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Fernando Dworak

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Léxico del nuevo autoritarismo IV: Cambio, dignidad, pueblo, verdad

Cambio

Aunque el cambio es lo único constante, el discurso de la transformación se usa para justificar cualquier tipo de decisiones, incluso las más arbitrarias, a nombre de un futuro donde cuanto se hizo habrá rendido frutos. Se asume de inicio una visión teleológica del devenir.

La noción de cambio y movimiento se ha usado fundamentalmente en movimientos revolucionarios, donde se asume la necesidad de alterar el orden público a nombre de quienes se encuentran agraviados por la injusticia que representa el orden establecido.

Una vez en el poder, el revolucionario implanta una contradicción para legitimarse: institucionalizar el proceso de ruptura. Esta idea, acuñada por León Trotski, se encuentra en el nombre del otrora partido hegemónico: Revolucionario Institucional. Fiel a una visión teleológica, su discurso de legitimidad se basaba en ser la herencia y continuidad de tres transformaciones previas: la Independencia, la Reforma y la Revolución.

La idea de la Cuarta Transformación se inserta en esta visión historicista, sólo que esta vez se le presenta como no violenta y en torno a un líder que aglutina en su persona la representación del pueblo. De esta forma, el cambio tiene como única lógica y justificación los dichos y deseos de una persona.

¿Qué hacer? Fomentar el pensamiento crítico y la duda como sistema.

Dignidad

Elías Canetti escribió en Masa y poder que, movidas por el miedo a lo desconocido, las personas se aglutinaban en masas que proveen seguridad, identidad, lenguaje y una historia común basada en los agravios que las otras masas les han inflingido. Por lo tanto la reacción natural tiende a ser atacar y, de ser posible, eliminar a los ajenos.

Ese agravio, real o supuesto, es la base de muchos discursos de legitimación, especialmente en sistemas autoritarios, que requieren enemigos para movilizar pasiones y, en casos extremos, justificar estados de excepción. La palabra detonante es la dignidad individual o colectiva que ha sido mancillada por los “otros”.

El agravio y la dignidad forman parte del discurso historiográfico: los españoles violaron a las mujeres indígenas y nuestra nacionalidad esconde un trauma que nos da identidad, los estadounidenses nos quitaron la mitad del territorio… y quien es víctima defiende una dignidad, no se responsabiliza de su devenir. Para eso, en todo caso, hay líderes providenciales que nos vengarán y salvarán de nosotros mismos.

El agravio debe refrendarse continuamente a través de rituales como marchas, consignas o pases de lista. La repetición es parte de la identidad de un grupo. Como resultado, se llega a ver a un político estridente como un valiente que les “dice sus verdades a los poderosos”, o se intenta justificar el revanchismo como la restauración de la dignidad.

¿La salida? Aunque parezca utópico, apostar por lo que parece antinatural: el diálogo, la tolerancia y el intercambio de ideas.

Alexas_Fotos @ pixabay.com

Pueblo

Para un político, la ventaja de una palabra grandilocuente aunque imprecisa es que puede ser usada para lo que se desee. Más aún cuando se le pueden atribuir sentimientos, cualidades, mandatos o si, todavía mejor, un líder puede llegar a representarlo retóricamente. Tal es el caso de la palabra “pueblo”.

El término, que viene del latín populus, es ambiguo: se le puede usar para designar a la población de un lugar, región o país; asimilarse al concepto de país con gobierno independiente; aplicarse para designar a cualquier localidad, particularmente a una población rural, o restringirse a los miembros más humildes de la sociedad (pueblo llano, común o clases bajas).

El uso político se basa en la noción de colectividad que sugiere la palabra. Incluso se le puede agregar el calificativo “bueno” para fortalecer la idea de una condición de nobleza esencial que ha sido agraviada. Una vez que se arraiga esa distinción se puede justificar cualquier falacia, o incluso reconocer que hay un grupo de personas que, aunque no se definen, están ahí y tienen la capacidad para decidir con sabiduría sobre todo asunto que se les pone a consulta.

La colectividad se usa para polarizar. Por ejemplo, los empresarios, periodistas u organizaciones de la sociedad civil pueden, si así lo determina el líder o algunos allegados, no formar parte de ese pueblo por explotarlo, diferir de las opiniones que se creen verdaderas o hasta no contar con algunos rasgos como el apellido. En cambio, a otros se les puede perdonar todo porque son parte de ese pueblo, como algunas personas que colaboran con el crimen organizado.

¿Qué hacer? Reivindicar el individualismo y el derecho a disentir como parte de la pluralidad. Palabra clave: ciudadano.

Verdad

La democracia parte del reconocimiento de que no existe una verdad absoluta. Bajo esta premisa se acepta el derecho a disentir, a tener diferentes posturas sobre cada tema público toda vez que una decisión arroja beneficiarios y afectados, o el relativismo de cada tema en la agenda pública.

¿Cómo se impone una verdad? Desde los textos de Rousseau y Marx se ha hecho creer que el orden constituido es falso, pues responde a los intereses de una minoría: las instituciones, las leyes e incluso sus voceros son agentes de un sistema de explotación. Por lo tanto, y según un discurso que no es distinto a una visión judeo-cristiana de pecado original y redención final, sería necesario que el pueblo se adueñe de los medios de producción para restaurar un estado de gracia original.

Hemos visto en México desde la promesa de un “cambio verdadero”, hasta el descrédito de quienes disienten con términos como “opinólogos” o “prensa fifí”. Si la democracia se basa en la duda, la creencia en una verdad hace que el individuo renuncie a su capacidad para contrastar y dialogar, corriendo el riesgo de convertirse en un fanático.

¿Qué hacer? Reconocer que no hay verdades absolutas, sino la construcción permanente de un entorno a través del diálogo. Cultivar habilidades para debatir.

Rawpixel @ pixabay.com

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