Cinque Terre

Juan Manuel Alegría

Director de Reporte Mexcal. Articulista del Diario Noticias y Etcétera.

La historia del amor imposible de la Princesa mora y el Juglar triste

El Juglar triste se alegra

El juglar no sabía cuántas noches la había visto al pie de la vieja encina —ese mismo árbol añoso donde, bajo sus ramas, casi doscientos años antes, durmiera Seid Rodrigo en su primer destierro—, sólo sabía que eran muchas por exponerse ella al peligro de ser descubierta por su padre o sus sirvientes. Como todas las noches, esperaba nervioso, oteando hacia el lugar por el que ella aparecía. La luna llena iluminaba dulcemente el paisaje. De pronto la vio, agitada, alzando sus vestidos de seda para no engancharlos en arbustos o zarzales. Se detuvo frente a y se miraron, ansiosos, gustosos de verse de nuevo. Ambos tenían la certeza de que cada noche podría ser la última; y la última con vida para el cantor. Él la tomó delicadamente de las manos y se extasió en la sonrisa que la princesa le obsequiaba —él siempre daba gracias al cielo que los musulmanes de Andalucía no obligaran a usar el velo a sus mujeres.

—Tengo una sorpresa para ti —dijo ella—; pero antes, dime por qué me amas tanto.

—Por tus ojos —dijo él, repitiendo lo que incontables veces había dicho—; desde la primera vez que los vi no pude apartarlos de mi pensamiento; son dos luceros que me hacen volar como en ensueños. Por tu voz; que me hace pensar en los trinos de todas las aves cantoras entrenadas por un maestro. Por tus cabellos; que son como enredaderas preciosas por donde se puede ir a otros mundos. Por tus manos; que pueden dar las caricias más sublimes y hacerme feliz o desgraciado… Y por tu boca; cuyos labios carnosos, como albaricoque maduro de Damasco, melocotón de Omán o granada de Bagdad, con un beso podrían enloquecer al hombre más sabio o al más avezado guerrero.

—Aún no te he besado —dijo ella, con una sonrisa traviesa—; aunque eres un perturbado por atreverte a enamorarme, sabiendo lo que arriesgas…

—Aún no —repitió él, beneficiándose de la posibilidad que ella ofrecía con ese adverbio—, pero lo sé. Y por ver tus bellos ojos no me importa ningún riesgo. Tengo, también, cien arrobas de razones para amarte, pero retrasarían mucho la sorpresa que me quieres mostrar, princesa…

Ella sonrió; se movió para que la luna la alumbrara completamente, abrió su blusa del lado izquierdo y le mostró su pecho abombado. A él le llegó, como un rayo, la imagen de otra noche de luna llena, cuando le pidió dejarle ver, un instante, esa parte de su cuerpo que había visto moverse cuando su respiración se agitaba mientras él le declamaba los versos creados para ella. Cuando más se estremecían esos pechos era cuando él hablaba de las fantasías que le provocaban sus cabellos, sus brazos, sus manos, su boca…

—Tienes mi corazón para siempre —había dicho la princesa mora.

—Quiero ver lo que lo cubre… un instante —pidió él. Ella lo miró intensamente; cerró sus tupidas pestañas (que a él se le antojó como un batir de alas de un ave nocturna y maravillosa) y bajó la cabeza. Él tembló y el arrepentimiento estrujó su corazón. Quiso decir algo en disculpa, pero ella se despidió rápidamente. Él creyó que sería la última vez que la vería y deseó que una tormenta negra lo arrancara del mundo o que Satanás apareciera y lo castigara con un suplicio eterno.

Ella faltó varias noches y, cuando llegó, ninguno mencionó el incidente. Así que ahora, al ver en toda su plenitud ese pecho trémulo, como un tierno melón egipcio mediano, que, por los rayos lunares, no supo exactamente de qué color era, pero le pareció como el oro que los Magos entregaron al Niño, de cuya religión él, en este momento, podría abjurar para abrazar la del Corán. La visión epifánica sólo duró un instante, pero jamás se borraría de la mente del juglar triste. Fue tal el asombro que no se le ocurrió el intento de acariciar ese fruto prodigioso. Ella se marchó sonriente, presurosa, con otro deseo en su corazón y un palpitar entre sus muslos, agitando sus vestidos oscuros: otro murmullo de alas.

