Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Jugar a ser Dios

Hace muchos años, derrumbado el muro de Berlín, triunfante la democracia, creíamos —ingenuos— que los cultos a la personalidad serían, por siempre, suprimidos. ¡Cuán craso fue nuestro error! Es el siglo XXI y a lo largo de todo el orbe la aberración de deificar caudillos y tiranuelos ha vuelto, para gloria efímera de una chocante e imprevista nueva generación de dictadores.

Admitamos que la gente necesita entregarse a lo irracional. Arraigan los cultos a la personalidad por la férrea voluntad del pueblo de creer, a ultranza, en las cualidades extraordinarias de un “salvador”. De maneras sigilosas, pero inquebrantables, esta devoción pasa de ser un sentimiento espontáneo a un esperpéntico método legitimador de totalitarismos.

¿Cuáles son las cualidades indispensables para cuajar una adoración al caudillo intensa y duradera? El carisma, la elocuencia, la “inteligencia estratégica” dirían quienes saben. Pero ello no es necesariamente cierto. Influye más saber vincularse con las ansias místicas del pueblo, con sus fervores mágico-religiosos, sus ritos, devociones y prejuicios. Líderes con delirios mesiánicos como Juan Domingo Perón, Evo Morales, Rafael Correa, Hugo Chávez y, por supuesto, nuestro inefable Peje, tienen éxito gracias a estar dotados de ese atributo prodigioso.

En América Latina, crédula región, populismos pretendidamente “de izquierda” abusan sin escrúpulo alguno de la vocación religiosa de sus países. Nicolás Maduro se refiere a Chávez con expresiones como “fue un Cristo: hizo milagros en vida y con él la cruz recobró su símbolo antiimperialista”. El culto post mortem al comandante supone prácticas de santería a veces combinadas con celebraciones eucarísticas. Un fenómeno de santificación comparable al del gran ídolo de la mística populista latinoamericana: Eva Perón, “Santa Evita”, la “abanderada de los humildes”, “jefa espiritual de la Nación argentina”.

Nuestros caudillos saben construir una especie de “nexo místico” con el pueblo, y para ello ni siquiera es necesario contar con una personalidad arrolladora, tener una elocuencia extraordinaria y menos poseer “inteligencia estratégica”, y de ello es buena prueba nuestro Peje. Basta ser un demagogo lo suficientemente hábil y sensible capaz de entender y manipular las enraizadas inclinaciones místico-religiosas de los gobernados.

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¿Y el buen gobierno? ¡Pamplinas! Importa sólo la tremenda necesidad de creer en “alguien”, más que en “algo”. La gente perdona la falta de solidez en las ideas y propuestas si el caudillo logra arrogarse un halo mítico. Hagan lo que hagan, digan lo que digan, pese a la palmaria incompetencia de sus gobiernos, los Mesías se ven consagrados de infalibilidad. Sus seguidores nada le cuestionan, toda insensatez se justifica, todo absurdo es racionalizado porque lo primordial importante es el voluntarismo mágico del líder, no esa entelequia de las “políticas públicas”. ¿A quién le importa cómo echar a andar la economía, transformar las instituciones o plantarse con realismo ante los retos del mundo actual? Lo esencial es personificar la inmarcesible esperanza, ¡ah! y señalar el mal. ¡Eso! El caudillo posee el monopolio de la autoridad moral porque, al encarnar al Pueblo, solo él es bueno y justo. Promete infatigable, pontifica, denuncia al mal con dedo flamígero. Si sus alegatos mesiánicos no resuelven problemas ni dan salidas, si la voluntad inmaculada no conduce a ninguna parte, eso es lo de menos. ¡Tenemos a un Iluminado!

En México el culto oficial al presidente no es nuevo. La lambisconería al “Jefe de la Nación” era elemento consustancial al régimen priista. El Señor Presidente era Norte y guía, ser y deber ser, guardián infatigable de las instituciones, intocable para la crítica y objeto de las más abyectas adulaciones. ¿Por qué ahora, triste tiempo de restauraciones autoritarias, habría de sorprendernos el nuevo apogeo de los sicofantes? Viene al caso recordar aquella ocasión cuando el —a la sazón— gobernador de Campeche, un tal Carlos Sansores Pérez, ató las agujetas de un zapato de Luis Echeverría, “no se vaya usted a tropezar, señor Presidente”, aclaró el servil mientras lo hacía.

Hoy vuelve por sus fueros el omnímodo presidencialismo de antaño; por eso no es inaudito escuchar de los labios rellenos de colágeno de Layda Sansores (digna hija de su padre) comentarios como “líderes como usted nacen uno cada cien años, señor Presidente”, ni al rastrero profesional de Alejandro Rojas Díaz-Durán proponer el cambio de nombre del estado natal del primer mandatario como “Tabasco de López Obrador”. Más bien es asunto de irse reacostumbrando.

Pero con Andrés Manuel López Obrador el asunto de ser líder de culto tiene, además de la añoranza presidencialista, el agravante de tratarse de un personaje dueño de una tenaz vocación de predicador. Esto de poseer cualidades de predicador ha estado presente en el culto a la personalidad de varios caudillos del Tercer Mundo obsesionados, además de con su paso a la “Historia”, con la “correcta” educación del pueblo y con guiar a la gente en los terrenos no solo políticos, sino también en los morales y personales. El Peje ha escrito y hablado de “construir una fraternidad universal, más humana y espiritual con todos los pueblos del mundo”, de edificar “aquí en la tierra, el reino de la justicia”, para “poder vivir sin pobreza, miedos, temores, discriminación y racismo”. El factor moralino es consustancial a su estilo de gobierno y a la impresión que quiere dejar en “La Historia”. “Viva el amor al prójimo”, gritó en un Zócalo desolado quien insulta adversarios y propala el discurso de odio todas las mañanas. Un Zócalo que el Sr. Presidente añora atiborrado de feligreses, perseverante en su idolatría al caudillo, “milenario” (diría él) en su historia. Le urge dirigirse al sagrado Pueblo, su espejo indefinido e indefinible al cual, a un tiempo, adula y representa, para volver a endilgarle su perpetuo sermón.

Como buen megalómano, López Obrador cree cumplir una gesta histórica, aspira a la creación de un tiempo nuevo, a presidir una etapa de regeneración imbuido en el fervor cuasi divino de hacer un mundo a su imagen y semejanza. Pero tras esta aparente munificencia el narcisista solo puede ofrecer miseria moral y una alarmante indigencia intelectual.

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