Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

La espiral del silencio

La tarea del periodista de opinión –dijo Leon Wieseltier en una entrevista con Charlie Rose– es ofrecer liderazgo intelectual. Si la unidad básica de la democracia es el voto, y el voto es en el fondo una opinión, el comentarista debe apuntar a que la opinión favorezca a la democracia. Lo contrario es abdicar el oficio.

Abundan comentaristas mexicanos que desatienden esta encomienda ética. Uno los ve en mesas de opinión dando cualquier cantidad de piruetas y malabares para torcer la evidencia ante sus ojos y los de todos, traicionando a la democracia. Algunos porque no son demócratas, otros por cínicos, y otros por complacencia con el poder. Pero hay otra causa: el miedo. No sólo ante las represalias del poder, sino ante el consenso de la masa. Muchos ceden a la opinión multitudinaria por temor a quedarse en los confines.

Radar Rat, Banksy

La teoría de la espiral del silencio de la filósofa alemana Noelle-Neumann sostiene que la opinión pública ejerce presión de grupo sobre las personas, siendo que nuestra naturaleza gregaria tiende a aislar a los individuos con opiniones contrarias a la mayoría, y a premiar a quienes se pliegan al consenso. De ahí que las religiones, por ejemplo, excomulguen a herejes.

Esto también obedece a una explicación antropológica que formularon Robin Dunbar y Yuval Noah Harari: los relatos generales –o metanarrativas– cohesionan a la sociedad.

Acaso lo más trágico de la espiral del silencio es su mano invisible, que orilla a los individuos a la autocensura. Las personas sondean constantemente el ambiente de opinión para colocarse de un lado o del otro. Si sus opiniones coinciden con la mayoría, hablan más fuerte; si no, callan o simplemente cambian de opinión. Esto es precisamente lo que sucede con buena parte de nuestros comentócratas. No sólo en temas estrictamente políticos sino también en temas morales, como la libertad y la sexualidad.

Noelle-Neumann advierte, sin embargo, que las mayorías encuentran su freno cuando se topan con el núcleo duro de la disidencia: aquellos pocos que no ceden a la multitud, a pesar de embates, reproches y aislamiento; individuos que a menudo ya fueron etiquetados o estigmatizados y ya no tienen nada que perder frente al consenso. Hacia ellos parece haber cierta deferencia. Son la vanguardia que anticipa y dirige los cambios que después la mayoría puede adoptar para comenzar el ciclo de nuevo.

Siguiendo a Noelle-Neumann, en una sociedad funcional, esa vanguardia está compuesta naturalmente por intelectuales, artistas, reformistas, y yo añadiría periodistas que “no se conforman” con el beneplácito mayoritario, pues están convencidos de que éste es insensato. Como advierte Wieseltier: cuando la mayoría dicta la línea a los opinadores, se anula la oportunidad de cualquier liderazgo oportuno. A juzgar por el panorama de los colegas en los medios, está raquítica la vanguardia.

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