Cinque Terre

Carlos Matienzo

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Politólogo por la UNAM y Maestro en Administración Pública con especialización en Seguridad por la Universidad de Columbia, Nueva York. Especialista en temas de seguridad y gobernabilidad. Twitter: @CMATIENZO

La responsabilidad de servir

Ser servidor público debe significar un enorme honor para cualquier persona. Es una oportunidad única de formar parte de la construcción de una mejor sociedad. Implica también –por lo anterior y porque el salario emana de las contribuciones del resto de los ciudadanos- una enorme responsabilidad ética y profesional.

Desafortunadamente, para algunos miembros del actual gobierno, ocupar una posición dentro del servicio público significa más una plataforma de revancha que de trabajo por el bien común. Se confunde la lealtad a un régimen con la lealtad hacia el Estado. Se toma a la ligera que la acción individual impacta más que nunca en la colectividad.

El 21 de enero, un funcionario (hasta ese momento así reportado en el portal de transparencia) de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana del Gobierno Federal, César Faz Ruelas, reaccionó a un tuit que publiqué en donde cuestionaba la congruencia de quienes antes atacaban las acciones represivas contra los migrantes y hoy las defienden. Dicho funcionario, lejos de entablar un debate sobre la materia, insinuó de forma sutil y a la vez grotesca, que existía la posibilidad de que yo –por haber sido miembro de una administración anterior- tuviera vínculos con el crimen organizado.

La acusación ofende poco por lo absurda que es; no obstante, preocupa porque muestra la ligereza con la que, desde una posición de poder, hoy en día se señala al ciudadano que decide ejercer la crítica hacia sus autoridades. Asimismo, desnuda el estigma que se ha creado en contra de quienes decidieron entregar su tiempo y esfuerzo en un gobierno anterior, pese a que los nuevos funcionarios tengan muy pocos logros que presumir.

En lo personal, durante el tiempo que trabajé en la Secretaría de Gobernación (cuatro años y medio), desempeñé mis labores apegado a los valores que siempre he predicado: profesionalismo, sensibilidad y, sobre todo, prudencia. Jamás me hubiera atrevido, por ejemplo, a hacer acusaciones a la ligera en contra de un crítico del gobierno. No lo hubiera hecho por ética profesional, pero también porque tenía la seguridad de que un acto tan irresponsable hubiera tenido consecuencias graves.

Tal vez eso es lo que se ha perdido en estos tiempos: si el presidente todas las mañanas arremete contra periodistas e intelectuales del más alto prestigio, ¿por qué un funcionario mediano no se atrevería a hacerlo en sus redes sociales?

Nos corresponde a todos elevar el nivel de nuestro debate público en estos peculiares tiempos. Sin embargo, esa responsabilidad es mayor y debería obviarse en quienes forman parte de un gobierno. El lugar de enunciación importa; acusar y atacar desde la posición de poder es ventajoso y peligroso.

Dejando a un lado las cuestiones éticas, pareciera que algo está descompuesto en el ánimo del nuevo régimen. Su fanática violencia corresponde más a frustraciones de quienes se sienten acorralados, que a la tranquilidad de un movimiento triunfante al que respaldan las mayorías.

Ojalá encuentren pronto la serenidad que el ejercicio público requiere. Por mi parte, como muchos otros, seguiré ejerciendo la crítica con alegría y pasión.

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