Cinque Terre

Javier Solórzano

Las narcoseries

El debate acerca de la producción de las narcoseries es interminable. Va de la mano de la larga discusión en torno al efecto e influencia de los medios de comunicación, a lo que debemos sumar las redes entre las audiencias.

Se han hecho muchos estudios e investigaciones en todo el mundo, que han llegado en lo general a conclusiones comunes; entre lo que destaca el hecho de que no se puede colocar únicamente a los medios en el centro, porque interviene un conjunto de variables que acaban por sumar un todo, que es lo que ayuda en las explicaciones e interpretaciones.

Por los medios pasa una mirada relativa a la sociedad, a través del poder político y económico que lo detenta. Es una expresión de cómo se ve la vida, en su concepción más amplia, por parte de un poder fáctico. En la medida en que estas expresiones tienen realmente que ver con la sociedad, es que los medios tienen que ver con las audiencias.

Se presume que en el amplio abanico bajo el que se mueven los medios transita el entretenimiento, la información, la reflexión y todo un conjunto de variables que conforman la vida de las personas.

Los medios son un negocio, a pesar en que cada vez les esté siendo más difícil mantenerlo; particularmente aquellos que no han transitado a los nuevos tiempos, tanto políticos como tecnológicos, y los que se han quedado rezagados y en verdaderos aprietos; algo de esto le ha pasado a las dos televisoras más presentes en el país.

Las narcoseries tienen que ver con todo esto. Se producen porque se han convertido en un buen negocio y porque al público le llaman poderosamente la atención. El “éxito” también radica en que expresan un fenómeno que está íntimamente ligado a la sociedad mexicana.

Se terminan viendo porque tiene que ver con nosotros. Hay series muy buenas y muy malas; son las audiencias las que terminan por definir lo que gusta y lo que no gusta.

Hace unos días decía el actor y director José María Yazpik —está por estrenarse su película Polvo—, que no tiene sentido el debate acerca de si hacer o no este tipo de series, porque reflejan una parte de nuestra realidad.

Las narcoseries son una manifestación de una realidad lacerante, la cual está cargada de mitos, leyendas urbanas, muerte, impunidad, armas, drogas, jóvenes, sicarios, corrupción, hambre, dolor, mujeres, hombres y el poder, en más de un sentido.

Estos componentes rodean la vida del país. Hablar de ellos es hablar de nosotros, de nuestra lastimosa realidad y de lo que durante muchos años nos ha acompañado. No hay manera de no hablar del narcotráfico y todas sus expresiones, entre ellas la música y la cultura narca, que, inevitablemente, se han hecho populares.

Los medios de comunicación se han dado cuenta de la mina que hay detrás de estas series. Es cuestión de ver la cartelera de Netflix para percatarse de la gran producción, particularmente colombianas, a las cuales, por cierto, nuestro país les pisa ya los talones.

Un componente más es el de la libertad, tanto de quienes las producen como de quienes las ven. Después de ver un gran número de series, no somos de la idea de que se exprese una apología de los personajes que viven en y para el narcotráfico. Sin duda hay pasajes que pueden enaltecer la vida de algunos narcos, pero en general, se establece lo efímero como forma de vida, a la vez que hay que distinguir los terrenos de la realidad y la ficción, bajo los cuales se mueven para crear las historias.

Al final, la realidad nos avasalla y nos pasa por encima. Es cuestión de ver lo que pasó en Culiacán para entender por qué escritores, cineastas y actores hacen las narcoseries.

Como dicen en la UAM-X, “la realidad está a la vuelta de la esquina”.

RESQUICIOS.

El Gran Premio F1 está consolidado. No queda claro por qué las autoridades tuvieron abiertos resquemores para apoyar su organización; ahora resulta que hasta bondades le ven. Está menospreciada la gran afición que existe por el automovilismo; más allá del negociazo.


Este artículo fue publicado en La Razón el 28 de octubre de 2019, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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