Premio Nacional de Protección Nacional
Cinque Terre

Raúl Trejo Delarbre

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Periodista. Blog: http://sociedad.wordpress.com

La desazón de los jóvenes

Un extendido lugar común reza que la inconformidad es consustancial a la juventud. Hay protestas de toda índole que tienen como protagonistas a los jóvenes. La capacidad para expresar disgusto, e incluso la posibilidad de hacerlo cuando los compromisos personales que se van adquiriendo con los años aún no condicionan la biografía de cada quien, permiten que revelarse y rebelarse vayan de la mano. La identidad personal se construye en la interacción con los demás y, en el reclamo público, los jóvenes se expresan y definen. La protesta de los jóvenes no siempre postula causas avanzadas ni forzosamente representa el interés de la sociedad. De hecho, los movimientos estudiantiles con frecuencia pretenden mantener o conseguir privilegios.

Los reclamos de los estudiantes del ITAM llaman la atención porque provienen de jóvenes privilegiados y porque, entre otras cosas, se quejan de las exigencias académicas que según dicen les ocasionan trastornos psicológicos. El suicidio de una alumna de esa institución detonó la protesta.

El malestar de los jóvenes tiene muchas aristas. Para la gente joven el destino siempre está cargado de incertidumbres —de eso se trata, en buena medida, el desafío que significa la vida— pero hoy en día la ausencia de certezas es más inquietante que en otras épocas. Hace tiempo que el título universitario dejó de ser garantía para encontrar empleo, las habilidades que se requieren en el campo laboral son cambiantes y no siempre se adquieren en las universidades, la seguridad laboral por lo general no existe, los jóvenes cambian frecuentemente de empleo y residencia.

La globalización ha difuminado muchos de los anclajes que antaño ofrecían certidumbres aunque también limitaban el desarrollo de las personas. Ahora mucha gente con frecuencia cambia de ciudad e incluso de país de residencia. Sujeta a un desplazamiento constante, la vida personal se vuelve más versátil pero también más inestable. Las personas se intercomunican más y gracias a las redes sociodigitales sus acciones y emociones son más visibles que nunca, lo cual les confiere una nueva libertad para expresarse y tratar con otros pero abre vulnerabilidades que antes no existían.

La vida pública tiene ahora un carácter plástico —líquido, decía Zygmunt Bauman— que difumina muchas de las certezas que en otros tiempos alimentaban la tranquilidad o la resignación de las personas. Las ideologías tienden a difuminarse, al menos en el pragmático comportamiento de partidos y políticos; la vida privada queda entrecruzada con la vida pública; medios y redes nos acercan a cataclismos, abusos, acosos y excesos de toda índole, de manera tan apabullante que a menudo no distinguimos entre lo sustantivo y lo trivial. La inseguridad que resulta de la impunidad de los criminales y la inacción del Estado intensifican esa incertidumbre contemporánea.

Tales son algunas de las coordenadas del mundo que les toca vivir a los jóvenes de hoy. No es el mejor de los escenarios pero, si recordamos otras épocas, tampoco es el peor. Ése es el mundo para el que tienen que adiestrarse. Los jóvenes actuales pueden expresarse y exigir con una libertad y en condiciones sociales y políticas que no había en otros tiempos y que son resultado de los esfuerzos y las experiencias de generaciones anteriores. Sin duda falta muchísimo para reformar y crear el mundo que esos jóvenes merecen, pero no parten de cero.

Todas las generaciones tienen dificultades y retos. Las condiciones de trabajo y estudio son moldeadas y por lo general mejoran de una generación a otra. La vida de estudiante y de manera más amplia la vida de los jóvenes no carece de obligaciones y dificultades. Estudiar una carrera universitaria, cuando se hace en serio, puede requerir de fuertes sacrificios y fatigas. La enseñanza superior ocupa la cúspide de una pirámide educativa a la que no llegan todos los que quieren y en la que es inevitable que haya competencia en los dos sentidos del término: se necesitan pericia e idoneidad además de aptitud vocacional y, por otra parte, se trata de un ambiente abierto al contraste y a la emulación.

