Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Lenguaje neoliberal: la batalla perdida

La ola demagógica global forzó al liberalismo a mirarse al espejo. Una de esas meditaciones pasa por el lenguaje, específicamente del liberalismo más reciente, o neoliberalismo. Los actuales guardianes autocríticos –desde Nussbaum y Garton Ash, hasta Steven Pinker y George Packer– han insistido que el lenguaje neoliberal tiene la batalla perdida contra la demagogia, sencillamente porque es inaccesible. Y yo agregaría que feo. Octavio Paz ya había advertido que no era buena idea tecnocratizar el lenguaje político. No sólo porque se vuelve hermético e incapaz de cobijar a las multitudes, sino porque genera rechazo. Rechazo estético, quiero decir. ¿Quién podría encontrar atractivas frases como “la maximización de los márgenes de ganancia”, o “la inflación desestacionalizada”? El lenguaje técnico es necesario e inevitable, pero podría permanecer en la academia y la ciencia hasta no ser traducido. En ello falló el periodismo estrepitosamente porque acogió sin ningún filtro todo el lenguaje neoliberal, cuando debió haberlo descifrado. También fallaron, desde luego, los políticos.

“Fumadora 1”, Tom Wesselmann

El lenguaje populista también es feo. Basta escuchar a Trump, a Bolsonaro o a López Obrador. Pero no es inaccesible, todo lo contrario. Es emotivo, épico, melodramático: conecta con el corazón. He concluido que el de López Obrador es incluso ensayado. Parece espontáneo, pero esconde un método cuidadoso. Además de sus coloquialismos, lleva una lentitud patidifusa, cuando sabemos que es perfectamente capaz de hablar rápido, como lo demostró en su visita a EUA, o en un debate que le ganó a Fernández de Cevallos en el año 2000, quien además es uno de los mejores retóricos de nuestra clase política. Hoy ese lenguaje ha sido adoptado –no tanto en la forma, pero sí en el contenido– por prácticamente toda la población, incluidos sus críticos. Y qué mejor prueba de triunfo.

El desafío es más complejo de lo que parece porque tiene un ingrediente generacional. El lenguaje liberal no sólo se tecnocratizó, sus élites jóvenes también fueron educadas en él. Las nuevas generaciones dejaron de estudiar las “artes liberales” –filosofía, lingüística, lógica, literatura, historia– y comenzaron a estudiar administración de negocios, políticas públicas y especialidades técnicas. Lo viví en carne propia como editor digital de Letras Libres, donde era difícil encontrar jóvenes liberales que pudieran prescindir del lenguaje tecnocrático, con notables excepciones, por supuesto. En consecuencia, había que seguir recurriendo a las generaciones viejas. Del otro lado no sucede lo mismo: los jóvenes antiliberales son afines a todo tipo de doctrinas nocivas, pero sí fueron educados en el humanismo y las artes, de modo que pueden confeccionar narrativas más humanas, más próximas, más inteligibles y reconocibles. Pienso en las juventudes obradoristas, por ejemplo. Si uno se asoma a sus panfletos y pasquines, encuentra los delirios más peligrosos, pero a menudo tan digeribles como las seducciones del prestidigitador al que le hacen propaganda.

La solución no es emularlos. Mucho menos a sus líderes. No tendríamos que rebajar la rica tradición liberal al anzuelo de la campechanía fácil y mentirosa. Más bien habría que recuperar el lenguaje del liberalismo perdido, del liberalismo pre-neoliberal, y adaptarlo a los nuevos tiempos: esa cualidad que Timothy Garton Ash llama “la imaginación liberal” y que abunda en los cuatro siglos de tradición, no sólo en sus filósofos, sino particularmente en sus escritores y poetas, desde Swift y Voltaire, hasta Zola, Orwell, Camus y Paz. En pocas palabras, el liberalismo necesita reivindicar la poesía y la literatura y el drama, hacerlos asequibles, contagiar de ellos a la política, y confinar para siempre ese horrible lenguaje que se escapó de las sucursales bancarias.

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