Él regresó como entre sueños a su humilde posada. Recreando la fantástica imagen: un seno rebosante de vida, a punto de estallar; una areola más oscura que la piel de aceituna, como el halo de una estrella de otro mundo, y un pezón más oscuro aún, como una ciruela negra que los romanos trajeran de Asia Menor a la tierra del juglar.

Esa madrugada no durmió, como siempre, pero tampoco escribió versos. Su pensamiento jugó con infinitas posibilidades de color, textura y movimiento con ese pecho que le fue revelado, mientras tañía las cuerdas de su instrumento, repasando todas las canciones de amor conocidas en su muy largo peregrinar. Era feliz, muy feliz.

Cantaba el primer gallo cuando el sueño por fin lo rindió. En su delirio soñó que la princesa llegaba hasta su camastro, le tocaba la frente afiebrada con su mano fresca y le decía: «Te amo porque eres mi juglar; mío nada más. Pero ya no quiero que estés triste». Después, él durmió en paz.

La princesa mora se confiesa

Falleció un familiar de la joven enamorada del juglar triste. Ella quiso acompañar a su padre al último adiós del pariente a la rauda, cementerio musulmán. Sin embargo, ya en el lugar, discretamente, la princesa se dirigió a la tumba de su abuela paterna. Se arrodilló cerca de la cabecera y le habló en murmullos:

“Querida Hanna, tengo que contarte un secreto que a nadie más podría decirle. No puedo confiar ni en mi madre; ella jamás estaría de acuerdo y lo haría saber a su señor. Tú eres la única que puede comprenderme. Hanna: amo a un infiel… Es un cristiano que no es como los otros que conozco desde que tengo uso de razón. Desde la primera vez que lo vi saliendo de la taberna y sus ojos se clavaron como saetas dulces en los míos, quedé esclava de su mirada.

“Nos hemos visto muchas veces, Hanna. Y lo amo con tal intensidad que no me importa lo que pase con mi cuerpo y con mi alma. Sé que me reprenderías por decir esto, pero recuerdo cuánto me amaste y así como consentías mis travesuras y muchas veces me defendiste del duro carácter de mi padre, así quiero que salgas del Paraíso y abogues por mí en los sueños de tu hijo. No me importa lo que me pase, confío en que si nos descubren, el grande amor que siente mi padre detenga su castigo hacia mí; pero a él jamás lo perdonará. Tú lo conoces mejor que nadie: lo haría descuartizar y pondría los pedazos de su cuerpo en las almenas del castillo, como ejemplo.

“Es terrible y muy hermoso vivir lo que yo vivo; a pesar de las penas que paso para verlo; es un sentir muy bello; que tal vez nunca conociste, porque nunca me hablaste de eso. Él me lo ha descubierto. Aunque todo me lo prohíbe, mi corazón rebosa de emoción solamente de pensar en él y mi pecho se agita antes de que vea sus ojos y sus manos toquen las mías. Hanna, tú me contaste de la resurrección; que Alá lo permite a las almas buenas. Estoy segura que a mi amor lo conocí en otra vida, ¡estoy segura!

“Quiero que me perdones por desviarme de nuestra ley. ¡Pero si lo conocieras, Hanna, también lo querrías! Por él sé que las estrellas y las flores nos hablan de la hermosura de la vida. Que el aire que pasa entre las hojas de los árboles nos canta canciones secretas que sólo los amantes pueden conocer. Que los colores no existen, sino que somos nosotros, con nuestros ojos, los que coloreamos el mundo; y desde que lo amo todo lo que miro tiene colores desconocidos y brillantes. Duermo pensando en su voz y despierto escuchando los versos que recita; que él crea para mí cada madrugada y que toma de los luceros. Mis manos, mi boca, mis cabellos y mis ojos son más bellos desde que él los describe.

