Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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El legado de los imperios

La sombra de la historia suele ser muy larga. Rusia ataca Ucrania en un anacrónico y absurdo intento de resucitar a su desaparecido imperio. Es un delirio, pero no es algo único o excepcional. En cada uno de los grandes imperios terrestres euroasiáticos del pasado (Rusia, China, Irán, Turquía), las élites gobernantes han estado buscando desde hace algún tiempo redibujar la identidad nacional a lo largo de líneas cuas-imperiales. Más recientemente, el Reino Unido, el mayor imperio naval del siglo XIX, sucumbió a una fantasía de poder global con su Brexit. Británicos y franceses también están en condiciones de saber que el fin del imperio es generalmente un asunto caótico, cuyas consecuencias se desarrollan de manera disruptiva no durante años, sino décadas y generaciones.

Un estudio comparativo del fin de los imperios puede revelarnos patrones históricos complejos. Los dramas de Medio Oriente son, en buena medida, secuelas del colapso de tres imperios: el otomano, el francés y el británico. Estos imperios prohijaron una serie de Estados en gran parte artificiales, profundamente divididos e inestables y atosigados por amargas rivalidades regionales. La hegemonía estadounidense en esta zona a veces agravó estos conflictos. Los Balcanes también siguen padeciendo el legado del colapso de los imperios Otomano y Habsburgo. El Sur de Asia todavía vive con las consecuencias del fin del Imperio Indo-Británico, incluida la partición de India y Pakistán y el conflicto resultante sobre Cachemira. Los conflictos engendrados o exacerbados por los imperios y su caída pueden hervir a fuego lento durante décadas antes de estallar, como sucedió con la revuelta de los bengalíes orientales contra Pakistán en 1971 (que llevó a la intervención india y la creación de Bangladesh) y la guerra civil entre tamiles y cingaleses en Sri Lanka de 1983. En África, innumerables conflictos locales se remontan, al menos en parte, a cómo se desmantelaron los imperios británico, portugués, francés y belga. Actualmente, en pleno siglo XXI, aunque los imperios formalmente han muerto, sus dinámicas subyacentes siguen condicionando aún la atormentada geopolítica de nuestros días. Sólo comprendiendo las historias imperiales lograremos entender que ocasiona todas estas turbulencias.

Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, San Petersburgo, Rusia. por Tatsiana Volskaya / Getty Image

Acaba de salir publicada en español un muy interesante libro del historiador Samiir Puri: El Legado de los Imperios (Almuzara, 2022), el cual nos recuerda, por si lo habíamos olvidado, que la historia nunca se detiene. A pesar de no haber vivido una III Guerra Mundial, la paz nunca ha imperado por completo en el planeta durante las últimas décadas. Recordemos Vietnam, Corea, Medio Oriente, las matanzas de Ruanda, las sucesivas guerras balcánicas fruto de la descomposición de Yugoslavia, las ininteligibles guerras del Cáucaso, Siria, Irak, Kuwait, Afganistán y Malí entre otros desatinos bélicos. Detrás de todas y de cada uno de estos conflictos se percibe el aliento de las viejas lógicas imperiales. Por supuesto, se incluye a Ucrania en esto, un antiguo y al tiempo nuevo país que, al Oeste, perteneció al imperio austro-húngaro y al Este fue parte del imperio ruso. Una de las reflexiones más interesantes de Puri es exponer como, a pesar de los patrones comunes presentes de alguna manera en todos los imperialismos, existe una diferencia muy significativa entre los imperios marítimos de Europa occidental y los imperios terrestres de Turquía y Rusia. Nos dice: “Por desagradables que fueran algunos de los conflictos involucrados en la caída de los imperios ultramarinos, el poder imperial podría al final escapar de ellos (y la responsabilidad por ellos) regresando a casa sobre el mar. Para los imperios terrestres, no era posible tal escape claro. Tuvieron que vivir con conflictos post-imperiales en sus propias fronteras, con disputas que a veces se superponían a ellos. Por un lado, algunas de sus propias poblaciones de minorías étnicas no veían ninguna razón por la cual, cuando el resto del imperio se había derrumbado, ellos tampoco deberían tener el derecho a la independencia disfrutado por otros a pocos metros a través de la nueva frontera nacional. Por otro lado, las minorías étnicas que quedaron varadas en los Estados vecinos inevitablemente buscaron apoyo y protección en su país de origen”.

Muchos de los conflictos y tensiones que acompañaron y siguieron al fin de la Unión Soviética han caído en estos patrones imperiales y postimperiales. En el Cáucaso, la URSS estableció repúblicas que, después de la independencia, se encontraron amargamente divididas por etnia. Los armenios se rebelaron contra Azerbaiyán; Abjasia y Osetios contra Georgia; Chechenos contra Rusia. En Europa continental y su periferia inmediata, el fin de la Unión Soviética y Yugoslavia (un país que fue a su vez el infeliz descendiente del fin de los imperios otomano y austriaco) ha dejado ocho conflictos y disputas territoriales sin resolver: Bosnia, Kosovo, Transnistria, Crimea, Donbás, Abjasia, Osetia del Sur y Nagorno-Karabaj.

Estatuas de guerreros persas, en exhibición en Teherán, Irán Foto por FrankvandenBergh / Getty Images

Sin embargo, cometeríamos un error si solo nos atenemos a la explicaciones de las añoranzas imperiales para explicarnos la naturaleza de los actuales conflictos. Los lideres autoritarios de pasados imperios euroasiáticos han decidido que la mejor manera de consolidar la legitimidad de sus regímenes es apelar a las glorias del pasado. Por eso debemos entender estos conflictos, incluido desde luego el ucraniano, también como una lucha entre los valores de los autoritarios y las sociedades abiertas. Aunque la invasión rusa de Ucrania se unirá a la larga lista de desastres desatados por las ambiciones imperialistas, lo que más le importa a Putin es el mantenimiento de su régimen dictatorial frente a la posibilidad de ver construirse sociedades abiertas en sus entornos, en lo que los neoimperialistas nombran como su “zona de interés”.

Por supuesto, si uno se propone buscar legados imperiales, comenzará a verlos en todas partes. Si bien puede haber rastros de “resaca imperial” en algunos de los fenómenos que Puri investiga (como el Brexit en Gran Bretaña, el ascenso de Narendra Modi en la India e incluso el de Orban en Hungría), ello no es su causa principal y podría decirse que ni siquiera es significativa. Sin embargo, lo indudable es que la sombra de la historia es alargada y nunca nadie ha sido capaz de escabullirse, menos ahora que se proyecta bajo el ardiente e iracundo sol de nuestros tiempos.

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