Cinque Terre

Lucía Saad

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Historiadora.

Leduc: Reed el insurgente, Villa el privilegiado

La película del cineasta mexicano Paul Leduc Rosenzweig (ciudad de México, 1942), Reed. México insurgente (1970), constituye un caso de reconstrucción histórica sobre los acontecimientos, las personalidades, y las ideas de los revolucionarios de la División del Norte bajo el mando del general Francisco Villa. Los testimonios de Reed, reunidos en un libro que da nombre al filme que dirige Leduc, fueron un referente obligado tanto para la sociedad estadounidense como para la mexicana de su época. El historiador Friedrich Katz cita recurrentemente el trabajo de Reed en su obra sobre Pancho Villa. Lo clasifica como pilar de la leyenda épica que se construyó sobre el divisionario¹. Personajes y ambientes se funden en el libro y la película. Analicemos algunas estampas para ilustrar la importancia de la personalidad de Villa para estos autores y para el discurso oficial de su época.

Después de escuchar un corrido sobre el asesinato de Madero, en el que se le menciona como redentor de la República india y salvador del pueblo, en fin, un apóstol insurgente, el Míster —así le decían algunos combatientes a Reed— dialoga con un soldado de la tropa que intempestivamente define su lucha:

—Estamos luchando —dijo Isidro Amaya— por la libertad.
—¿Qué quieren decir: por la libertad?
—¡Libertad es cuando yo puedo hacer lo que quiera!
—Pero suponed que eso perjudique a alguien,
Me contestó con la gran sentencia de Benito Juárez:
—¡El respeto al derecho ajeno es la paz!
Yo no esperaba tal cosa […] creo que es una definición mejor que la nuestra: la libertad es el derecho de hacer lo que ordena la justicia².

Un discurso similar lo escuchamos en la película cuando el corresponsal es presentado con la plana mayor del ejército: un grupo de hombres comunes, algunos extremadamente delgados, sentados alrededor de una mesa redonda. Impresiona la sencillez del lugar y la envergadura de los personajes. También ahí uno de los líderes militares al mando de Urbina dice que el objetivo de la lucha es la libertad; pero no se menciona la sentencia de Juárez ni el comentario de Reed sobre el sometimiento a la justicia en Estados Unidos. Leduc decide no continuar con el ceremonial a Juárez ni destacar la vena anarquista en la interpretación de la libertad del periodista. Los tiempos en México no estaban para sostener ese discurso. El cineasta fue parte de la generación que vivió la represión del Movimiento Estudiantil en la ciudad de México, —firmó, incluso, algunos desplegados del Consejo Nacional de Huelga y colaboró en el documental “El grito”— tenía una mentalidad contraria a los mitos que se difundían a través del discurso oficial.

Cuando iniciaba la década de los años setenta, demasiada claridad en el lenguaje significaba ser considerado rojillo y, por tanto, la persecución del aparato de represión del Estado. La guerrilla y la llamada Guerra sucia, durante el gobierno de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) era una terrible realidad. Los jóvenes que participaron en ambos momentos históricos son considerados la generación rota o la generación del salto al vacío que expresó en su vena guerrillera “un enorme grito de hartazgo por los logros del Milagro mexicano y su Revolución fundadora”³. Una generación que, desde una perspectiva menos dramática y más creativa logró ciertos rasgos unificadores en sus expresiones culturales.

¿Cuál era la idea sobre la Revolución que el gobierno priísta propagandizaba en esos años? Una tradición que es considerada el mito unificador de la identidad nacional, de la construcción de la República. En el discurso de aceptación de su candidatura a la presidencia, Echeverría inicia su oratoria colocándose en las filas de una Revolución siempre en marcha, inconclusa. Habla del respeto a la voluntad popular, de la obligación de continuar con la Reforma Agraria, objetivo por cumplir de la Revolución, pero…

[…] su principal desafío, su tarea más importante: el reducir la brecha, el contraste entre poderosos y desvalidos y evitar que la riqueza de México, producto del trabajo de México, vuelva a concentrarse en unas pocas manos.