“¿Sabes, hanna? Tengo sueños que ignoraba que pudiera tener persona alguna; donde surgen sensaciones como si viviera allá arriba, entre esas nubes como algodón. Sueño que acaricia mi cuerpo en lugares que nunca imaginé que se pudiera tocar y siento calores tan agradables que erizan todos mi vellos y enrojecen mis mejillas. Despierto a veces, antes de que canten los gallos, con mis ropas completamente húmedas, pero vibrante y feliz, Hanna. Entonces sé que él no ha dormido aún, que piensa en mí mientras habla con las estrellas y le pide los versos que me dirá por la noche. Después de esos estremecimientos que me humedecen, a veces lloro de amor. No sé explicarlo; me salen lágrimas, pero no me duele ni me entristece: lloro de felicidad.

“Otra veces, Hanna, pienso en lo imposible de nuestra unión y me duele profundamente. Me duele por no poder entregarle todo el amor que merece; ser libres y darle un lugar junto a mi vida. Pero ambos lo supimos desde el principio: era un amor imposible, y aun así decidimos aventurarnos y lo alimentamos cada día, cada noche, en cada sueño, con cada palabra. Me duele más porque si pierde la vida será por mí… y yo moriré de pena, hanna. Lo amo profundamente; con ilusión, con alegría, con ternura y gratitud. Lo necesito todo el tiempo; quiero estar en sus brazos. Pienso en él y lo nombro en el día entero. Sé que no debo, pero no puedo evitarlo. Lo amo con dolor y con tristeza.

“¡Hanna, sólo tú puedes ayudarme! Habla con tu hijo en sus sueños; que perdone al cristiano y que acepte mi unión con él. Si no, dile al ángel de la muerte, a ‘Izra´íl, que venga por mí; y no importa si me lleva al Paraíso o al Infierno; no soportaré saber a mi amor torturado y muerto por mi padre. Y tú, perdóname, Hanna”.

La joven dejó de estrujarse las manos, se levantó y con un delgado paño de seda se enjugó las lágrimas que se agolpaban en sus gruesas pestañas. Miró el cielo azul de altas nubes garbosas; recordó lo que el juglar triste le dijo de ellas; sonrió y suspiró. Esta noche encontraría de nuevo a su amor en la vieja encina. En su pecho sintió una llama dulce y en su sexo el palpitar recientemente conocido. Con una luz diferente en las pupilas, echó a andar…

La princesa mora no llega

El juglar triste iba sin falta a la media noche y esperaba debajo de la encina centenaria, ansioso, pero esperanzado. Con éste, ya eran 17 días que la princesa mora no aparecía. No se hallaba enferma y tampoco había salido de la región; lo sabía porque, en la taberna, donde a veces cantaba, había invitado unos tragos a uno de los sirvientes del sayyid del castillo. No había ahondado más porque despertaría sospechas.

Eso era lo que más lo lastimaba: no saber por qué ella faltaba a las citas. Su mente y su corazón se convertían en un caos lacerante. ¿Ella había dejado de amarlo? ¿Eran mentiras tantas promesas y frases de amor? ¿Fue solamente un juego de la princesa consentida? ¿Había aceptado al rico pretendiente que su padre deseaba para ella? ¿Encontró su bella mora otro amor?

No comía; pasaba el resto de la noche observando a los luceros como si ellos pudieran darle respuestas. Cuando el primer gallo cantaba, caminaba sin fuerzas a su pobre cuarto. A veces, bebía hasta adormecerse. Ya no cantaba ni componía. Al anochecer dejaba el vino porque tenía que acudir a la vieja encina, testigo de sus amores. “Esta noche llegará; estoy seguro”, pensaba, más con la esperanza que con la certeza. Pero pasada la media noche, el susurro de los vestidos de seda (aleteo suave de los cuervos) que anticipaban la visión de la hermosa morena, no se escuchaban, y volvían terribles los tormentos…

El juglar triste alzó los ojos a la luna llena. Era octubre:

—Si ella no viene… iré a buscarla —dijo con un convencimiento suicida. Sabía que, si cualquiera de los guardias del castillo se apercibía de su presencia, resultaría muerto sin preguntas.

