Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

La libertad como pretexto

Uno de los aspectos novedosos de la invasión rusa a Ucrania es el papel de las redes sociales en la guerra de propaganda. Si bien en los últimos 16 años ha habido otros conflictos en los que las redes sociales han sido fundamentales, como la primavera árabe, la guerra fría del siglo XXI no había aprovechado este recurso con la intensidad que ahora presenta.

El asunto importa porque Twitter comenzó a agregar etiquetas y reducir la visibilidad de tuits de medios estatales rusos, como RT y Sputnik, medida que ya causó reacciones diversas, como la restricción de acceso en Rusia a esa red de microblogging, que derivó en el bloqueo total de Twitter en el país de Putin, así como de Facebook y medios occidentales como la BBC y Deutsche Welle… o los reclamos del presidente López Obrador por la supuesta censura que, en su opinión, entraña que Twitter avise que una cuenta es de un medio afiliado al gobierno ruso. El mandatario mexicano aprovechó la ocasión para recordar que estuvo en contra de la suspensión de la cuenta de Donald Trump, anunciada por Twitter el 8 de enero de 2021.

La pregunta central es: ¿etiquetar tuits de medios de un gobierno en guerra, es un acto de censura?

1. La libertad, un concepto espinoso

Para responder esa cuestión se necesita comprender el significado y alcances de la libertad de opinión.

En primer término, definir la libertad es algo complejo, más allá de los lugares comunes y las explicaciones tautológicas. Su relevancia como piedra angular de las sociedades democráticas y las economías de mercado hace que al término se le atribuyan características que no siempre le son propias, sino que obedecen a los discursos o conveniencias de ciertas posiciones o ideologías. En contraste, una definición descriptiva de la libertad debe funcionar para cualquier idea del mundo (o al menos para la mayoría de ellas). Desde una perspectiva política, hay libertad cuando 1) no se puede impedir una conducta; o 2) realizar ese comportamiento no acarrea un castigo(1), veremos que esta concepción requiere matices, para no constituirse en algo imposible en la práctica. Jurídicamente, la libertad es la condición de no sujeción, que permite decidir, actuar y determinarse, esta idea coincide con la primera acepción gramatical del término: facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.

Nótese que la libertad no excluye la responsabilidad resultante de ejercerla. Sin embargo, si las consecuencias de actuar libremente son especialmente dañosas y perjudiciales, tal libertad es efectivamente inexistente. Va un ejemplo soviético: cualquier gobernado podía pararse en medio de la Plaza Roja y gritar una crítica sobre Stalin, lo que sucediera después incluiría culatazos, prisión y un exilio a Siberia. Sostener que los soviéticos eran libres de criticar al camarada Secretario General del partido, pero debían hacerse responsables del ejercicio de esa libertad es, literalmente, una broma sangrienta.

La clave para considerar que una libertad es efectiva es que sus consecuencias sean razonables. Por ende, desde un punto de vista político no existe la libertad de matar a cualquier persona, al menos en un Estado de Derecho, mientras la perspectiva jurídica sostendría que las personas tienen la libertad de delinquir, pero que esa conducta no está exenta de sanciones. A pesar de lo que parece de primera mano, tanto la política, como el Derecho y la gramática coinciden en el fondo de este tema: no hay una auténtica libertad si ejercerla acarrea un castigo. Existe la libertad potencial de hacer casi cualquier cosa, pero, ya desplegada, esa libertad puede o no ser efectiva, dependiendo de la aceptación o rechazo social de sus resultados.

2. La opinión, esa expresión desprestigiada

En segundo lugar, la opinión tiene una mala fama desde tiempos antiguos. Platón la consideraba “como algo que está entre el conocimiento y la ignorancia”(2) o Sexto Empírico la definía como “un asentamiento débil y falaz”(3). De una forma descriptiva, la Real Academia Española define a la opinión como el juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien, o sea, la fama o concepto en que se tiene a alguien o algo. La opinión puede tener asentamiento en la realidad o carecer de este: para tener ese carácter, resulta irrelevante que sea verdadera o falsa (a diferencia de la información, que siempre debe ser verdadera). No obstante, la opinión resulta fundamental para el juicio humano, opinar es un acto esencial de las personas, porque implica la calificativa de lo que se conoce. Un individuo que no puede opinar, no puede desarrollarse a plenitud.

