Cinque Terre

José Buendía Hegewisch

La “distorsión” de Peña Nieto

El PAN debe pasar del discurso anticorrupción a una agenda de rendición de cuentas.


Hay palabras clave del discurso de un político como Peña Nieto cuando recurre al verbo  “distorsionar” para explicar la inconformidad y caída de su popularidad al menor nivel que ha tenido un Presidente en los últimos 20 años. La desaprobación sería producto de una conciencia errónea o de interpretaciones forzadas de los acontecimientos, más que de expectativas o promesas frustradas. De interpretaciones inusuales por la  “hiperinformación” en redes sociales, más que de sus resultados. El político telegénico y popular que recuperó Los Pinos para el PRI podría concluir que los problemas de comunicación y el enojo por opiniones infundadas tergiversan la realidad, descomponen el orden e impiden la justa valoración de su mandato. Es el recurso de acusar incomprensión, como lo hicieron sus antecesores.


La lectura que hace de las críticas no deja lugar a la desubicación ni a lo que no ha funcionado de su gobierno. No es que viva en otra realidad lejana a los ciudadanos, como acusan las redes. No. El malestar lo explica por la “información distorsionante” que corre desbocada por ellas. La mala voluntad y las opiniones negativas provendrían de esa información, como dijo en entrevista con Pascal Beltrán del Río para Excélsior y Grupo Imagen Multimedia, “que parte de falsedades o mentiras, y que llegan a generar una percepción de verdad, cuando no es así entre la sociedad”.  Sus respuestas ignoran la autocrítica, que en las horas bajas sería imprescindible para explicar males que indignan cada vez más y erosionan su credibilidad como la corrupción o la impunidad por violaciones a los derechos humanos, que, como en el caso Iguala, también desestima por estar  “muy trastocados… muy distorsionados”.


La escasa autocrítica es el mal del gobierno y su incapacidad de adaptarse a la adversidad de condiciones cambiantes para las reformas, La falta de esa práctica, como traslucen sus palabras, obliga a la repetición de respuestas, como las advertencias sobre los riesgos de las estridencias del “populismo”. Otra versión de esto es el despeñadero, salida fácil a los problemas. Y es ese ensimismamiento lo que explica la parálisis de más de un año sin entender el vuelco de ánimo hacia su gobierno, el pasmo para responder a las crisis de derechos humanos, la falta de entendimiento y, en fin, el principal obstáculo para recuperar la confianza en las reformas.


Si hay desánimo por el bajo crecimiento no es por falta ni exceso de información, sino por la expectativa frustrada de superar tres décadas de mediocridad con las reformas. Si hay pesimismo frente a la inseguridad no es por la estridencia en las redes, sino por la impunidad y la falta de explicación de crímenes de lesa humanidad. Si hay desesperanza respecto de la lucha contra las drogas no es por información sobre la violencia, sino por una estrategia fallida de un diagnóstico equivocado, como reconoció Osorio Chong. Si crece la irritación por la corrupción tampoco es por la “distorsión” en internet, sino por la escasa investigación y sanción de los casos denunciados en su propio entorno, gobiernos estatales o Pemex.


Sin duda en las redes hay estridencia y lo que algunos han llamado “tormentas de mierda”. Los juicios ahí con frecuencia son simples y poco profundos. Se premia el escarnio. Pero es una mala coartada culpabilizar al medio sin antes reconocer los errores y la falta de seguridad en sí mismo que proyecta un gobierno poco resiliente. Y es que, en efecto, el suyo es un gobierno que no ha sabido adaptarse a las situaciones adversas y, mucho menos, a las nuevas formas de gobernar que exige una sociedad con más iniciativa y vitalidad que antes.



Este artículo fue publicado en Excélsior el 13 de Marzo de 2016, agradecemos a José Buendía Hegewisch su autorización para publicarlo en nuestra página

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