Cinque Terre

Alejandro Vázquez Cárdenas

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Médico.

La voluntad de las mayorías

¿Las mayorías siempre tienen la razón?  Si hacemos esta pregunta a una población abierta lo más seguro que una buena parte nos va a contestar que no. Actualmente eso de Vox populi vox Dei no pasa de ser una locución latina destinada a confundir. Ese antiguo proverbio, erróneamente atribuido al historiador inglés del siglo XII Guillermo de Malmesbury y repetido innumerables veces hasta vaciarlo de sentido, hoy, nueve siglos después, solo se le puede calificar como demagogia barata.

En un régimen democrático los representantes populares, Presidente, Gobernadores, Legisladores etc., son elegidos por voto popular. Todos los habitantes mayores de edad de cada país son responsables de emitir su voto para elegir a su representante;  los requisitos son verdaderamente mínimos, una cedula de identidad  (en México el INE) no estar encarcelado y estar vivo el día de la elección.  La regla es: un ciudadano, un voto. No importa el nivel de escolaridad, cultura, coeficiente intelectual, trabajo desempeñado, perfil psicológico  etc, etc.,  los votos se cuentan, no se juzgan, y vale lo mismo el emitido por  un ebrio consuetudinario que no sabe ni por qué lado sale el sol que el de un profesionista con el  nivel académico más elevado que exista, premio Nobel incluido.  Si al momento del voto el votante esta intoxicado hasta la ceguera y no es capaz de  identificar a un partido ni por sus colores, no digamos por sus principios y programas, pues tampoco hay problema. Mejor dicho, no hay problema a la hora de emitir el voto, el problema, que puede ser mayúsculo, se va a dar a la hora del recuento de votos  y declarar un ganador.  Si la franja de votantes mayoritaria  es la situada en los deciles educativos más bajos tampoco importa. Ya se dijo, un ciudadano, un voto y el voto no se juzga. Punto.

La  sensatez de los votantes siempre se pone a prueba en cada elección, incluidos esos países que estadísticamente mantienen un nivel educativo alto. El ejemplo que históricamente se maneja con más frecuencia al hablar de insensateces electorales es el de Adolf Hitler en Alemania. Es un hecho innegable que Hitler llegó al poder por la vía de los votos, y maniobrando hábilmente en los senderos democráticos logró llegar al poder absoluto. Eso sí, en cuanto tuvo el poder se prohibió todo partido político que no fuera el NSDAP. Quien no estaba de acuerdo tenía un destino trágico, cárcel o muerte.

AFP

Pero no tenemos necesidad de ir tan atrás en el tiempo, la insensatez de una mayoría de votantes la vimos hace poco en la elección de Donald Trump, un patán ignorante, mentiroso, demagogo, manipulador y  narcisista. Los votantes no podían alegar desconocimiento, estaban enterados  perfectamente de cuáles eran las características negativas de Trump y lo más interesante  (y terrible), sabiéndolo, votaron por él.

En el pasado reciente de Latinoamérica tenemos el caso de Venezuela. Ahí Hugo Chávez llegó por la vía de los votos, ganó limpiamente sus primeras elecciones, aprovechando el descontento de una sociedad harta de la extrema corrupción de los partidos políticos. Votaron por quien les prometió bajar la luna y las estrellas, aceptaron sus propuestas, y le dieron el triunfo, no una, varias veces.  Una vez dueño del país y del aparato  que controla las elecciones, su permanencia fue fácil. Eso si, los triunfos de Nicolás Maduro de ninguna manera son creíbles.

El caso venezolano muestra que la elección por mayoría no garantiza que las cosas vayan a funcionar bien. Una democracia puede perfectamente derivar en dictadura y el que hayan sido libremente elegidos no es garantía de que viviremos en una sociedad libre. Dadas las condiciones necesarias, o provocándolas,  una democracia puede fácilmente convertirse en dictadura.

El caso de Nicaragua y la quinta reelección de Daniel Ortega nos ilustra perfectamente lo que pasa cuando un dictador se adueña de toda la estructura de un país, desde el Legislativo hasta el último empleado de gobierno;  destierro, cárcel o asesinato de los opositores.

En México las señales de que el C. López Obrador, titular del Poder Ejecutivo desea, al costo que sea, tener el control total del Legislativo y del Judicial son evidentes. A la fecha controla buena parte de las estructuras del Gobierno y utiliza al aparato de justicia para sus venganzas personales. Aun no ha logrado doblar ni controlar al INE ni a la totalidad de la SCJN, pero trabajan en ello.

México está en peligro. La posibilidad de convertirnos en una dictadora es real. Debemos estar conscientes y tomar las medidas necesarias.  No es tiempo para los tibios. Nunca es tiempo para los cobardes.

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