3. Libertad de opinar, derecho a informar, censura, desinformación y propaganda: animales de especies muy distintas

Por tanto, la libertad de opinar implica la prerrogativa de manifestar la valoración en que se tiene a algo o alguien, sin que esa expresión traiga por consecuencia un tratamiento aflictivo particularmente dañino o perjudicial.

Al tenor de estas categorías y principios, difundir propaganda es algo que, de hecho, se tiene la libertad potencial de hacer, pero que los receptores tienen derecho a rechazar una vez que ya se ha difundido. Dado que Twitter no ha ordenado que se borren o den de baja los tuits con propaganda, no puede hablarse de censura previa, ni posterior. Para que haya censura, debe impedirse la libertad potencial de expresión o debe suprimirse aquello que ya fue efectivamente expresado. Señalar los vínculos u origen de una opinión no implica supresión, ni siquiera una reprobación de lo expresado. Por tanto, es un acto de profunda deshonestidad intelectual comparar la suspensión definitiva de la cuenta de Trump con etiquetar tuits de RT, indicando que es un medio gubernamental ruso. Al expresidente estadounidense le vedaron el acceso a un espacio de difusión de sus opiniones, a ciertos medios les están exhibiendo sus lazos con el gobierno de Rusia: las diferencias son abismales.

La libertad de expresión es diferente de la posibilidad de difundir propaganda, porque la segunda no es opinión, sino desinformación deliberada. En el caso, Twitter ni siquiera ha decidido evitar lo segundo. A pesar de las falsas equivalencias planteadas por López Obrador, resulta significativo que tanto la propaganda rusa, como las opiniones de Trump y de la Cuarta Transformación apelan a lo identitario y a lo emocional, utilizando la desinformación como herramienta básica, como lo demuestra el tuit de la embajada rusa en México que publica un comunicado de un grupo denominado “Juventudes Morena Estado de México” que hace una apología de la invasión de Ucrania que parece calcada de la propaganda putiniana, plagada de falsedades históricos e interpretaciones convenencieras de la geopolítica.

Apelar a la libertad de opinar para hacer guerras de desinformación entraña un uso tramposo del término: no debe confundirse el derecho humano a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión, con el derecho a expresar y difundir libremente opiniones, ya que este último no incluye que las redes sociales les den cabida. Quien desee divulgar sus opiniones puede escoger el medio de reproducción que posea, pero no puede imponer a los particulares que reciban tales opiniones o hagan eco de ellas. No debe dejarse de lado que Twitter, Facebook y YouTube son propiedad de particulares, ni debe olvidarse que la información tiene un rango diferente a la opinión, dado que la primera debe ser veraz, mientras la segunda no tiene tal exigencia: si algo se presenta como información pero no es veraz, debe considerarse como una falsedad… o como una opinión sin sustento, de ahí el tratamiento diferente que se da a la opinión y a la información.

4. Conclusión: ¿Qué es censura? ¿Y tú me lo preguntas? Censura… eres tú.

De lo planteado se pueden obtener dos conclusiones: a) señalar que alguien está adscrito a una determinada organización no implica censura alguna; aunque, b) también sería válido que Twitter decidiera suspender cuentas cuyos contenidos desinforman o ponen en peligro la paz, la seguridad de las personas, el respeto de los estados o los derechos fundamentales. No existe la libertad de gritar “¡fuego!” en una sala de cine repleta, ni de difundir propaganda disfrazada de noticias o información, mucho menos de incitar a la violencia en función de opiniones.

Quizá el presidente López Obrador, en su preocupación por que no exista censura en las redes, podría hacer más en este tema si recomendara a sus correligionarios que no agredieran a los que informan o critican a su gobierno: pretender gobernar Twitter excede su esfera de competencias (y no es la primera vez que lo intenta).


(1) Cfr. Oppenheim, Felix E. “Libertad”, en Bobbio, Norberto et. al. Diccionario de política. Tomo II. Siglo veintiuno editores, México, 1995. Página 904.

(2) “Opinión” en Abbganano, Nicola. Diccionario de filosofía. Octava reimpresión de la segunda edición, Fondo de Cultura Económica, México, 1991, página 875.

(3)  Ídem.

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