Cinque Terre

Germán Martínez Martínez

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Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

La piscina: de lo anodino a lo fascinante

Alain Delon y Romy Schneider protagonizaron La piscina (1969). Cinefotografía de Jean-Jacques Tarbès.

He oído a algunos críticos de cine asegurar que les bastarían minutos para valorar una película y tomar la decisión de dejar de verla. Hay mucho de práctico en esa actitud. Por el contrario, el estoicismo de ver obras completas no conduce, con frecuencia, a grandes recompensas. Pero los filmes no son sólo fragmentos, ni la suma dispersa de sus partes, sino también un ritmo y su percepción unitaria. Por eso, hay ocasiones en que la resistencia se ve recompensada: La piscina (1969), dirigida por Jacques Deray, es de esas películas en que casi nada parece funcionar y, no obstante, avanzada la cinta se revela la lógica de su creación.

Con un reparto que incluye a Jane Birkin, Alain Delon y Romy Schneider; por la belleza de tales personas este filme parecería destinado a cautivar. A los protagonistas, Schneider —en el papel Marianne—, y Delon —como Jean-Paul—, se unen Maurice Ronet —Harry, amigo de ambos— así como con Birkin —Pénélope, hija de Harry. La piscina incluso podría ser fuente privilegiada para una historia de las apariencias en el cine y la sociedad. En su mayoría, la ropa y accesorios de Jean-Paul y Marianne se conservan sorprendentemente actuales, al grado de dificultar la identificación de la época de la película. También llama la atención que, si bien la cinta antecede la época del auge de los cuerpos notoriamente ejercitados —popularizado por intérpretes como Arnold Schwarzenegger y ahora casi una exigencia para buen número de roles—, tanto Schneider como Delon mostraban cuerpos atléticos y bronceados. Sin embargo, en buena parte de la película, la representación de sus apariencias —como un recorrido por el cuerpo desnudo de Marianne—, resultan curiosamente privados de erotismo. Esto quizá estuvo determinado por una captura mecánica de su imagen, no una elaboración cinematográfica o siquiera argumental. Así, un juego entre los amantes —usando una rama como látigo—, es prácticamente un relleno.

Jane Birkin como Pénélope en La piscina. Cinefotografía de Jean-Jacques Tarbès.

La piscina depende fuertemente de su argumento. Los personajes se revelan convenientemente relacionados: veranean en una casa cercana al mar, decorada con antigüedades de diversas partes del mundo —algún diálogo informa que los dueños, amigos de los protagonistas, se encuentran en la India. En primera instancia, la historia de los personajes, mayores de 30, difícilmente podría ser menos imaginativa: entendemos que Marianne es periodista que ha dejado de ejercer su oficio y Jean-Paul aspiraba a ser escritor, pero ha terminado trabajando en una agencia publicitaria. Jean-Paul siente celos por la presencia de su amigo Harry —quien irrumpe en la idílica casa, con su hija de 18 años. Jean-Paul sospecha que Harry ha tenido un amorío con Marianne, previo a su propia relación con ella.

En La piscina Romy Schneider interpretó a Marianne. Cinefotografía de Jean-Jacques Tarbès.

Previsiblemente, surge un enredo amoroso y sexual entre los cuatro. Si hasta este punto la historia no cautiva, otros elementos de La piscina también parecen cercanos a una serie de oportunidades perdidas. Salvo en una fiesta, la música es convencional, mero acompañamiento. Las actuaciones parecieran manejadas para crear tedio: los celos son obvios, Pénélope da saltos porque sería infantil. La rivalidad patológica entre Harry y Jean-Paul tampoco es sugerida, sino mostrada frontalmente. El contraste es notorio, pues Harry es músico exitoso, acaba de grabar un nuevo disco, viaja sin restricciones. Además, Jean-Paul ha conocido a Marianne a través de él. Pénélope suma al rencor cuando informa a Jean-Paul que su padre siempre lo ha considerado carente de talento y que quisiera recuperar a Marianne. Aunque llega a haber una caricia entre ellos, sin aspavientos Marianne le cuenta a su antiguo amante sobre sus sentimientos por Jean-Paul. Y ahí radica un problema: los diálogos explícitos, como si se hubiese filmado la obra de un dramaturgo poco hábil. Pero entonces que surge un giro afortunado.

Alain Delon fue Jean-Paul en La piscina. Cinefotografía de Jean-Jacques Tarbès.
La película La piscina fue dirigida por Jacques Deray.

Después de un disgusto porque Jean-Paul se ha enredado con su hija, y borrachera de por medio, Harry repite a Jean-Paul que siempre ha sido mejor que él. Jean-Paul contribuye a que Harry se ahogue en la alberca a los 84 de 124 minutos del filme (se hicieron dos versiones de la cinta —en francés y en inglés—, está última alrededor de 4 minutos más breve, pues no se corresponden por completo; en francés Jean-Claude Carrièrre colaboró en los diálogos). La mecánica cambia: en lo visual, con la marca de un cementerio a la orilla del mar y, en lo argumental, por el inicio de una pesquisa policial alrededor de la muerte de Harry. La pareja, aunque han roto su relación y quieren irse, no pueden abandonar la casa mientras dure la investigación. Los acompaña Pénélope, punto de discordia por su aventura con Jean-Paul. Marianne expresa que cree ver a Jean-Paul por vez primera. En sus silencios, miradas y reacciones, la actuación de Romy Schneider condensa la situación que se ha construido durante toda la película. La música insulsa ha desaparecido, el silencio se ha vuelto denso entre sospechas e incongruencias que descubre el detective. A su partida, Pénélope conserva la canasta que usa en vez de maleta. Marianne titubea entre alejarse de Jean-Paul o estar con él. El detective sugiere que el caso podría reabrirse. Se alcanza la ambigüedad.

Marianne y Jean-Paul, protagonistas de La piscina. Cinefotografía de Jean-Jacques Tarbés.

Lo más intenso de La piscina está en su callada, apenas perceptible, exploración del fin de una amistad y del embeleso por la pareja. Se trata de un proceso psicológico que requiere, para atestiguarlo, de paciencia y observación; una disposición contraria a la que despacha películas a las primeras percepciones. En la práctica, quienes descartan filmes de esa manera, probabilísticamente aciertan, pero lo hacen desde el apego a su propio gusto, más que desde el trabajo en la relación con el cine, que necesita disciplina, aunque ésta parezca mal pagada. En este caso, no es que la película “se recupere” hacia el final, sino que, acaso, La piscina fue diseñada para conducir al público, belleza anodina de por medio, a lo más oscuro de la fascinación por una persona.

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