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Tere Vale

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La indiferencia

Una de las primeras cosas que mis maestros me enseñaron cuando estudiaba psicología es que nunca tratara a un paciente al que no pudiera abrazar. Al paso de los años el asunto me quedó claro. Si tu condena, asco, repugnancia, desprecio o desagrado por una persona es tan grande que no logras sentir ni compasión por él es mejor que no intentes ayudarle porque en lugar de ello lo vas a perjudicar. Y hoy debo confesar que me cuesta mucho, me resulta casi imposible entrar en contacto (ya no digamos terapear) a los indiferentes. La cosa en estos tiempos en México me resulta muy incómoda ya que estamos viviendo una epidemia de valemadrismo nacional, casi de la magnitud de invencible COVID.

No hay un solo día que no traiga alguna atrocidad: bebés tirados a la basura, hombres y mujeres colgados en puentes, cuerpos asesinados y abandonados en un coche, periodistas acribillados, hoteles donde entran sicarios a matar, ciudades pequeñitas o grandes donde el crimen es el dueño y señor de vidas, mujeres violadas (30% más ahora) y asesinadas por serlo, personas quemadas vivas, familias enteras arteramente balaceadas. En fin, vivimos en una orgía de terror y como que o no les importa a muchos o no quieren o les conviene no darse cuenta.

Pero todo lo anterior, que seria suficiente para hacernos reaccionar, va acompañado de más y ni así. Vivimos una militarización del país absolutamente complaciente con el poder e incapaz de protegernos, una ciencia y una cultura acorraladas para imponer un pensamiento único conveniente para eso que llaman transformación, más pobreza que nunca (cuatro millones más en los últimos tres años), más desigualdad, más corrupción que en los peores momentos de nuestra historia reciente, una polarización que divide familias, mentiras para poder explicarlo todo y una democracia tambaleante que no nos preocupamos por salvar. ¿Cuál es la respuesta de muchos de nosotros ante todo esto? La indiferencia.

Como dice el diccionario, indiferencia es un estado de ánimo que no es ni inclinación ni repudio por nada. Podríamos decir que muchos viven en un estado neutro, un estado de confusión tal, que la nada se apodera de su conducta y todo se les resbala. Y eso, ustedes disculparán, me saca completamente de quicio ya que en el fondo esta impasibilidad se anida en un desdén profundo por los otros y una falta de empatía y solidaridad que vive un egoísmo profundo.

El comunismo y el nazismo contaron decididamente con el apoyo de la indiferencia. Esta es una verdad atroz.  Que se use al otro, que se le mate, que se le discrimine, que se le torture, que ese abuse de ellos, total no soy yo, parecen decir estos remedos de ciudadanos que no se deciden a replicar, a pensar ni a levantar la voz para para decir de frente, claro y fuerte:  no estoy de acuerdo.

El mal, como diría Hannah Arendt, es un problema político, no solo religioso o ético y la peor respuesta que podemos tener frente a él es no reconocer su existencia y negar que se abre paso mientras muchos catatónicos ven su triunfo.

No, no puedo abrazar a los indiferentes. No puedo defender la patológica apatía política de muchos mexicanos. No puedo aceptar a los que creen en un mundo ficticio. Decididamente, con ese mal llamado indiferencia no puedo.

 

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