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Luis Antonio García Chávez

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La tendencia de convertir a las redes sociales en la inquisición moderna

Las redes sociales son una herramienta poderosísima de nuestra generación, algo que antes no existía y que vino de la mano del crecimiento de la conectividad como un elemento que marcó a nuestra generación.

Las redes sociales permitieron a partir del mayor desarrollo de Internet, la conectividad y la creación de plataformas que permiten que hoy, prácticamente cualquier usuario sin mayores conocimientos técnicos pueda crear y compartir contenidos han sido, sin duda, un parteaguas en la nueva comunicación de nuestro tiempo.

Las redes son una herramienta y, como tal, sus usos pueden ser variados y diversos. Hay desde quien las utiliza como plataforma para interactuar con familia, amigos, conocer nuevas personas con afinidades comunes, informar o informarse, proyectar su talento artístico, comunicar temas que quiere compartir con el mundo y recibir del mundo temáticas que resulten de su interés.

Como herramienta han sido utilizadas en ocasiones de manera positiva y, en otras, negativa, según sea el caso. Han sido fundamentales para denunciar y acortar el poder público, combatir abusos, denunciar irregularidades, generar esquemas de organización sectorial o comunitaria, construir narrativa, etcétera.

Sin dejar de recalcar las muchas características positivas con que cuentan, no podemos tampoco omitir, y el día de hoy quiero puntualizar fundamentalmente en ello, uno de los usos más perniciosos que tienen hoy las redes sociales.

A partir de la idea, impregnada en el imaginario colectivo, de que lo que aparece en redes es real, sociedades como la mexicana, con una profunda doble moral, han decidido convertirlas en el nuevo tribunal inquisitorial en donde se realizan juicios sumarios sin la menor posibilidad de defensa para los inculpados que, en muchas ocasiones, son linchados por estas tendencias digitales.

Desde casos comunes hasta los públicamente conocidos, podemos encontrarnos con que, el día de hoy, con la mayor facilidad, alguien sube una información a redes sociales, otros la comparten, se viraliza, se realizan denuncias, se lincha públicamente y después, en caso de haber errores, ya nadie se toma la molestia de viralizar la acusación y se mantiene la condena, ejemplos como lo anterior abundan pero citaré solo algunos, unos más públicos que otros, para ilustrar lo anteriormente dicho. Cabe recalcar que, en ocasiones, las redes retoman elementos de los medios tradicionales y de ahí generan el linchamiento y, en otras, resulta lo contrario, la tendencia generada en redes es de tal impacto que se sube a la agenda pública de los medios tradicionales. En todo caso, aunque esta relación redes/medios es importante, no profundizaré en ella en este análisis y simplemente recalco ese papel de tribunal colectivo que se tiene en redes y que valdría la pena modificar.

Como primer ejemplo quiero mencionar un caso que conocí de manera directa. En un blog “de noticias que nadie se atreve a denunciar” se dio a conocer el caso de un profesor de un colegio prestigiado que era acusado de haber violado a una niña de kínder. La nota y quienes la compartían en redes acompañaban la foto de dicho profesor con la leyenda de “violador de niños”.

Esto tuvo un alto impacto, fue reproducido cientos de miles de veces. Muchísimas personas vieron la imagen de este joven maestro de educación física asociado a uno de los delitos más viles que se puedan cometer. Los padres alarmados acudieron al colegio y al informarse a profundidad tuvieron claridad en que la nota era mentira y el profesor inocente.

Pero el daño estaba hecho. Mucha gente actúa bajo la lógica, al ver una denuncia así, de que tienen que compartirla con urgencia. Jamás verifican. Ni el portal que “informó” originalmente, ni quienes lo viralizaron realizaron una campaña de magnitud similar para desmentir.

Hoy ese profesor camina por las calles y en cualquier momento puede encontrarse con personas que hayan visto su rostro asociado a este crimen. Incluso su propia integridad física puede estar en peligro pues, ante algo así, más de uno pudiera reaccionar de manera violenta. Su familia, amigos, los padres de niños de escuelas donde pretendiera dar clases o, cuando tenga hijos, padres de los compañeros de sus hijos, de haber visto esta nota pueden estigmatizarlo, el daño es tremendo, pero no importa. No existe sanción para ninguno de los involucrados.

Casos de esta naturaleza los podríamos conocer por decenas. Referiré algunos que son más públicos.

Alguien filtra a redes sociales el audio de una conversación privada en donde uno de los que participa es el Presidente del INE, Lorenzo Córdova. En dicha conversación, en algún momento, imita de manera burlona la forma de hablar de un dirigente de una comunidad indígena que había acudido a una reunión con él. El linchamiento no se hizo esperar.

Hubo quienes, incluso, en el colmo de la intolerancia pedían su destitución. Por supuesto que lo que hizo puede considerarse políticamente incorrecto, pero, seamos realistas y eso muchas veces no se hace en las redes sociales, ¿quién de nosotros no ha sido políticamente incorrecto alguna vez en una conversación privada? No sé quiénes me lean, pero yo en lo particular, estando con mis amigos, algunas veces he hecho o me he reído de chistes machistas, racistas, políticamente incorrectos, humor negro, etc. Eso no quiere decir que yo sea machista, racista o insensible. La gran mayoría lo hacemos en el fuero de lo privado, pero ante la exposición pública muchos se sienten con derecho a juzgar.

Andrea Legarreta o Ninel Conde han sido víctimas de MEMES de la más diversa hechura considerándolas absolutamente ignorantes. Han sido víctimas de un linchamiento en redes tremendo. Curiosamente muchos de quienes lo hacen difícilmente tienen mayor cultura que ellas. En ocasiones se burlan de cosas que ellos mismos desconocían, pero, para convivir, se vale defenestrar a la figura pública.

Cada uno de nosotros ejerce su sexualidad, mientras respete a los demás, con todas las libertades existentes. En dicho ejercicio algunos podrían gustar de grabar o fotografiar su intimidad con sus parejas. Sin embargo, cuando se hace público un video o fotografías con contenido sexual de alguna figura pública el tribunal supremo de las redes entra en acción. Se juzga la moral de quienes aparecen en ellos. No se juzga a quien realizó la filtración. Y menos aún se entiende que, insisto, mientras se respete a terceros, las prácticas que realicen en su intimidad no debieran ser asunto nuestro.

Los actores políticos son víctimas de constantes ataques que incluyen guerra sucia en redes que millones reproducen pero que nadie se siente obligado a probar. Desde quienes dicen que Ricardo Anaya es lavador de dinero aun cuando no hay ninguna prueba real al respecto, pero que se repite hasta el cansancio y genera la percepción en muchos de que es real, hasta decir que Isabel Gutiérrez Müller es familiar de un criminal de guerra nazi aun cuando ya ha quedado demostrado que es una falsedad.

En todos los casos se olvida que los involucrados son seres humanos que quedan estigmatizados y marcados por el escarnio público. Se olvida que tienen familias a quienes se daña, hijos que en la escuela son atacados por las acusaciones, en muchas ocasiones falsas a sus padres. La calumnia sin límite ni consecuencia.

Muchos de nosotros, también, en alguna ocasión lo hemos hecho. Pocos de los que tenemos una vida digital activa podrían decirse inmunes o completamente inocentes a este tipo de prácticas. En ocasiones, al menos yo, he cometido ese mismo error. Reflexionarlo de manera permanente nos ayuda a corregirlo y a intentar no cometerlo.

Esto debería ser parte del debate fundamental sobre una ética de la comunicación en los nuevos tiempos que vivimos.

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