Cinque Terre

Germán Martínez Martínez

[email protected]

Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

La historia y la genealogía de Foucault

En medio de celebraciones por independencias imaginadas y revisionismos históricos, me llamó la atención la contundencia de un político de oposición: “La historia es una”. Es curioso, porque muchos de los políticos que hoy gobiernan México tienen una visión equivalente, a pesar de, o precisamente como revelan los cambios de nombres de espacios públicos y, sobre todo, el proyecto de reescritura de los libros de texto únicos y obligatorios. Son perspectivas ingenuas, entre otras razones, porque maniqueamente suponen intenciones de manipulación siempre del bando contrario, sin ver que su propia visión también es parcial. No obstante, hay perspectivas que, sin abrazar el relativismo, ofrecen maneras de pensar sobre el pasado que van más allá de suponer que difundir la historia sería un proceso de develación de una verdad única.

Celebración de la consumación de la independencia. Presidencia de México.

El estudio no metafísico del pasado ocupó a Michel Foucault en su ensayo “Nietzsche, la genealogía, la historia”. Hoy, el autor es cuestionado por razones biográficas —incluyendo algunas criminales. A su vez, los planteamientos de su texto, publicado en 1971, están lejos de ser una novedad, son más bien, una entre muchas monedas corrientes de la academia que podrían nutrir la aproximación a la historia de unos y otros políticos. El ensayo es una interpretación de obras del filósofo Friedrich Nietzsche. En él, Foucault prácticamente contradice, punto por punto, las ideas que suelen constituir el sentido común sobre el pasado en sociedades alrededor del mundo. Ante sus argumentos habría que, cuando menos, repensar tanto la lógica de las historias oficiales como la forma en que la absoluta mayoría de las personas se vincula con el pasado.

Es común suponer que se deben conocer los propios orígenes. Tal postura da sustento a búsquedas individuales y es también el fundamento para el desarrollo de mitologías nacionalistas que, apelando a los orígenes, fundan el actuar colectivo en el presente y hacia el futuro. “Buscar tal origen es tratar de encontrar ‘lo que ya existía’, el ‘eso mismo’ de una imagen exactamente adecuada a sí misma”. En cambio, la genealogía —como Foucault llama al estudio no metafísico del pasado— permitiría descubrir que una supuesta esencia estaría, en realidad, ausente. No se encontraría un origen en que la identidad estuviera completa e intacta, sino diversos factores que le dieron sus rasgos supuestamente distintivos. No sin ironía, Foucault cita a Nietzsche: “se intentaba despertar el sentimiento de soberanía en el hombre, invocando su origen divino: ese se ha convertido ahora en un camino prohibido; pues a su puerta está el mono”. En el origen, entonces, lejos de descubrirse la perfección que habría degenerado con el paso del tiempo, el hallazgo puede ser, en cierto sentido, el contrario.

El filósofo y sociólogo Michel Foucault.

Para Foucault la verdad histórica se vuelve una “especie de error que tiene para sí el no poder ser refutada”. El sociólogo y filósofo no asume el lugar común de que en la historia se buscaría lo realmente ocurrido —entendido como suceso unívoco. Foucault postula que hacer genealogía es atender a las minucias: las múltiples peripecias que sucedieron desde el origen. Entendida de esta manera la historia serviría para “conjurar la quimera del origen”, más que festejarlas preguntarnos acerca de las independencias nacionales.

Una afirmación de profesores y autoridades educativas en cualquier país del planeta es que en las escuelas se estudia historia para comprender la realidad social. Las actuales condiciones y características de la patria dependerían de su pasado. A contracorriente, la genealogía postulada por Foucault no asume una continuidad de los hechos, no supone que “el pasado está aún ahí, bien vivo en el presente, animándolo todavía en secreto”. Aunque, claro, la lectura que Foucault hizo de Nietzsche es una interpretación. Foucault asegura que interpretar “es apropiarse, violenta o subrepticiamente, de un sistema de reglas que en sí mismo no tiene significación esencial, e imponerle una dirección, plegarlo a una nueva voluntad, hacerlo entrar en otro juego”. Aplicando tal criterio al propio Foucault, la genealogía ha de consignar la historia de las interpretaciones, la emergencia de diferentes miradas en “el teatro de los métodos”.

Antimonumenta en Glorieta de Colón.

Una consecuencia fundamental del planteamiento es que un enfoque genealógico exhibe la dificultad, o incluso imposibilidad, de la identidad —comprendida como fundamentalmente inamovible. El estudio metafísico del pasado busca, y asegura hallar, los elementos que conforman la identidad. En cambio, la genealogía se propone: “sacar a la luz los sistemas heterogéneos que, bajo la máscara de nuestro yo, nos prohíben toda identidad”. El propio Foucault resume los rasgos de su propuesta genealógica: “se trata de hacer de la historia un uso que la libere para siempre del modelo, a la vez metafísico y antropológico, de la memoria. Se trata de hacer de la historia una contramemoria”. ¿Cambiar una estatua por otra —o por una práctica que se autodefine como no monumento—, o borrar presencias, escapa la lógica de la memoria?

Derribamiento de la estatua del comerciante y esclavista Edward Colston en Gran Bretaña.

Dice Foucault, en fin, que “El sentido histórico escapará a la metafísica, para devenir el instrumento privilegiado de la genealogía, si no se apoya sobre ningún absoluto”. El genealogista, el estudioso que aborde el pasado, reportará sus hallazgos que comprenderán la apreciación de lo marginal y las desviaciones —las “miríadas de acontecimientos perdidos”— a la par de los acontecimientos públicos que se suelen ver como históricos. Así, la genealogía “quiere poner en marcha un gran carnaval del tiempo”, mostrar la fragilidad de nuestras identidades y la diversidad de los sucesos. Sería un relato de complejidad de improbable adopción por políticos pero que puede inspirar a activistas. En el carnaval del tiempo caben y participan diferentes caras, agradables o no, para unos y otros.

Las citas provienen de la traducción de José Vázquez Pérez (editorial Pretextos).

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password