Cinque Terre

Angélica Recillas

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Licenciada en Comunicación.

La prensa militante se divide ante la ofensiva de López Obrador contra Reforma

La animadversión de Andrés Manuel López Obrador hacia el periódico Reforma no es nueva; en etcétera hemos documentado en diferentes textos los desencuentros que ha tenido con dicho diario desde hace por lo menos cinco años.

Sin embargo, esta confrontación hoy cobra una dimensión distinta porque ya no se trata de un diferendo, hasta cierto punto normal, entre un líder político y un medio de comunicación, sino de una lucha desigual de éste frente a un Presidente de la República con un gran poder y con una oposición política desdibujada.

 

 

No han sido pocas las advertencias desde la prensa y la sociedad civil, sobre los riesgos que implica que el titular del Poder Ejecutivo Federal despliegue un discurso polarizante contra uno de los principales diarios del país, por las consecuencias que eso tiene para este rotativo en particular y cualquier otro medio que critique sus acciones de gobierno. La organización Artículo 19 ha emitido por lo menos dos pronunciamientos para exhortar al mandatario a que se abstenga de expresiones descalificatorias hacia los medios; otro tanto hizo el relator para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Edison Lanza.

 

Incluso en la prensa extranjera ya trascendió este pleito del primer mandatario con Reforma; Bloomberg, The Guardian y The Wall Street Journal han publicado sendas notas al respecto. Pero a diferencia de lo que ocurría en el sexenio anterior cuando algún medio internacional publicaba alguna información crítica hacia Enrique Peña Nieto, esta vez la prensa militante de México ha guardado silencio o ha mantenido un bajo perfil respecto a lo que se dice del gobierno mexicano en la prensa del exterior.

Sin embargo, dentro de esa prensa militante habitualmente proclive a respaldar a López Obrador, algunas voces ya se percataron de que la obsesión del presidente con Reforma, está rebasando los límites de una mera diferencia de puntos de vista. El pasado 26 de abril, precisamente en las páginas de Reforma, Carmen Aristegui escribió un artículo donde cuestiona que el presidente convierta a un medio de comunicación en un adversario y en uno de sus párrafos señaló: “Que Reforma –y los demás medios– critiquen al Presidente y cuanto poder exista cotidianamente, debe ser considerado normal y altamente saludable. Que el Presidente le conteste a Reforma o a quien quiera contestarle cuando la situación lo amerite, en sí mismo, tampoco debe escandalizar a nadie, siempre y cuando no se trate, como todo indica, de una estrategia para convertir en casi enemigo de la transformación que encabeza a un medio de comunicación en específico. El Presidente de la República no se puede poner de tú a tú como si fuera un simple ciudadano. No lo es. Su figura representa no solo a uno de los poderes de la República, sino que en un régimen como el nuestro, representa al propio Estado mexicano”.

El texto levantó más de una ceja entre los simpatizantes de la “cuarta transformación”, tanto en los medios como en las redes; algunos lo compartieron a regañadientes y otros, de plano se sorprendieron. Los más radicales insultaron a la periodista e incluso la tacharon de traidora y vendida.
Este 1 de mayo, Sergio Aguayo, se refirió a este asunto en su columna para Reforma. “Cuando critiqué las tentaciones autoritarias del Presidente y su ofensiva contra el periódico Reforma, recibí apoyos y condenas en redes sociales. Un partidario de Andrés Manuel López Obrador lanzó el lamento: “¡ya lo perdimos!”. Imposible perder lo que nunca se tuvo. En las últimas décadas he apoyado en varias ocasiones a AMLO pero nunca he sido incondicional; venimos de diferentes corrientes de izquierda”, expuso. Asimismo, hace notar que el mandatario se equivoca al abrir una fisura absurda excluyendo al que piensa distinto y subraya que el reconocimiento del otro es necesario para construir consensos.

Pero hay otros exponentes de la prensa militante que con tal de respaldar al presidente en su pleito personal contra Reforma, se enredan en sus propias maromas recurriendo a la desmemoria, la distorsión y las justificaciones sin lógica.