Resuelto, se encaminó a su humilde posada, con un raro brillo en los ojos y con el corazón inflamado por una nueva ilusión.

Aparece un ángel

El juglar triste ya no iba por las noches a esperar a la princesa mora debajo de la encina vieja. Había pensado llegar hasta las habitaciones de la hermosa chica, pero mientras lo planeaba, bebía. Desde la tarde cantaba en las plazas, posadas, mesones y tabernas. Las monedas que recolectaba, de inmediato iban a dar a manos del comerciante de licor o de los monjes que lo producían. Con dos o tres ánforas de barro cocido, repletas de vino o  hidromiel, se dirigía presuroso a su cuarto en la posada y ahí, en medio de su soledad, como en mitad del mar, se emborrachaba reviviendo la imagen de su amor.

Ya no componía nuevas canciones ni aprendía otras. Se había embarcado en el círculo de donde muy difícilmente se escapa. Había días en que, habiendo ganado buen dinero, compraba suficiente vino como para no tener que salir a cantar. Por las madrugadas lo despertaba la inconmensurable sed y el agudo dolor de cabeza. Estiraba la mano bajo su camastro, descorchaba otra ánfora con los dientes y bebía, bebía, bebía… hasta quedar inconsciente. A media mañana, despertaba y bebía para volver a dormir. La urgencia de alcohol lo obligaba a salir a cantar, y con las primeras monedas corría a comprar más de la sustancia que lo anestesiaba. Y así vivía —o moría.

Una noche despertó y, al intentar coger otro recipiente con vino, percibió una presencia, al mismo tiempo se dio cuenta de que el candil de grasa de oveja, colgado de una anilla junto a la puerta alumbraba la habitación y él no habría podido prenderlo; la luz trémula del artilugio le permitió ver quién compartía su pobre morada.

Una figura extraña lo observaba desde la única silla de la habitación, a dos varas de su cama. La aparición lo hizo olvidarse de la bebida, que ya no tocó. Era una silueta delgada con un vestido blanco que no le llegaba a las rodillas, pero detrás de ella, como rodeándola, él apreció un tenue resplandor azuloso, como de una vela, con ese color de luz, a punto de extinguirse.

Acostumbrado a vivir entre gente del bajo mundo, de ver y participar en reyertas, incluso a muerte, no se asustó, pero se quedó admirado por lo extraño de la imagen que lo observaba muy atenta, sin moverse ni un jeme.

—¿Quién visita mi aposento sin invitación —preguntó el juglar triste— y ocupa mi asiento sin ser mi huésped?

—Vine a verte porque necesitas ayuda —dijo una voz de mujer, voz que al músico le pareció como si pasara a través de campanas de cristal y de cuerdas del laúd que modificó Abulhasán Ali ben Nafi o Ziryab, quien introdujera la mejor música en Andalucía cuatro siglos atrás.

—No recuerdo haber pedido ayuda de nadie —respondió el cantor.

—No lo recuerdas porque tu mente estaba ensombrecida  por los efluvios del vino —respondió la mujer de la bella voz al tiempo que se ponía de pie—. Lo hiciste hace dos noches antes de la luna llena. Desde tu ventana derramabas lágrimas y pedías al cielo dejar de vivir. Invocabas a un ser divino: Azrael, el ángel de la muerte para los moros. Yo te escuché y aquí estoy para servirte.

—¿Tú eres ‘Izra’íl? —preguntó admirado el juglar triste al tiempo que un escalofrío surcaba su espalda.

—No, no —dijo sonriente la mujer morena de largos y ondulados cabellos muy negros y su sonrisa iluminó un instante el alma del cantor—. Yo soy Nadie. Sólo escuché tu clamor y no pude venir hasta hoy.

