Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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La Guerra

¿Qué es la guerra? ¿Por qué comienzan las guerras? ¿Qué legados dejan? ¿Cómo nos cambian como individuos y como sociedades? ¿Son los eres humanos violentos por naturaleza? ¿Qué lleva al hombre a arriesgar su vida y enfrentarse a la muerte en el campo de batalla? A estas inmemoriales preguntas trata de dar respuesta en su libro La Guerra. Cómo nos han marcado los conflictos (editorial Turner, 2021) Margaret MacMillan, una de las historiadoras de las relaciones internacionales más ilustres del mundo. Se trata de una obra escrita con un estilo agradable y fluido. Prácticamente cada página es interesante y entretenida. Inicia describiendo con la historia de Ötzi, un hombre que murió hace más de cinco mil años cuyo cadáver, confinado durante milenios en el hielo glaciar de los Alpes, estaba asombrosamente bien conservado cuando fue descubierto en 1991. Ötzi tenía una punta de flecha incrustada en un hombro y su cuerpo estaba magullado y cortado. Al parecer, también le habían golpeado la cabeza. Lo más probable es que muriera por las heridas que recibió de su agresor o agresores. Es posible que en algún momento hubiera matado a otros, a juzgar por la sangre encontrada en su cuchillo. Y, como dice MacMillan, Ötzi no es de ninguna manera la única evidencia bélica que tenemos de la prehistoria. En la época de la Edad de Piedra tardía los humanos fabricaban armas, se aliaban entre sí y hacían todo lo posible para liquidar a sus prójimos. El buen salvaje rousseauniano jamás existió.

La guerra nos ha acompañado desde el principio de los tiempos y ha influido en casi todos los aspectos de la historia. Pero no es solo una fuerza negativa, sino también un motor de cambio y creatividad. Incentivó el desarrollo de ciencia y tecnología, volvió más democráticos a los gobernantes porque necesitaban personas sanas y educadas (y, sobre todo, convencidas) para luchar, ayudó a liberar a las mujeres al integrarlas -de lleno- a los esfuerzos productivos y obligó a los artistas a mirar el mundo con otros ojos. Esto no quiere decir que la guerra no sea cruel y miserable, siempre lo es, pero la modernidad la ha hecho extraordinariamente cruenta. La Revolución Industrial proporcionó a los Estados la capacidad de fabricar armas cada vez más letales a escalas antes inconcebibles y el nacionalismo convirtió a las poblaciones en ejércitos, difuminando la diferencia entre soldados y civiles. “La paz y la guerra solían ser asunto de unos pocos… El nacionalismo aporta la pasión por la guerra: la Revolución Industrial los herramientas y los cambios en la sociedad los hombres para el ejército, además del apoyo de los civiles al esfuerzo bélico.”, resume MacMillan.

Alzando la bandera en Iwo Jima. FOTOGRAFÍA DE JOE ROSENTHAL, AP

El libro es ligero en teoría política pero rico en detalles fácticos, totalmente desprovisto de moralismo y de polémica, pero siempre bajo la óptica de un análisis objetivo y sobrio. Claramente reacia a ver la historia a través de una lente moralizante, MacMillan aborda el tema de la guerra entendiendo a los seres humanos como son, no como deberían ser. Retrata la experiencia histórica del conflicto “no como divina ni demoníaca, sino más bien como algo intrínseco a la humanidad”. “Al entender la guerra”, escribe, “entendemos mucho acerca de ser humano. Llevamos la guerra dentro. La guerra la hacen los hombres, no las bestias ni los dioses… Llamarla crimen contra la humanidad es ignorar su significado profundo”.

Uno de los aspectos más polémicos en la obra de MacMillan es su idea de que la “larga paz” disfrutada por el mundo desde 1945 ha embotado nuestro interés en estudiar la guerra. Cierto, han abundado las guerras a nivel local desde entonces, pero no hemos sufrido un conflicto generalizado. Esa curiosa negligencia puede resultar un engaño. “La guerra no es una aberración histórica que sea mejor olvidar, sino un peligro claro y omnipresente para la humanidad. Merece una investigación histórica y una discusión política continuas”, dice esta historiadora, quien, por cierto, es bisnieta de David Lloyd George, uno de los primeros ministros más importantes en la historia del Reino Unido, a quien MacMillan describió de manera memorable en su excelso libro sobre la Conferencia de París de 1919 (publicado en 2001).

Margaret Macmillan

Una de las partes más interesantes de La Guerra. Cómo nos han marcado los conflictos es el capítulo en el que analiza las repercusiones de la guerra en el arte y los desvelos de los artistas a lo largo de la historia para transmitir lo inexplicable. La gran paradoja de la guerra consiste en la forma como los humanos, acicateados por el apremio militar, crearon sociedades organizadas y lograron avances científicos y tecnológicos, los cuales se hicieron como nunca antes evidentes tras las dos guerras mundiales al ocurrir de manera vertiginosa y creando las sociedades complejas que somos hoy en día. Pero las dos grandes guerras del siglo XX también golpearon severamente nuestro subconsciente, al grado de cambiar nuestra manera de pensar. Aparecieron nuevas filosofías y expresiones artísticas que reflejaron las consecuencias históricas de la guerra en la naturaleza humana. Se verificaron cambios en el concepto de la estética, el arte, el cine y la literatura, las cuales mostraron las desgarradoras consecuencias de la destrucción material y humana. Aparecieron y se desarrollaron vanguardias artísticas como el Dadaísmo, el Surrealismo, el Expresionismo, el Neorrealismo, entre varias otras. La guerra obligó a los artistas, escritores y e intelectuales de todo el mundo a replantearse el concepto de civilización .

Por supuesto, no se trata de hacer vanagloria de la guerra como saben hacerlo los demagogos nacionalistas de todos los tiempos, pero sí de entenderla como el drama eterno e ineludible de la humanidad en el que nos manifestamos en toda nuestra genuina naturaleza, en nuestra desnuda verdad. Nada nos descubre tanto como la guerra, como individuos y como sociedad. Nada exacerba con tal fuerza la belleza y la fealdad, la inteligencia y la estupidez, la bestialidad y la humanidad, el valor y la cobardía, en una palabra, nuestro enigma vital.

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