El 24 abril, Federico Arreola en SDP Noticias, justificó el exabrupto que el día anterior tuvo el presidente López Obrador hacia Reforma, porque publicaron en su primera plana la imagen de la manta donde el mandatario es amenazado por el cártel Santa Rosa de Lima. Según dijo el presidente, fue poco ético por parte de Reforma publicar dicha foto y su dirección particular, que si bien admitió es de dominio público. También aseguró que fue el único medio que lo hizo. Federico Arreola se cuadró con López Obrador, hizo suyas sus palabras y calificó como “chingadera” la decisión editorial del rotativo.

El presidente mintió: Reforma no fue el único medio que publicó dicha fotografía y tampoco es cierto que haya publicado su dirección en su primera plana del sábado 20 de abril. En la nota de la versión impresa nunca aparece el domicilio y la imagen es la misma que publicaron una gran cantidad de medios en internet. En la nota para la versión digital de Reforma sí aparece la dirección, como también figura en las notas de Proceso y Sin Embargo, pero eso ni el presidente ni Arreola lo aclararon. La consecuencia, el ataque contra Reforma en redes sociales con la etiqueta #NarcoReforma.

El 28 de abril, en su columna para Sin Embargo, Jorge Zepeda Patterson admite que no es correcto que un jefe de Estado se suba al ring con los medios que lo critican, pero intenta disculparlo argumentando que la prensa le regatea los logros que ha tenido su gobierno y desdeñan la información que ofrece, para darle preeminencia a sus errores discursivos. A manera de ejemplo, considera que fueron “contundentes” los datos que ofreció la semana pasada sobre la corrupción que había alrededor del NAIM y que lo llevó a cancelar dicho proyecto. Zepeda debería preguntarse por qué si había tal corrupción, el presidente sometió al NAIM a una consulta pública muy cuestionable y ofreció a sus inversionistas el mismo volumen de obra para el proyecto de Santa Lucía.

El 30 de abril, Hernán Gómez en El Universal calificó como un error que el presidente ataque a Reforma, pero no porque sea una acción que no corresponde a su investidura sino porque desde su perspectiva, le da vida artificial a un proyecto periodístico “en decadencia”. Si fuera cierta tal aseveración, el mandatario no se ocuparía un día sí y otro también de lo que publica. Simplemente lo ignoraría como lo hace con sus opositores políticos y Gómez Bruera lo sabe. El articulista literalmente “se hace bolas” para sostener su dicho y cita como ejemplo de las mentiras de Reforma, una de muchas encuestas que hizo el diario durante la campaña del 2018 donde Ricardo Anaya aventajaba a AMLO. Omite decir que el margen de diferencia era mínimo y que el sondeo se aplicó entre una muestra estudiantes de universidades privadas; también calla que el mismo diario difundió mes tras mes las encuestas generales que le daban una amplia ventaja al actual mandatario, situación que era festejada por él y sus seguidores.

Por su parte, Gibrán Ramírez, en su artículo para Milenio el 29 de abril desacredita el trabajo periodístico de Reforma donde da a conocer el contrato que por adjudicación directa recibió Miguel Rincón, un compadre del presidente, para la impresión de los libros de texto gratuitos. El autor cuestiona que el diario se haya inclinado por lo escandaloso, es decir, el vínculo del compadrazgo y no por lo sustantivo, que a su juicio, es el hecho de que el retraso en la licitación para los libros de texto puede dejar a los alumnos sin estos materiales para el próximo ciclo escolar. Asimismo celebró que con su decisión de ordenar que se cancelara el contrato, el presidente haya cuidado su autoridad moral.

El analista pretende no entender que el quid en la investigación de Reforma son las contradicciones del discurso del presidente, que ha dicho hasta el cansancio que en su gobierno se acabaron las prácticas del pasado, por ejemplo, los amiguismos a la hora de asignar contratos. Pero cuando la consigna es estar del “lado correcto de la historia”, cualquier justificación se vale por absurda que resulte.

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