tengamos eso claro en nuestro día a día.

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