Cinque Terre

Mariano Yberry

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Periodista.

La lección de nuestra clase política

La lección de la semana es: tenemos políticos bananeros. Nuestra clase política es incapaz de actuar en un ambiente no controlado; no saben, se desesperan. Ya sea que alguien les pregunte por sus tres libros favoritos o por sus vínculos con algún presidente municipal acusado de desaparición forzada.


De lunes a viernes escucho a los políticos lanzar una verborrea ofensiva. Son maestros de la simulación, magos que creen que inventan mundos con palabras redundantes y rimbombantes, que seducen con discursos preparados y atávicos como si el tiempo no hubiera pasado. Se mueven con una facilidad entre frases comunes y tan cliché, tan falsas, tan hipócritas, tan bien conocidas, que uno sólo se pregunta: ¿De veras, señor gobernador, usted nos cree tan pendejos?


Pero quedan en evidencia cuando alguien les cambia el guión. Quedan en evidencia y ni sus malabares discursivos los salvan. O eso creía.


Es de dar miedo el nivel de fanatismo y fe ciega que puede generar una figura política. No hay que ir lejos. Esta semana vimos cómo el fanático es capaz de creer que un “cállate” suena igual a un “que te vaya bien”, a pesar de lo inverosímil que suena si se observa el lenguaje corporal de una persona que no encuentra por dónde salir; como si eso matizara el rechazo de alguien que -dice- llorar por 43 normalistas en cada mitin de campaña. Es de miedo ver cómo es preferible convertirse en un ser mezquino y miserable y acusar de “Judas” a quien, apenas un día antes, era víctima, todo con tal de no decir “Me equivoqué”, como cualquier ser humano hace, según voy entendiendo.


Y, sin embargo, es ingenuo pensar que ellos son los responsables de todo. Nosotros los ponemos donde están. Y eso es lo preocupante.


Nosotros ponemos a ese grupo de legisladores que cede ante presiones religiosas y prefiere joderle la vida a miles (quizá millones) de mujeres que fueron violadas y quedaron embarazadas; aquellos que optan por el “acuerdo político” que no es más que una negociación para tener más poder, para quitar controles, para asegurar posiciones, todo en el campo abstracto de la dominación, el ego, y sí, el dinero. Todo sea por refrendar el cabildeo, ganar una mano alzada en una votación clave donde se pueden perder bases o recursos. No importa que en el camino se joda la vida a miles de personas, no importa que esa acción obligue a millones de madres a ver de por vida en el rostro de su hijo la cara de su violador. Suponiendo, claro, que el niño no sea abandonado, y aunque no lo sea, también corre el riesgo de ser malquerido y hasta odiado (y le paro, porque quizá entro en un terreno que ya no me compete).


Lo preocupante no es sólo que nosotros los ponemos, sino que esos legisladores no pertenecen a una raza extraterrestre ni se hacen en fábricas: son nuestros vecinos que organizan una campaña en la colonia, son nuestros compañeros de universidad que chupan bolas con tal de entrar a un grupo político. Los que hoy nos son tan familiares, mañana serán nuestros Duarte, nuestros López Obrador, nuestros Peña Nieto, nuestros Noroña, nuestros Calderón, y así, súmenle, a quien gusten y del color que gusten.


Eso nos obliga también a pensar en nuestro papel como ciudadanos, nuestro actuar cotidiano y cómo en las acciones más diminutas que hacemos está la semilla que perpetra todo lo que está mal en nuestra sociedad.


Sí, la lección es que tenemos políticos bananeros que seguirán simulando un mundo específico para sus clientelas: ellas solas van y se encierran en un redil. Después, no importa qué pase, siempre habrá una “explicación” que defenderán a muerte personas que van tras la zanahoria sin importar que enfrente esté un barranco, lo harán sin darse cuenta que la división es uno de los puntos claves para mantener la clase política que tenemos. Pero también es necesario recapacitar que esa política bananera, en parte, también es una monstruosa efigie en la que todos colaboramos.

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