Para acreditar una asignatura es preciso adquirir y luego demostrar conocimientos específicos. Para aprobar un examen hay que estudiar y eso implica esfuerzo y desvelos. Mientras más alto sea el nivel académico de una institución o una asignatura, la exigencia es mayor. Eso no implica que los estudiantes tengan que soportar maltratos, pero sin presión no hay educación. Quien diga lo contrario incurre en demagogia. La vida estudiantil puede y debería estar repleta de satisfacciones, tiene que ser creativa y con buena dosis de gratificaciones lúdicas, ha de ser formativa en todos los sentidos. Pero no puede carecer de exigencias.

Todo eso es parte del abecé del trabajo universitario y educativo pero se olvida de cuando en cuando. Los estudiantes del Instituto Tecnológico Autónomo de México, en un comunicado difundido el 14 de diciembre, resumen así sus inquietudes:

“Algo histórico aconteció en nuestra Comunidad. Por primera vez cientos de estudiantes lloramos, gritamos, reclamamos y alzamos la voz al unísono y con valentía frente a una situación que al día de hoy continúa desatendida y que nos afecta a todas y a todos.

“Ataques de pánico y ansiedad, deterioro de la salud física y mental, imposibilidad para tener actividades recreativas más allá de la vida académica, deterioro de las relaciones interpersonales, pensamientos suicidas recurrentes y personas que efectivamente han atentado contra su vida.

“Si bien la mayoría de las y los estudiantes afirmaron que el ITAM no fue la causa única de deterioro de su salud mental sí fue una variable importante y en muchos casos, el detonante. Se denunciaron casos de violencia psicológica y abuso sexual por parte de profesores contra estudiantes, narrativas que promueven el sexismo, homofobia, bifobia y transfobia en las aulas, ausencia de canales para el desahogo de quejas y la percepción generalizada de una falta de empatía institucional”.

Es claro que esos jóvenes piden ayuda y de inmediato las autoridades de dicho centro de estudios han ofrecido atención psicológica a quienes la soliciten. Pero el tono y los temas de su protesta permiten reconocer que, en alguna medida, hay una sobreactuación en ese joven movimiento.

Cuando una lucha social se considera histórica a los pocos días de haber surgido padece, por lo menos, cierto apresuramiento. Si entre las acciones así consideradas se coloca en primer lugar al llanto colectivo, se puede decir que se trata de un movimiento un tanto extravagante. Las emociones son parte de las expresiones sociales y políticas —y actualmente son subrayadas y propaladas por medios y redes— pero es deseable que nunca se sobrepongan a las razones.

Las presiones laborales —en este caso escolares— siempre incomodan e incluso trastornan a quienes las sufren pero la vida profesional y laboral está repleta de ellas. Cualquier violencia, por otra parte, es inadmisible. Por eso es necesario distinguir entre las obligaciones naturales e inevitables en el trabajo académico —y para las que no todas las personas tienen aptitud suficiente— y los abusos que tendrían que ser sancionados y erradicados.

En todos lados se extiende, a menudo para bien y a veces como fuente de exageraciones, la cultura de la queja. Reclamar es un atributo de los ciudadanos que, en tanto tales, tienen derechos y también responsabilidades. En todo caso es pertinente que los reclamos nunca sean pretexto para incumplir deberes.

A la protesta de los alumnos del ITAM, como a muchas otras, hay que tratar de entenderla pero también es preciso discutirla. Allanarse a sus requerimientos sin ponderarlos, o considerar que tienen razón únicamente porque su protesta es sincera, puede ser de un paternalismo y una condescendencia que los jóvenes no merecen.


Este artículo fue publicado en La Crónica de Hoy el 16 de diciembre de 2019, agradecemos a Raúl Trejo Delarbre su autorización para publicarlo en nuestra página.

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