Todos nuestros problemas desembocan o se relacionan con uno solo: el de la educación. Entendemos a nuestra Revolución como un proceso de constante reforma, […]4

El populismo, la demagogia del presidente, contrasta con la realidad de un país con una clase media emergente que no cuenta con espacios de representación política y tiene que abrirse a la crítica cultural y la movilización política.

Pasemos a otro momento de la narración en el libro. Después de la lectura de un decreto del gobernador de Durango que sentenciaba el repartimiento de las grandes haciendas entre los pobres. Un hombre —que dijo haber sido maestro de escuela— explica qué es lo que espera de la Revolución:

—Ninguno de nosotros —nos dijo—, ni los soldados, después que una revolución ha triunfado, quiere más soldados; serán los pacíficos los que obtengan la tierra, los que no pelearon […]
Sólo por broma pregunté a un soldado que traía un fotobotón de Madero en su saco, que quién era.
—Pues, ¡quién sabe, señor! —contestó—. Mi capitán me dijo que era un gran santo. Yo peleo porque esto no es tan duro como trabajar.
—¿Cada cuando les pagan a ustedes, amigos?
—Se nos pagaron tres pesos hizo justamente nueve meses esta noche —dijo el maestro de escuela; todos asintieron con la cabeza—. Somos los verdaderos voluntarios; las gentes de Villa son profesionales5.

Podemos observar que Reed se aleja de los dogmas que los ideólogos revolucionarios promovían, aunque suscribe la imagen del sacrificio popular. La realidad era que la tropa no estaba interesada en saber quién era Madero. El diálogo que aparece en la película, palabras más, palabras menos, ofrece la misma interpretación que la lectura: los hijos de los revolucionarios serán los que reciban las tierras. El Reparto Agrario que Echeverría ofrece en 1969 corresponde a la misma ilusión del maestro. En una escena posterior de la película, en la que la gente de Urbina se enfrenta con los colorados, el maestro muere mientras intenta abrirse paso entre la balacera. Se entiende el mensaje: con el hombre muere la ilusión. Con este desenlace resulta una falacia que se siga admitiendo, después de medio siglo, que la Revolución es un proceso en marcha.

La crueldad de la guerra se expresa de una forma sutil en la película. La derrota se convierte en algo decoroso. Reed narra en su libro que por más que solicitó un caballo nunca se lo dieron. En la película, cuando el grupo de revolucionarios se va a enfrentar a los colorados el periodista se queda parado y confuso atrás, porque en lugar de un caballo lleva una cámara fotográfica en la mano. En cuestión de minutos regresan cabalgando los revolucionarios perseguidos por los colorados. Reed corre, avanza a buen trote, digno y completo. La realidad no se parece a esta representación cinematográfica. Paul Leduc no muestra lo sanguinaria que fue la guerra. En lugar de una estampa terrible que nos ofrece Reed en el libro en la que aparece un soldado con la cara quemada por la pólvora y el rostro desfigurado, que pasa a galope advirtiendo que todo está perdido, en el film vemos pasar un magnifico ejemplar cabalgando con belleza singular y llevando con hidalguía un rifle en la mano. Los revolucionarios aparecen con un estoicismo que no imagino en la realidad, afrontan la muerte con tranquilidad y valentía, incluso con buen humor. Conviven la muerte y la destrucción con el aliento de la siguiente batalla y el ingenio del hombre sencillo, esa apuesta de análisis sobrio me convence más. No se potencia la insensibilidad sino la necesidad.

Conversando con Villa

Para Leduc, Villa es un hombre limitado en el lenguaje, pero con su propia filosofía de guerra, franco y directo; para Reed, es un hombre inquieto intelectualmente pero incivilizado, un peón en política: “había que ser filósofo para explicar cualquier cosa a Villa”6. Ambos construyen un personaje interesante y enigmático. Katz analiza la posición de Reed. “[…] consideraba a Villa como un visionario que quería transformar y reformar México a través del reparto de las tierras de los ricos y de la educación. No daba mucha importancia a la parte feroz de su personalidad”7. “La guerra es una cosa muy seria y no se le puede poner reglas como si fuera un juego de naipes” —argumenta Villa en la película. En seguida se burla de que se descalifiquen las balas de plomo, como si no mataran por ser de ese material.

