Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Kissinger y sus malas ideas

Henry Kissinger desde siempre ha sido objeto de grandes elogios por su visión de estadista internacional. Desde luego, no se puede evitar reconocer la brillantez y complejidad de este académico que en su momento fue asaz poderoso, pero también son muchos sus detractores. Uno de los más importantes fue Christopher Hitchens, quien, entre otras cosas, acusa a este personaje de haber alargado de manera artificial e innecesaria la guerra de Vietnam, de intervenir a favor del derrocamiento de Salvador Allende y de meter las manos las manos en conflictos como los de Chipre, Timor Oriental y Bangladesh. Hitchens señala a las pláticas secretas con el gobierno de Vietnam del Sur que acabaron con cualquier posibilidad de acuerdo entre las partes en conflicto previo a las elecciones de 1968, en las que resultó electo Nixon, y en las que Kissinger tuvo un papel fundamental. Ya con Nixon instalado en la Casa Blanca, Kissinger consolidó su influencia y la guerra en Indochina siguió su marcha durante al menos cinco años más porque el secretario de Estado manipuló para retardar el regreso definitivo de las tropas norteamericanas de cara a la elección de 1972. Este retraso provocó la muerte de veinte mil soldados estadounidenses e innumerables vietnamitas.  

Las cínicas y descarnadas visiones de política exterior de Kissinger empiezan a estar cada vez más defesadas en un mundo y en un tiempo que necesita establecer de una vez por todas límites claros a los excesos de la pretendida Realpolitik si es que queremos sobrevivir como especie. Y me parece que esto queda claro si analizamos la posición de Kissinger de cara al conflicto en Ucrania. En un artículo titulado “Cómo acabar la crisis en Ucrania”, el casi centenario ex diplomático afirma que “El debate público en Ucrania está centrado en la confrontación. Pero ¿sabemos hacia dónde estamos yendo? En mi vida, he visto cuatro guerras empezar con gran entusiasmo y apoyo público y no supimos cómo acabarlas (¡cinicazo!, digo yo) y en tres de ellas lo hicimos unilateralmente. Lo fundamental en política es saber cómo acabarlas, no cómo empezarlas”. Para Kissinger, si Ucrania quiere sobrevivir y desarrollarse debe ubicarse, de alguna manera, entre Rusia y Occidente, ser “puente entre los antiguos bloques”. Los ucranianos son un elemento decisivo. Viven en un país con una historia “compleja y políglota”, y afirma: “La parte occidental es mayoritariamente católica; el este, ampliamente ortodoxo ruso. El oeste habla ucraniano, el este habla sobre todo ruso. Cualquier intento de una parte de Ucrania por dominar a la otra conduciría a una guerra civil o a la ruptura. Tratar a Ucrania como parte de una confrontación Este-Oeste alejará durante décadas cualquier perspectiva de llevar a Rusia y a Occidente a un sistema internacional cooperativo”. Ucrania ha sido independiente sólo 23 años. Kissinger propone que “Ucrania elija libremente sus acuerdos, pero no debe unirse a la OTAN. También debería reconocer la soberanía de rusa sobre Crimea y remover cualquier ambigüedad sobre el estatus de la Flota del Mar Negro en Sebastopol”. Mas recientemente, durante su intervención en la conferencia de Davos, Kissinger sugirió a Ucrania ceder parte de su territorio en el Dombás para alcanzar un acuerdo de paz con Rusia.

Suena muy bien, de hecho como si se tratase del wishful thinking de un idealista que cree que todo se arreglará a base de buena voluntad. Pero un análisis más agudo (y, en el fondo, más realista) haría otro tipo de diagnostico, el cual sacaría como conclusión que tratar de apaciguar a Vladimir Putin a base de concesiones no traerá una paz duradera. Grandes peligros acechan al mundo si se recompensa la agresión de Putin, es decir, si consigue quedarse con la tierra que reclama por “derecho de conquista”. El presidente de Ucrania , Volodymir Zelensky, inmediatamente comparó esta idea con la política de apaciguamiento ante Hitler adoptada en la cumbre de Múnich de 1938:  “El señor Kissinger emerge del pasado profundo y dice que hay que dar un trozo de Ucrania a Rusia para que no quede marginada de Europa. Parece que el calendario del señor Kissinger no es el de 2022, sino el de 1938,”. Tiene razón Zelensky, la historia enseña sobre los peligros de complacer a los dictadores.

Ahora bien, es también es cierto que existen ingentes peligros si únicamente se sigue el instinto de tratar de acorralar a Putin. De hecho, crece cada día entre los europeos y algunos estadounidenses la idea de que es hora de buscar con Moscú establecer un alto el fuego y reanudar las conversaciones de paz. Algunos dicen que la guerra terminaría antes si a Putin se le construyera un “puente de plata” que le permita reclamar algún tipo de victoria en casa. Y es cierto, nadie quiere y a nadie conviene una guerra sin fin. Cuanto más dure más gente morirá, más hogares serán destruidos, más devastada quedará la economía de Ucrania y más peligrosamente se interrumpirá el suministro de granos al mundo en un momento donde se agrava la crisis alimentaria. Pero salvarle la cara a Putin de ninguna manera puede incluir cederle territorio ucraniano. Si eso sucede tarde o temprano Putin se vería tentado a intentar en el futuro un tercer bocado en Ucrania o reclamar tierra por derecho de conquista en cualquier otro lugar, como Georgia o Moldavia. Macron pide un futuro acuerdo de paz sin “humillación” para Rusia, pero también debe ser sin humillación para Ucrania. No se puede imponer ninguna solución a Ucrania sin el consentimiento de los ucranianos ni, por cierto, de los habitantes del propio Dombás. Contrario a lo que afirman algunos “expertos” internacionales (Kissinger entre ellos) no es nada seguro que la mayoría de los ruso parlantes que habitan en Ucrania quierna ser súbditos de un dictador como Putin. También es poco probable que Zelensky permanezca en el cargo si entrega preventivamente territorio en un vano intento de apaciguar a su vecino rapaz. Por todo esto no es casual que el sector anti ruso más duro incluya, además de al gobierno de Biden y al Reino Unido, a los países vecinos de Rusia: Polonia y los estados bálticos. Como declaró  primer ministro de Estonia, Kaja Kallas: “Es mucho más peligroso ceder ante Putin que provocarlo”.  

Y no solo cuenta el peligro intrínseco que posee la idea de cederle a Rusia territorios vecinos  por derecho de conquista, en contra de todas las disposiciones del derecho internacional. El mal ejemplo cundiría por todo el  mundo. Déspotas de por doquier sacarían como conclusión que el belicismo paga, siempre y cuando sepas insistir en ello con tenacidad y el tiempo suficiente. Frente al descontento en casa, buscarían la gloria marcial en el extranjero para distraer a sus gobernados, confiados en que cualquier rechazo del mundo democrático sería de corta duración. Por eso las democracias deben evitar permitir que Putin se salga con la suya.

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