Cinque Terre

Fernando Dworak

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A la búsqueda de la contención perdida

Una de las falacias más recurridas ante toda queja sobre el gobierno y sus arbitrariedades es: “así hacía el PRIAN, aguántate”. Dejemos a un lado el hecho de que la gente votó por una opción que haría lo contrario a lo de antes: en los hechos estamos viendo cómo un grupo está rompiendo con las bases de la convivencia democrática argumentando que en su caso se vale. Esto, mientras se nos quita toda noción de contención.

En el libro Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt afirman que hasta las instituciones mejor redactadas tienen defectos, lagunas y ambigüedades. Por otra parte, tampoco es posible adelantar todas las contingencias que se presentarán o los escenarios de aplicación de las normas. De esa forma, prosiguen los autores, los vacíos son llenados a menudo por interpretaciones jurídicas en cortes supremas, conformadas por personas que tienen visiones contrarias e incluso motivadas por posturas políticas. La única forma de generar decisiones no sesgadas es respetando la colegialidad y la pluralidad al interior de esas instituciones.

Por lo tanto, los autores asumen que la supervivencia de una democracia requiere no solo de constituciones y tribunales, sino también de reglas no escritas, que son la conciencia compartida de lo que es o no aceptable. La obra discute dos: la tolerancia mutua y la contención institucional.

La tolerancia mutua consiste en reconocer que nuestros rivales políticos son ciudadanos decentes, patriotas y que cumplen la ley, que aman el país y respetan la constitución tanto como nosotros. No nos detendremos aquí en esta regla no escrita, pero es evidente cómo a lo largo de 30 años se ha perdido la tolerancia mutua entre grupos gracias a descalificaciones y un discurso de odio y polarización: lo que vemos hoy es el triunfo de esa estrategia.

Nos interesa para los efectos del texto la segunda. Para los autores, la contención implica evitar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran a todas luces su espíritu. Por ejemplo, mencionan que, si bien las personas juegan para ganar, deben hacerlo con cierto grado de contención: para garantizar las futuras partidas, los jugadores deben refrenarse tanto de incapacitar al otro equipo como de enfrentarse a éste de tal medida que el rival se niegue a jugar mañana.

Al contrario, los autores señalan que negar la contención es, por ejemplo, explotar las prerrogativas constitucionales existentes de manera desenfrenada. El ejemplo para Estados Unidos son las executive orders: decretos con poco sustento legal usados como golpes de fuerza.

En México parece haberse perdido la contención en formas más variadas. Morena ha recurrido en el Congreso a tener una mayoría propia cooptando diputados y senadores de los demás grupos parlamentarios, con el fin de adueñarse de la presidencia de las juntas de coordinación política durante la duración de las legislaturas. Gracias a ello también han influido en la conformación de comisiones clave, como cuando se removió en diciembre pasado al senador Juan Zepeda de la Comisión de Justicia, violentando la proporcionalidad de los grupos parlamentarios, con el fin de que Morena tenga mayoría al dictaminar los nombramientos de ministros de la Suprema Corte de Justicia.

Otros ejemplos de la pérdida de contención se observan en los medios públicos, donde se divulga propaganda o se designan a parientes de miembros del gabinete a conducir programas. Para dar dimensión de lo que está pasando, imagínense que el sexenio pasado Luis Videgaray hubiera impulsado la carrera de su hermano, Eduardo, en la radio del Estado.

¿Hubo contención antes? La verdad, al PRI se le obligó a guardar ciertas formas a partir de los noventa, y costó mucho trabajo. El PAN quizás fue el que mejor lo hizo. Sin embargo, y aún reconociendo que fue imperfecta, se están aplaudiendo excesos que ningún partido se atrevió a cometer.

Tenemos dos opciones: la primera es reaccionar y esperar que Morena pierda para hacer lo mismo. El espejo de esa estrategia es Bolsonaro en Brasil: dar un golpe de péndulo en dirección contraria. La segunda es difícil: denunciar lo que se está haciendo, pero proponiendo alternativas. Trabajemos en el piso común, que son las instituciones, a partir de lo que nos debería unir. Sólo así podemos comenzar a reconstruir un discurso democrático.


Este artículo fue publicado en Indicador Político el 30 de mayo de 2019, agradecemos a Fernando Dworak su autorización para publicarlo en nuestra página.

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