Cinque Terre

Fernando Dworak

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La trampa de los políticos “disruptivos”

El modelo democrático que dominaba el mundo hace veinte años se ha agotado. Si bien eso no implica el fin de la democracia y su ideario, veremos a lo largo de los próximos años y quizás décadas un lento reacomodo, esperando que se llegue a una calibración. La duración del proceso y los resultados dependerán en gran medida de cuánto entendamos lo que está sucediendo y posicionemos alternativas viables.

Parte de esa crisis está en los partidos y políticos: encerrados en una zona de comfort y aislados de la ciudadanía gracias a un lenguaje tecnocrático que no entienden las masas, su poca capacidad para leer los cambios dio origen a lo que se ha conocido como políticos “disruptivos”.

De acuerdo con Timothy Snyder en su libro On Tyranny, el término “disrupción” proviene del análisis de la innovación tecnológica: un elemento ajeno al estatus quo rompe paradigmas y obliga a todos los actores a progresar. Sin embargo, prosigue el autor, la aplicación del vocablo a la política ha significado que nada realmente cambia, y que el caso que nos excita será eventualmente absorbido por un sistema auto regulado.

Al principio los políticos “disruptivos” fueron anecdóticos: los italianos mostraron su descontento votando en los noventa por la Cicciolina como legisladora, Bill Clinton se esforzaba en mostrarse como alguien poco convencional tocando saxofón en eventos, en Ecuador llegaron a votar por alguien que le daba por cantar rock, por dar unos ejemplos.

Imagen: Internet

Sin embargo, este modelo es poco viable: las anécdotas y los personajes no pueden sustituir los programas y los proyectos cuando llegan al poder. O como escribió Snyder, un hombre que corre desnudo en un campo de futbol no cambia las reglas del juego, por más “disruptivo” que sea. Pero ni con esas señales los políticos reaccionaron.

A los pocos años surgió una nueva generación de “disruptivos”, esta vez bajo el disfraz de “anti políticos”: personas que no quieren parecer políticos convencionales, y que en muchos casos ni siquiera optaron por la vida pública como su profesión. Su lenguaje suele ser sencillo y directo frente a la aburrida jerga tecnocrática. Pero también comparten otros rasgos: el desprecio a las instituciones, un discurso polarizante y el afán por encarnar a lo que llaman “pueblo”.

En vez de entender el problema, muchos descontentos por estos elementos “disruptivos” buscan otros similares, pero más afines a sus ideas, filias y fobias, esperando que sirvan de paraguas frente a los embates de la demagogia populista. Muchas veces eligen personas que francamente salen de la nada. Ante el agotamiento de los partidos tradicionales en Francia y en reacción al Frente Nacional, se eligió a Emmanuel Macrón, cuya narrativa personal de juventud sedujo al votante. En el mismo rango se encuentra Alexandria Ocasio-Cortez, recién llegada al Congreso de Estados Unidos y, en un órgano legislativo cuyo funcionamiento se basa en la experiencia y permanencia de sus miembros, su único poder consiste en su imagen y capacidad de comunicar.

Sin embargo, esta nueva generación de “disruptores” sigue sin funcionar no sólo por las razones arriba expuestas, sino además por su sectarismo: no son más que una reacción frente a los “anti políticos”. En lugar de plantear una alternativa seria, se sigue canalizando el descontento en personas que representan una esperanza sin importar su agenda.

Volvamos con el texto de Snyder, cuando menciona que la noción misma de la disrupción es adolescente, pues asume que después de que los jóvenes hagan un desastre, los adultos vendrán a volver a poner orden. Sin embargo, concluye, en realidad no existen tales adultos y este caos es nuestro.

En vez de pensar en salvadores mediáticos, nuestra obligación es retejer nuestra noción de pertenencia. La tarea es individual y desde sus comunidades: ¿qué nos une? ¿A dónde queremos ir como país? ¿Qué está pasando? ¿A dónde podemos llegar? ¿Qué necesitamos para salir de esta? Es algo que he llamado en otros textos como un nuevo “nosotros”.

Lo demás se seguir cayendo en la trampa del personalismo mientras evitamos una vez más nuestra responsabilidad como ciudadanos.

 

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