Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

La festejable arrogancia de Umberto Eco

Este texto fue publicado originalmente el 5 de enero de 2016

Me gusta el formidable orgullo que Umberto Eco tiene sobre sí mismo. Arrogancia, creo que le dicen a tal actitud de excesivo amor propio, en el caso del escritor italiano que hoy cumple 83 años, acicateada sobre todo por el prodigio de la inteligencia que implacable exhibe a la estupidez. Disfruto cuando el filósofo asocia al diablo con las certezas inconmoviles, cuando sostiene que el pensamiento jamás construye ídolos y cuando sentencia que la superstición trae mala suerte. Simpatizo también cuando advierte que “Ya hay en el mundo una cantidad suficiente de dietrologi exaltados, como definimos en Italia a los que ven siempre una razón oculta tras los hechos”, una confabulación, vamos, un complot.

También me identifico con la vanidad del enciclopédico alejandrino. Me causa risa el hombre que se disculpa con los demás, y hay muchos así, por hacer algún comentario que él llama culto porque no quisiera ser mal visto por los demás, cuando en realidad, estoy seguro, los demás son quienes debieran ruborizarse por no saber, esto desde luego si aún creemos que el conocimiento es un valor y la ignorancia un estadio de la precariedad humana. En realidad lo contrario es cómico. Imaginen la escena: “Como ustedes son ignorantes yo también lo soy para no ofenderlos y parecerles arrogante”.

Eco no es alguien que opte por las relaciones públicas para acomodar sus intereses, incluso por encima de las convicciones y nombra “legiones de idiotas” a quienes, en la actual era digital, esparcen mitos o bulos como si fueran ciertos, o quienes opinan de todo sobre la base de la supuesta igualdad entre quien ejerce su derecho a opinar, digamos, sobre la física cuántica aunque no hubiera leído nunca al respecto, y quien ha estudiado durante toda su vida el tema. Entre aquellas legiones, una de las reacciones más delirantes fue acusar a Eco de pretender conculcar sus libertades. No es así: para quienes conocemos su obra es claro que él está convencido de que la estupidez es parte inevitable de la convivencia humana. Lo que él ha hecho, entre muchos otros ejercicios intelectuales, es combatir la estupidez.

La imaginación narrativa no tiene límites, comenta Eco en Los límites de la interpretación y así busca confrontar las ideas de quienes ejercen la incuestionable libertad de opinar sobre lo que sea, en este caso, a quienes creen saber lo que el autor de una obra dijo entre líneas y hasta lo que nunca quiso decir. El experto en semiótica que sí sabe de lo que habla, define coordenadas de análisis y sitúa varios ejemplos de excesos y disparates en que se incurre cuando la boca carece de frenos. Parafraseando una de sus aforismos preferidos, aquellas legiones ejercen el arte de la tripodología felina que consiste en buscarle tres pies al gato. El desplante de Eco que más me divierte al respecto es cuando en su plática con Jean-Claude Carriérre comenta: “Hamlet no es una obra maestra por sus cualidades literarias, sino porque se resiste a nuestras interpretaciones”, con lo cual derriba todo el artificio de quienes creen que se puede saber de todo sin estudiar con rigor.

También me gusta Eco por su proclividad a reír, tiene chistes malos claro, como cuando dice que los presocráticos escribieron en fragmentos porque vivían entre ruinas, pero no conozco un elogio mayor a la risa que el hecho por el escritor en El nombre de la rosa incluso por arriba de Dostoievski en El idiota (o acaso sólo comparable a la decisión de Mark Twain de vivir la vida riendo y suscitando la risa porque, al seguir la tradición de Voltaire, Twain la consideró arma formidable. Dice Jorge de Burgos: “La risa acaba con el miedo. Sin miedo no hay fe. Porque sin miedo al diablo, no se necesita a Dios”. Reir entonces es cosa del diablo según Burgos en aquella memorable conversación con Gullermo Baskerville, pero Eco ríe hasta de sí mismo, también por eso me identificó con él cuando busca comprender sus propias raíces en La historia de la fealdad y luego la de los otros en La historia de la belleza.

La obra de Umberto Eco es una invitación al pensamiento estructurado en las más variadas disciplinas: para comprender al hombre de masas abrevando de Antonio Gramsci y revisando las más novedosas expresiones del arte entre las que se encuentran no solo el cine sino el cómic, para apelar a que el consumidor de los medios de comunicación de masas no sea un ser apocalíptico o integrado y para el ejercicio lúdico de la novela policiaca y el conocimiento enciclopédico que llega a derivar en la historia de la navaja de afeitar. Eco es, sin duda, uno de los críticos de los medios de comunicación más brillantes, a caballo entre el siglo pasado y el presente. Sin él no se explican las discusión de la pasada década de los setentas sobre la objetividad en el periodismo y sobre los medios mismos como parte clave en el entramado de poder de las sociedades contemporáneas; acerca del periodismo de declaraciones o ese que cada vez se halla más abandonado a los contenidos del espectáculo. Junto con ello, es famoso Número cero, la historia de un periódico que nunca circuló pero que en realidad sí existe en otras latitudes de la vida real, aunque con diferentes nombres y, por ello, contiene severos cuestionamientos a todos los medios de comunicación del mundo. La analogía es clara: si Número cero revive a Mussolini aunque él esté bien muerto, otros medios resucitan a otros personajes porque en el fondo, y ahora mismo podemos lanzar una sonora carcajada con Eco, a los medios no le interesan sus audiencias más que como compradores de una mercancia sin calidad, en este caso, sin calidad informativa.

La primera vez que tuve la certeza de que Umberto Eco convive bien con su propia vanidad fue al leer El péndulo de foucault, pero es en las palabras de Adso donde esto es más claro:

“(…) aprendí de mi maestro lo que era sabio, bueno y verdadero. Cuando por fin nos separamos, me entregó sus lentes. Me dijo que era joven, pero que algún día me servirían. Y ahora las llevo puestas sobre mi nariz mientras escribo esto. Luego me abrazó cariñosamente, como un padre, y me hizo seguir mi camino. Nunca lo volví a ver ni sé qué fue de él, pero ruego que Dios lo acogiera y le perdonara las pequeñas vanidades a las que lo llevó su orgullo intelectual”.

Hace treinta años leí por primera vez a Umberto Eco, en ese entonces no usaba lentes y no me refiero a estos que ahora mismo reposan frente a mis ojos, me refiero a que carecía de la óptica que permite valorar la fortaleza de una idea. Y cuando digo óptica no hablo de carácter sino de método, de una forma de estructurar la razón para comprender y disfrutar el proceso que ello significa. Comprender dentro de la inconmensurable imaginación de la narrativa para ser parte del que escribe y desentrañar los misterios de ciertos asesinatos en Praga o para disfrutar viviendo como propios aquellos anhelos de Adso por tocar una vez más a esa mujer que sorprendió en su desnudez morena de olor a tizne y que fue quien lo amó con toda su furia en aquella única cabalgata alumbrada por la hoguera, una cabalgata acompañada entre los chasquidos de la madera y los quejidos de la entrega. Fue un único encuentro, pero éste se ha multiplicado entre los amantes furtivos que abrazamos a Adso en este preciso instante.

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