—¿Eres, acaso, Munkar o Nakir, los que interrogan en la tumba? ¿O Malik, porque iré al Infierno?

—Qué extraño que preguntes por los ángeles del Corán cuando tú eres cristiano —dijo la mujer traslúcida—. Y no, no estás muerto. Tienes que dejar de beber. Tú no debes morir aún.

El juglar triste regresó al mundo. Había olvidado su nueva pasión: beber. Pero unas náuseas urgentes lo obligaron a salir del camastro y sacar medio cuerpo por la ventana. Vomitó un líquido que sabía a hiel de toro. Mientras sufría los espasmos y estertores que provocan las arcadas, pensaba que él jamás vomitaba por el alcohol. Era raro. Tantos años en las más diversas tabernas, donde ingería todo tipo de caldos etílicos, lo habían dotado de un estómago recio. No obstante, ahí estaba, expeliendo amarguras a la luz de la luna.

Regresó a su camastro y se aferró a un ánfora ya mediada. Recordó que no se hallaba solo. La doncella de blanco lo miraba tranquilamente, en completa paz. Él, a pesar del temblor de sus manos, de todo su cuerpo y las ansias por beber para alejar el dañoso estado en que se encontraba, pudo percibir la mirada. Sintió vergüenza de que alguien lo viera así.

—Perdón, doña Nadie… pero esta dolencia sólo se cura con vino —y bebió grandes tragos del recipiente, sin hacer caso ya de la extraña presencia. Antes de llegar de nuevo al aturdimiento, que lo llevaba a los ignotos territorios del sueño, pensó que era muy extraño conocer un ángel moreno, ya que en el monasterio donde fue abandonado a sus puertas cuando era un pequeñín, los monjes lo educaron en la creencia de que los ayudantes de Dios eran rubios y de ojos azules. «Es que este ángel es moro», pensó por último, antes de caer en el abismo de oscuridad.
La luz del sol lo despertó. Ella estaba sentada en la única silla y lo observaba. Le sonrió cuando él la miró. El verla otra vez lo alegró. En ese instante pensó que lo de la noche lo había soñado. No supo qué decir. Ella se levantó, se acercó al camastro y le ofreció un cuenco con agua fresca. La idea de beber agua le provocó náuseas. Con la mano rechazó el ofrecimiento y cogió el ánfora de vino.

—Si quieres vivir, ya no bebas —dijo la enigmática joven.

—Sólo termino lo que queda y ya no más —repuso él—. Es mi promesa —bebió y volvió a dormir.

Dos horas después despertó y la muchacha seguía en el mismo lugar en que la había visto la noche anterior. Ella se levantó y le ofreció agua, que ahora sí bebió ávido. «Salí por comida y fruta —dijo ella al señalar con la mano la mesa donde se hallaban damascos jugosos, granadas maduras, naranjas y uvas frescas y un cuenco de carne asada—, debes alimentarte». Él negó con la cabeza y tornó a dormir, con la imagen de la hermosa morena en su mente. Despertó al sentir un olor distintivo: ella le acercaba a la nariz un ramo de albahaca recién arrancada de un huerto.

Así transcurrió el día. Ella le preguntaba sobre su vida y él le contaba grandes trozos de su pasado; otras veces dormitaba o caía en un sueño profundo. Le contó que nunca conoció a sus padres, que había sido abandonado a las puertas del monasterio de San Millán de la Cogolla, en la Rioja, donde los monjes lo criaron como a un hijo: le enseñaron leer y a escribir en latín, y por ello conocía el mester de clerecía, por lo que para él era muy fácil componer romances en versos de arte mayor, al contrario de la mayoría de juglares, que lo hacía sólo en arte menor. Le platicó que desde los quince años decidió abandonar el monasterio y conocer el mundo, pero que siempre regresaba a Al-Ándalus a porque sentía que ahí había nacido. Omitió hablar de su relación con la princesa mora.

