Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Lame duck

El pato rengo es el que se queda atrás de la bandada y se vuelve vulnerable a depredadores. En la política estadounidense denominan así (“lame duck”) al presidente que empieza a perder poder hacia el cierre de su mandato, sobre todo si perdió el respaldo legislativo después de las elecciones intermedias. Vienen a la mente los últimos tres: Bush, Obama y Trump; en México, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto, aunque este último sí tenía el Congreso, pero estaba mermado por el ascenso de Obrador y había perdido toda legitimidad política por la desfachatada corrupción.

No es del todo la situación de López Obrador: su partido ganó 11 gubernaturas (para un total de 17) y puede lograr la mayoría absoluta (la mitad más uno) en la Cámara de Diputados con ayuda del Partido Verde y el Partido del Trabajo. Eso le da control de las leyes secundarias y del dinero, el cual podrá repartir a sus gobernadores, quienes generalmente mueven los votos en las elecciones sexenales.

Lo que las recientes elecciones intermedias sí le cancelaron fue su proyecto de concentración unipersonal de poder. La pérdida de la mayoría calificada (2/3 de la Cámara), y sobre todo del mito del respaldo abrumador del Pueblo, le quitaron la posibilidad de modificar la Constitución, destruir al árbitro electoral y coquetear con la permanencia en el poder aunque sus adeptos ahora nieguen que ese era el proyecto.

El propio avance territorial de Morena como partido comienza a dibujar una eventual emancipación. Recordemos que Morena no era un partido sino un templete, un movimiento artificial para encumbrar al caudillo. Su despliegue le abre la puerta a la institucionalidad, lo cual por fuerza significa disociarse de quien dejará el poder. La mejor prueba de la pérdida de poder presidencial es que todo Morena se está acomodando ya para la sucesión. Lo mismo sucede con sus aliados legislativos, sobre todo el Verde, que comenzarán a cobrar más caro su apoyo y tomar más distancia en la medida en que caiga la noche obradorista.

En esas circunstancias enfrenta el presidente a su contrapeso legislativo: 198 diputados y 41 senadores de la alianza opositora PAN-PRI-PRD. Muchos han enfatizado la fragilidad de la alianza en varios aspectos, principalmente porque el presidente retiene la capacidad de intimidarlos con la inteligencia financiera y las instituciones de justicia. Pero aun suponiendo la incondicionalidad de sus aliados, necesitaría extorsionar a demasiados legisladores (54 diputados y 8 senadores, aproximadamente). Si bien en algunos casos individuales es posible e incluso probable, es más fácil intentar cooptar a los líderes de bancadas, de modo que la alianza deberá ser muy cuidadosa en nombrar a líderes recios e intachables.

La fuerza de la alianza reside en la unión. El poder engendra poder (“power begets power”): no tiene ningún sentido fragmentarse cuando ya le quitaron una buena tajada al presidente. De hecho, es posible que el único poder remanente en el PRI y el PRD resida en la alianza legislativa. No tienen nada más. Ceder por miedo o ambición significaría desaparecer y dejarle al PAN el camino libre. Puede suceder, pero sería desperdiciar todo un horizonte para treparse a un Titanic abollado.

El juego de la alianza debe ser firme y sobrado. El poder se ejerce o se pierde. Su razón de ser y el mandato que recibió en las urnas fue bloquear los excesos del presidente negándole la mayoría constitucional. Las reformas que enviará López Obrador son tan desatinadas –regresarle el monopolio de electricidad a la CFE, sustituir al INE, desaparecer a plurinominales, y militarizar de iure la seguridad pública– que la alianza tiene todo para demostrar su fuerza.

La clave es tener al presidente contra las cuerdas, hacer valer su condición de “lame duck”. Es previsible que dé unos últimos manotazos, unas patadas de ahogado, exhibiéndose frente a un electorado que no se conmisera, sino que lo ve como incapaz de negociar: una muestra de debilidad. No es fortuito que la gran mayoría de “lame ducks” abran la puerta a la alternancia de partido en el poder.

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