Reed le pregunta sobre el fusilamiento de Benton, empresario inglés, avecindado en México. La respuesta es emblemática de la personalidad del general de la División del Norte, resulta atractiva, lúdica y a la vez cruel por la realidad tan terrible que narra. Inicia contando que una vez que apresaron a un grupo de colorados y no le alcanzaban las balas para fusilarlos de acuerdo con el honor que merecían, entonces los formó de tres en fondo y con una bala se los despachaba.

[…] me han ido obligando a mí a pensar que a la gente hay que irla tratando como se merece y según el color que va dando. Y a estas alturas yo he ido pensando que los hombres se dividen en dos periodos: los hijoeputas y nosotros. Y entre los hijoeputas hay tres clases: los colorados —y a esos colorados donde quiera que yo ande me los ajusticio—, porque son peones igual que nosotros […] Esos no tienen remedio. Los otros segundos son los oficiales de carrera […] tuvieron educación, […] también para que aprendan se les fusila. En cambio a los soldados rasos, a la tropa, a los pelones, a esos siempre mando un abogado, de esos que hablan bien, para que les eche un discurso, para explicarles por qué peliamos. Y después de eso se les dice que están libres, que se pueden ir. Y mire usted lo que son las cosas, compañero, muchos de ellos regresan con nosotros, porque se les abre, pues la luz, ellos ven. Y ese señor que usted me está preguntando, ese súbdito de la potencia inglesa, era las tres clases hijoeputa todo junto.

Los excesos en la guerra eran una constante. Reed narra algunos hechos de una crueldad que aterroriza. Menciona que los colorados rebanaban las plantas de los pies de sus víctimas, que el general Rodolfo Fierro asesinaba, sin mediar razón, a quien se cruzaba accidentalmente en su camino. Es cierto que se cuida de hacer comentarios similares sobre Villa, a él lo presenta con una aureola de sabiduría popular. Pero si de lo que se trata es de hacer justicia a su personalidad es conveniente revisar lo que Katz comenta al respecto. Carranza, como jefe máximo de la Revolución, a quién Villa reconocía su autoridad.

[…] declaró que se aplicaría de nuevo la ley que había promulgado Benito Juárez el 25 de enero de 1862, según la cual quien fuera detenido combatiendo contra la República Mexicana sería fusilado. Así pues, la ejecución de los prisioneros fue la regla más que la excepción, para la mayoría de los comandantes revolucionarios…”8

Katz reconoce que Villa mostraba odio contra los orozquistas y los oficiales federales y que si los atrapaba los fusilaba. También admite que no se preocupaba por ocultar los fusilamientos, que los hacía en pleno día y frente quien estuviera. De igual modo, reconoce que con frecuencia perdonaba a los soldados de reclutamiento forzoso y que poseían un conocimiento que le podía ser útil en la organización de la guerra. Al respecto podemos concluir que no se miente sobre los principales rasgos de la personalidad del caudillo del norte, pero sí se omite información incriminatoria. Digamos que la imagen que Leduc y Reed construyen de Villa es honradamente tramposa.

Villa, para Reed, era el peón que llegó a general del ejército y al que se le debía preguntar si estaba dispuesto a ser presidente de México. En el libro se narra que a Villa le divertía la insistente pregunta del reportero, de tal suerte que cuando se lo encontraba le decía: ¿Ahora no me va a preguntar si quiero ser el próximo presidente de México? Es natural que a Reed no le guste la vía de la reforma, puesto que el confía, como buen anarquista, en la revolucionaria. Se entiende, del mismo modo, que visualice a Villa como dirigente del país por su extracción social. La antítesis de Reed es la que propuso en su momento el entonces presidente Echeverría. Recuérdese que para el presidente que está haciendo la guerra sucia a los guerrilleros, la continuidad de la Revolución recae fundamentalmente en la reforma educativa. Villa, también, creía que parte de la solución a la injusticia que padecía la sociedad se podía resolver dotando a los mexicanos de educación. Echeverría durante su sexenio, y particularmente al final, reivindicó algunas facetas de la personalidad de Villa y en 1976 mandó desenterrar los restos del revolucionario, a través de un decreto, para trasladarlos al Monumento de la Revolución, restos, que, por cierto, no eran los del general. La demagogia de Echeverría, su populismo es reverente con la imagen del caudillo de Parral, Chihuahua, reivindicarlo significa reivindicarse a sí mismo, pues se siente continuador de la Revolución.

