Cinque Terre

Germán Martínez Martínez

[email protected]

Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

La cinefilia y el riesgo: Toda la luz que podemos ver

La conjunción de la estática del video con los resplandores y rayones del acetato, son una entrada que anuncia la obra de un cinéfilo: Toda la luz que podemos ver (2020), el segundo largometraje del director Pablo Escoto. Un personaje que cabalga el sonido —interpretado por Gabino Rodríguez—, revela la audacia de una película que hace preguntas sobre el deber, o no, del arte a oponerse a lo convencional y sobre la necesidad, o no, que tienen las obras de ser universos cohesionados. Desarrollarse en territorios límite demuestra un acierto y, sobre todo, una búsqueda.

Toda la luz que podemos ver, película de Pablo Escoto. Cinefotografía de Jesús Núñez.

El guion de Toda la luz que podemos ver fue coescrito por Escoto con Cat de Almeida y Salvador Amores. El trío también redactó la primera película del cineasta: Ruinas tu reino (2016). Las diferencias entre ambas cintas atestiguan el proceso de un director quien, lejos de pretender encontrar una fórmula para colocarse en el ámbito cinematográfico nacional, prefiere concentrarse en examinar los recursos del cine. Los resultados llevan incluso a interrogar si las indagaciones de Escoto están dirigidas a algún público. La respuesta quizá esté en su biografía.

Fotograma de la película Toda la luz que queremos ver.

Escoto, junto con Amores —también crítico y programador—, son parte de un grupo de amigos cinéfilos, asiduos a festivales y otras actividades cinematográficas, que incluye a la poeta Lucrecia Arcos, el crítico y diseñador Eduardo Cruz, el crítico, gestor y periodista Julio Durán, la crítica Natalia Durand, el crítico y editor Rodrigo Garay, el crítico Rafael Guilhem, el crítico Jorge Negrete, la crítica y editora Magaly Olivera, la crítica y editora Ana Laura Pérez, el gestor cultural Luis M. Rivera y el crítico Abraham Villa. Por edad podrían pertenecer a quienes generalmente ven cine en pantallas personales, lo que con seguridad también hacen; pero varios de ellos son grandes aficionados a las salas tradicionales de cine, gustan de conversar sobre las películas, tienen perspectivas encontradas entre sí y se encargan, por amor al arte, de publicaciones sobre cine como Correspondencias. Son parte vivaz y reflexiva de la comunidad del cine en México.

En Toda la luz que podemos ver hay una serie de exploraciones. Por ejemplo, algunos marcadores de tiempo, con cierto dejo culterano, distan siglos entre sí —probablemente sean anclajes de una visión de lo social y, en ocasiones, se presentan a través de sutilezas como algún tipo de música. Sin embargo, la película transcurre mayormente en un tiempo indeterminado que lo mismo incluye la Nueva España que el final del siglo XX y, quizá, el presente. Se trata de una realidad mítica con alusiones explícitas a relatos arquetípicos. El resultado es que se genera una atmósfera de pasado y extrañamiento, evitando el énfasis ingenuo que intente la reconstrucción de momentos históricos, tarea que en filmes ordinarios resulta, con frecuencia, en el despliegue de meros escenarios de fondo.

Una historia entre los volcanes. Cinefotografía de Jesús Núñez

De forma análoga, los diálogos no se restringen a una función narrativa. Toman el camino de ser acumulación de frases y citas literarias, no necesariamente coherentes entre sí. Esto tiene afinidad con el cine de Rita Azevedo Gomes, quien filma secuencias sin miedo al ridículo histórico y quien parece creer que sumar versos —ajenos entre sí—, daría inevitablemente un resultado “poético”. El desafío a la coherencia verbal en Toda la luz que podemos ver pasa por saltos entre registros dentro de una misma frase, permite la audición de silencios agradecibles y el hallazgo de frases como: “¿Qué se necesita para que una cama sea considerada un país?”. También lanza una pregunta, ¿retar a la coherencia y la cohesión es, sin remedio, un valor?

El carácter verbal de la película de Escoto se corresponde con su ritmo visual, que cumple incluso con tener remansos de sólo imágenes y sonidos. La actriz María Evoli interpreta a “María”. Su piel, por medio de calidades distintas de imagen, adquiere múltiples texturas: la piel digital y analógica del cine. La atención microscópica a lo visual quizá también esté detrás de una elección desafortunada de tipografía, salvo que se pretenda que no se lea y se quiera que sólo se note la presencia del texto en la pantalla. El amor de los artistas por sus medios lleva a descubrimientos, también a ejercicios vanos.

Una fábula sobre amantes del presente y del pasado. Cinefotografía de Jesús Núñez

Si tuviera que resumir la aventura cinematográfica de Escoto usaría la palabra “riesgo”. La osadía de usar actores que interpretan un desempeño defectuoso —la pericia histriónica vuelta impericia en la enunciación—, o de recurrir a no actores a quienes se evita conducir hacia lo que suele confundirse con “naturalidad”, adoptando de lleno, en cambio, la artificialidad del cine: el beso que no es beso. La declamación e imágenes que no buscan ilustrar una historia. Los efectos especiales flagrantes, las sobreimposiciones y fondos proyectados que no buscan engañar, sino mostrarse, ponerse en evidencia. Las viñetas que se suceden, algunas que acaso no convenzan y, otras, afortunadas, como la mano contra el liquen y las que recuerdan tanto composiciones visuales del cineasta Pedro Costa como algún cuadro de Edward Hopper. Los elementos como un solitario hilo de telaraña, o las variaciones de iluminación sobre el musgo, muestran un énfasis en la luz que acaso pase desapercibido para quienes no se percatan de que el cine exige toda la atención. El de Escoto es un cine abierto a experimentar con impericia aparente y riesgo decidido, al tiempo que Toda la luz que podemos ver se atreve a plantear preguntas sobre la efectividad artística.

Cartel de Toda la luz que podemos ver

Toda la luz que podemos ver estará disponible gratuitamente, entre el sábado 3 y el miércoles 7 julio, en la página filminlatino.mx como parte del “Daimon: Muestra Internacional de Cine en Streaming”, que, en 2021, en su segunda edición y con la coordinación general de Julio Durán, cuenta con 27 películas entre largo, medio y cortometrajes que se presentan —cada título por 5 días—, del 29 de junio al 16 de julio.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password