Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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La Añoranza Autoritaria

La añoranza autoritaria es un fenómeno que crece en cada vez más países de “democratización reciente”, es decir, aquellos que superaron tiranías durante la llamada “ola democratizadora” de los años ochenta y noventa, la cual inundó a América Latina, Asia y Europa del Este. También tenemos casos de esto en algunas naciones árabes que lograron deshacerse de sus dictadores durante la “Primavera Árabe” y ahora evocan con nostalgia los tiempos de sátrapas sanguinarios como Gadafi o Saddam Hussein. Curioso es, por ejemplo, como cada vez rumanos dicen extrañar a Ceaușescu, cuyo régimen fue uno de los más crueles y violentos de la órbita comunista En su momento, la inmensa mayoría de los rumanos vitorearon su ejecución, pero hoy su país es el más pobre de la Unión Europea junto con Bulgaria, otro Estado ex comunista donde también abundan los nostálgicos de la mano dura. Hace poco la  premio Nobel bielorrusa Svetlana Aleksiévich comentaba como le sorprendía descubrir lo admirada que sigue siendo la figura de Stalin en Bielorrusia. 

Cosas similares pueden verse en otras naciones ex comunistas, donde abundan los grupos sociales que no se han beneficiado de la economía de mercado y sufren desempleo y marginación económica. Y no es que idealicen al sistema comunista como tal, sino más bien mitifican una época en que la población era pobre, pero igualitaria, y se tenía una cierta seguridad en el empleo. Por supuesto, y como dice el viejo chiste sobre los sistemas comunistas, “el Estado hacía como que nos pagaba y nosotros hacíamos como que trabajábamos”, pero para muchos esta pantomima ya era algo. Mientras tanto, en Túnez es creciente el descontento entre la población. “¿Para qué queremos libertad si no tenemos un mendrugo de pan que llevarnos  a la boca?”, reclamaba hace poco en alguna entrevista un tunecino padre de cuatro hijos, todos desempleados. Añoranzas autoritarias están presentes en América Latina. Bolsonaro llegó al poder explotando el mito de “un Brasil mejor” cuando gobernaban los militares. La nefanda sombra del peronismo al parecer jamás se borrará en la atribulada Argentina. En México, bueno, vivimos la restauración del régimen de partido hegemónico, con la atroz añadidura de padecer ahora a un caudillo mesiánico.

Sobre toda esta nostalgia perversa ha aparecido recientemente dos interesantes libros, uno de José María Lassalle, El liberalismo herido. Reivindicación de la libertad frente a la nostalgia del autoritarismo, y el de  Anne Applebaum, El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo. Lasalle nos recuerda que nunca ha sido fácil construir una sociedad basada en la libertad: “Las sociedades han tropezado muchas veces en conseguir que la libertad se convierta en un bien estructural de todos” Por su parte, Applebaum advierte que “Un liberal comprende que las obras humanas nacen de un equilibrio de racionalidad y de experiencia el cual debe ser permanentemente alimentado desde la cultura del respeto, la tolerancia y el pluralismo… y todo ello no es fácil, porque la vida está marcada por vicisitudes que alientan buscar soluciones rápidas a problemas muy complejos”. 

Esta añoranza autoritaria acaba de tener uno de sus capítulos más ominosos en Filipinas donde esta semana ganó las elecciones Ferdinand “Bongbong” Marcos, hijo de Fedinand Sr. y de doña Imelda, sí, la de los miles de zapatos, quienes ejercieron una dictadura conyugal que llenó a Filipinas de latrocinios. Marcos fue un protervo arribista, el clásico trepador inescrupuloso y sin clase. Durante su primer mandato presidencial propició un crecimiento económico impresionante… para él mismo, aunque también el país tuvo buenas tasas de incremento en el PIB por un tiempo. Consciente era de la importancia de la obra pública, por eso levantó por todo el archipiélago importantes infraestructuras que generaron muchos empleos, coadyuvaron a mejorar los renglones básicos de la economía y beneficiaron a una buena cantidad de empresas… propiedad del dinámico presidente y su distinguido clan, desde luego.  Imelda aprovecho su carisma con los pobres para desarrollar programas de beneficio a los pobres, a los que “adoraba”. Sobre todo le conmovía ver a todos esos campesinos que iban a su jornada y todos esos niños que asistían a la escuela ¡SIN ZAPATOS! 

Marcos también fue un sanguinario represor. En 1972, tras el oportuno asesinato por “un grupo comunista” del ministro de defensa (quien, casualmente, era uno de los principales opositores de Marcos) que el presidente se ve obligado a cerrar el Congreso, imponer la ley marcial, encarcelar a los dirigentes opositores, destituir a todos los alcaldes y, en septiembre de ese año, obtiene un mandato -vía referéndum- para reformar la Constitución. Visionario como siempre fue, Ferdinand eliminó esa insensatez de prohibir su reelección que estaba en ese momento presente en la Carta Magna. Demasiada presente está actividad de la guerrilla comunista y muy graves son los constantes descalabros de la ley y el orden en las grandes ciudades como para andar cambiando presidentes, ¡qué cosa! Y de ahí, a gobernar por decreto. 

La tiranía entró en decadencia al iniciar los años ochenta. En 1981, ante el creciente desapego de la opinión pública a su mal gobierno, Marcos levantó la ley marcial y consintió en celebrar elecciones legislativas. Poco después, en agosto de 1983, el jefe de la disidencia en el exilio, Benigno Aquino -que regresaba a Filipinas tras años de vivir en Estados Unidos- , fue asesinado a su llegada al aeropuerto de Manila. Ese crimen desencadenó una avalancha de acontecimientos entre los que destacaron como factores determinantes para la caída del sátrapa cosas como la inusitada pérdida del apoyo norteamericano, la no menos sorpresiva defección de la Iglesia Católica y, sobre todo, una ejemplar movilización ciudadana que supo utilizar muy bien la poco inspiradora imagen de la viuda del líder ultimado, Corazón Aquino. Pero de todo esto se han olvidado los filipinos o, de plano, no lo vivieron y su información sobre este ominoso período está tergiversada o es falsa. Por eso ahora será presidente el vástago del bonito matrimonio que conformaron Ferdinand e Imelda, quien lo primero que hizo al concretase su victoria fue visitar la tumba de su papi, donde declaró, muy orondo: “Estoy agradecido con el pueblo filipino por haberme dado esta aplastante victoria y con mi padre por  ser mi inspiración durante toda su vida y por enseñarme el valor y el significado del verdadero liderazgo”.

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