Katz narra varias versiones sobre la muerte de Benton. En una la responsabilidad corresponde a Villa, quien lo habría asesinado fríamente, sentado cómodamente y desde atrás de su escritorio. En la otra, la responsabilidad del asesinato se le adjudica a Fierro, que como ya vimos, pasó a la historia como “el Asesino”. No se le puede exigir ni a Reed ni a Leduc el manejo de este tipo de información, pues Katz comenta la dificultad de encontrar la senda de la realidad entre las múltiples leyendas que se han contado sobre Villa y si se toma en cuenta, además, que los archivos de Chihuahua se quemaron en 1940. Si la ciencia histórica enfrenta dificultades para desentrañar la vida de este personaje legendario a pesar de que cuenta con sofisticadas técnicas de investigación; no puede esperarse mucho más de la literatura o la cinematografía, aunque a veces sorprenden.

La última escena

En la penúltima escena, Reed duerme solo en el piso, cubierto con un pequeño sarape, en las márgenes de las vías del ferrocarril, justamente en la salida de un túnel, después de una larga jornada en la que estuvo trabajando, hombro con hombro, con los soldados que reparaban los rieles. Minutos después, conversa con periodistas mexicanos y los conmina a participar de manera más activa en la Revolución. Considera que los reporteros deben tener un compromiso más real con la lucha. No se trata de difundir con veracidad los hechos sino de comprometerse con una posición política. La cinta continúa.

Al final de la última escena, el periodista camina apesadumbrado al lado de Villa, recorre un enorme terreno desértico en el que sólo se escucha el viento y se aprecia la tierra seca y quebrada. Pasa silenciosamente un hombre guiando un par de caballos que llevan por jinete dos cuerpos humanos de bruces sobre sus lomos. Reed mira hacia atrás y observa el ambiente opresivo. Ese sitio al que se dirigen los cadáveres es del que él venía luego de conversar con Villa sobre le posibilidad de la invasión de Estados Unidos a México. El general revolucionario camina llevando una mascarilla en la cara que cubre su boca y nariz, con aire despreocupado, expresa el mismo estado de ánimo que cuando negaba la posibilidad de la invasión. A Reed la invasión no lo pone nervioso y ni siquiera tiene certidumbre de lo que va a hacer saliendo de México. Continúa caminando y luego separa su camino del de Villa. No despega la vista de la tierra partida. Se detiene a observar a los muertos. El momento es de absoluta desolación. La indefinición del ser, de la ambigüedad de su vida.

Un par de jóvenes que esperan el inicio de las hostilidades para la toma de Gómez Palacios conversan con él. Le preguntan a qué bando pertenece, él contesta que es periodista. La palabra les resulta casi ajena. Estos combatientes alejados de los privilegios de la tropa, sin caballo, sin rifle y colocados en la última avanzada, no comparten casi nada con la condición de cronista privilegiado de Reed. No le ofrecen su amistad, no se dicen sus compadres o sus hermanos, continúan en su labor que consiste en construir ellos mismos sus armas. A falta de rifles, crean pequeñas bolsas a modo de bombas portátiles. Uno de ellos se entretiene deshaciendo la red de una araña. Después de la espera, un teniente llega cabalgando, se acerca amistosamente y los llama al combate. Todos corren cuidando sus pobres pertenencias (un sombrero, una mochila). El hombre a caballo le quita a Reed su única defensa: la bomba que el mismo construyó. Se tira pecho tierra con los demás y mira, ya sin desgano, a sus compañeros. Termina el enorme estruendo de la batalla en la que ellos no participan y un hombre aparece gritando festivo la victoria.