Cuando la luna llena entró por la ventana, despertó y siguieron hablando. Él no preguntaba nada, consciente de que a un ser divino no le puede cuestionar, sólo ella lo hacía. Por momentos una interrogante lo asaltaba, ¿por qué no le veía las alas?

Ya entrada la noche, ella se acercó a su camastro. Él adivinó su intención por la forma en que lo observaba admirada cuando le contaba su vida. Él quiso acariciar su espalda y sintió, con un estremecimiento, la tersura de unas plumas entre la pelusilla de un cisne recién nacido y la más suave seda. Confirmó, asombrado, que las alas de un ángel no se ven, pero se pueden sentir.

De su mano izquierda la sensación de las plumas pasaba a todo su cuerpo. Él no sabría cómo explicar las emociones que le provocaban. Y sintió como un desmayo cuando su mano terminó de bajar hasta la punta del plumaje invisible y se percató de que este terminaba en las nalgas de la hermosa mujer. Un sentimiento de recato quiso hacerlo retirar la mano, pero otro, entre curioso y lúbrico, lo hizo tocar y acariciar los firmes glúteos de la mujer que permanecía hierática.

En su largo peregrinar por los diferentes reinos, en infinidad de pueblos y ciudades, había obtenido los favores de muchas mujeres, pero jamás había sentido esa lisura de una piel y la redondez de las nalgas, eran portentosas. A ello se le sumaba el placer prohibido de tocar esa parte del cuerpo de las mujeres. Todo su ser se estremecía de delicias, voluptuosidad y sensualismo. Los vellos de su cuerpo estaban erizados y el temblor de sus manos ya no se debía al alcohol.

Le pareció que las emociones iban a reventar su corazón cuando ella se recostó en la cama, cogió con delicadeza su mano derecha, la acercó debajo de su vestido y la posó entre sus piernas. El asombro de él no tuvo límites porque siempre creyó que los ángeles no tenían sexo, como le enseñaron los monjes.

No tuvo que esperar que ella le indicara qué hacer. Con dedos expertos, muy suavemente, él acarició los abundantes vellos oscuros de la joven, muy pronto la vagina sublime se humedeció y él introdujo su dedo cordial. La delgada joven vibraba por las sabias caricias a su sexo. Los espasmos orgásmicos aparecieron y mojaron aún más los dedos del juglar triste. El ángel no sabía dónde colocar sus manos: tocaban la cabeza del juglar, tocaba sus brazos; levantaba la cabeza y su torso, jalaba sus largos cabellos, arañaba las cobijas… El miembro del cantor estaba como el madero con que se atrancaba la puerta, no obstante, quería dar el mayor placer a la joven antes de poseerla.

Al tercer orgasmo, la joven se volteó completamente y alzó sus nalgas. El juglar siguió acariciando. Ella se aferró al respaldo de la cama. En ningún momento sus labios produjeron ni un sonido. El dedo índice de él, entrometido, se hundió entre las redondas y firmes nalgas y volvió a asombrarse al hallar el anillo, que él supuso muy oscuro. Lo acarició con ternura, al mismo tiempo que el dedo cordial seguía su faena. La joven tuvo cuatro orgasmos más. «Siete», dijo él para sí mismo, pues iba contando mentalmente. En ese instante, ella dijo tenuemente: «basta», se volteó y juntó las piernas. Él retiró la mano húmeda.

—Ahora me toca dormir —dijo sonriendo—. ¿Te molestaría si ocupo una parte de tu cama? —preguntó.

—No, no, no —respondió el juglar triste, aún perturbado por lo que acababa de vivir—. Puedes ocupar todo lo que hay aquí.

Toda la noche estuvo la mente del cantor enfrascada en los hechos recientes. Lamentó en todo ese lapso no haber penetrado al ángel. Cantaba el primer galló cuando sus ojos se cerraron y se hundió en un sueño pesado.

Despertó a media mañana. Ella no estaba en la habitación, sólo un ramo de fresca albahaca se hallaba sobre la mesa en un jarro de agua. Él supo que nunca la volvería a ver…

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