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Las apariciones divinas de Mauricio Clark

Mauricio Clark fue conductor de espectáculos que, el 21 de julio pasado, informó que dejaba tal actividad porque padecía una “enfermedad emocional autodestructiva”, además de ser adicto a la cocaína. Semanas después reapareció y dijo que, gracias a la cienciología y a su acercamiento a Jesús, había sanado de la “enfermedad” del homosexualismo y, finalmente, hace unos días, el pasado dos de noviembre en su cuenta de Twitter, difundió una imagen del tronco de un árbol de su casa donde asegura que apareció “La Virgen”. Frente a las críticas que recibió, Clark respondió que podrían llamarle “mocho o loco, pero no gay”.

Comento el tema no porque para mí sean relevantes los devaneos del joven y sus creencias y arrepentimientos, sino porque son una estampa elocuente de la ignorancia y la doble moral que campea en amplias franjas sociales.

Hay que decir, primero, que Jesucristo no cura enfermedad alguna, vamos, ni cuando algún post nuestro pidiendo el milagro tenga, no sé, poco más de mil likes y sea compartido otras tanta veces; eso sólo lo hace la ciencia dentro de sus propias limitaciones que todavía son muchas. Luego seamos contundentes: la homosexualidad no es una enfermedad, conviene afirmarlo asiduamente al conservador, censor y homofóbico, y también al farsante que ofrece curarlo. En contraste, las adicciones sí son una enfermedad, como la que Mauricio padeció al depender de la cocaína.

Es asunto del conductor preferir ser llamado mocho o loco antes que gay porque él considera que eso es peor (sí, eso que él dice que fue, pero ya no es), negar su esencia es propio de la persona que se avergüenza de ser quien es, pero, como he dicho, es asunto de él. Pero deja de serlo cuando incluso se vuelve homofóbico.

Respecto de la corteza del árbol que está en su casa, el muchacho cree ver a “La Virgen” y, aunque no lo afirma expresamente, eso sugiere una consideración divina para con él, como sea, el cree –la fe implica la enorme necesidad de creer– que es una aparición divina. Vale la pena acotar que, según los expertos, la “pareidolia” es el fenómeno psicológico donde un estímulo vago es percibido como una forma reconocible. Así, en las estrellas podemos mirar, por ejemplo, al Rey León hablándonos, o en las nubes hallar el rostro del ser amado; Clark ve a la virgen en una figura larga y delgada. Yo, por sus pliegues, miro lo mismo que cuando corto un mamey a la mitad; ustedes saben, y por eso lo muerdo con particular entusiasmo. Es cosa de cada quién. Nada más que lo central es no molestar al prójimo, ya lo enseñó también Jesús, según sus apóstoles, ¿no?

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