Entra a la ciudad la caballería, a todo galope, festejan con los rifles en alto. Uno los ve pasar desde la entrada de un callejón, o al menos ahí nos coloca el ojo de la cámara. Inicia el saqueo. Los hombres llevan pilas de sombreros sustraídos de las tiendas abandonadas. Reed se detiene frente un aparador, se ata una tela en la mano y rompe el vidrio para hurtar una cámara fotográfica. Desde el otro lado de la vidriera podemos observar una sonrisa radiante en su rostro. Mientras se escucha la voz que ofrece los últimos datos sobre la vida de Reed, la cámara corre mostrando el terreno agreste; pero ya no desde la óptica del espectador de la película, sino del jinete que no se ve.

¿Cuál es el discurso invisible en el filme de Leduc? Voy a tratar de que converjan las dos interpretaciones de Reed, México insurgente en el análisis de esta última serie de acontecimientos y de imágenes que nos brinda magníficamente la película. Explicar esa “zona de realidad” que, de acuerdo con la metodología de Marc Ferro, el historiador debe encontrar en el hecho cinematográfico9. Voy a seguir los mismos acontecimientos que acabo de narrar, pero desde mi perspectiva.

Reed despierta con la satisfacción del deber cumplido, puso su grano de arena a la Revolución, pero no sólo con el arma del intelectual, que es la pluma, sino con su fuerza de trabajo, ese capital variable que dice Marx genera un plusvalor al capital. Se levanta y deja atrás el túnel, ese fantasma de su pasado que no le permite asumir un compromiso real con su presente, que es el momento revolucionario. Después regresa el pesar porque se entera de que Estados Unidos, su tierra de origen, pretende invadir México. ¿De qué lado se coloca él? Camina al lado de Villa y su general de confianza. A Villa no le preocupa la invasión, la puede menospreciar porque él forma parte de los privilegiados de la Revolución, él no se detiene ante la muerte, no le afecta, bueno, ni siquiera percibe su olor, se esconde tras la máscara. Reed observa la tierra muerta que algunos esperan sea repartida cuando finalice la revolución; ya no soporta ser observador de tanta muerte inútil, como lo señala en su libro cuando le informan de la muerte de Longino, de ese hombre que quería hacerse rico con sus propias manos y las de sus hermanos. Se separa del líder revolucionario porque esa lucha ya no le convence, prefiere unirse a la clase popular, a los verdaderos voluntarios de la revolución. Adquiere la identidad del hombre que espera ocupar un lugar en la Revolución y sabe que poco a poco puede ir destruyendo las finas redes del poder que lo oprimen, que puede deshacer la tela de la araña antes de que atrape otra presa. Y sigue corriendo.

La tropa entra festejando la victoria de una batalla que no dio. Llegan primero los privilegiados, a los que les sobran sombreros, los de uniforme, salario asegurado y caballo. Después llega Reed a pie y asume, ya sin contradicción, su lugar en la historia. Rompe la barrera entre él y los otros, rescata su identidad que es la del reportero, recupera su cámara. No roba una mula, como realmente ocurrió, porque esa solución en la película lo hubiera colocado, siguiendo el significado del caballo, en la clase social equivocada. Y aunque al final no aparezca el jinete ni el caballo, ya sabemos quién va en la montura: Reed, el insurgente.


  Friedrich Katz, Pancho Villa, traducción de Paloma Villegas, México, Ediciones Era, 1998, 2 vols.

2 John Reed. México insurgente, México, Ediciones de cultura popular, 1975, p. 41.

Héctor Aguilar Camín, La guerra de Galio, México, Cal y arena, 1991, p. 109.

4 Luis Echeverría Álvarez, “Nuestra Revolución no ha terminado”, en ¿Ha muerto la revolución mexicana? compilado por Stanley Ross, México, SEP/Setenta, 1972, pp. 275-276.

 Reed, México…, op. cit., p. 69.

Ibidem, p. 103.

Katz, op. cit., p. 367.

Ibidem, p. 256.

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