Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

¿Por qué vale (mucho) la pena leer “Así suele ser la vida…” de José Woldenberg?

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En Los límites de la interpretación, Umberto Eco distingue entre la intención del autor al escribir un texto, la intención del lector y la intención del texto. El primero implica el objetivo del autor para lograr un lector modelo que puede asir la obra mediante lecturas múltiples, el segundo comprende la motivación con la que el lector se acerca a la obra (y naturalmente su preparación para disfrutarla); el tercero es la vitalidad del texto, que cobra vida propia y se aleja del autor, precisamente, para suscitar las posibilidades ante dichas.

El libro que comentaré tiene el sello de Cal y Arena, se llama Así suele ser la vida. Micro Homenajes y lo escribió José Woldenberg. Andaré sobre esas tres coordenadas antedichas que no expondré de manera esquemática:

El estilo narrativo del autor es la remembranza, ubicada en el espacio temporal de los últimos cincuenta años, sobre todo en México. Con calidez y sobriedad traza esbozos biográficos, en donde lo personal se funde con la obra y por ello cada texto habla por sí mismo, con la doble virtud de que compendiados en libro, es decir, leídos en conjunto, Woldenberg logra construir su propio universo (que es lo que pretende siempre un escritor). El libro recuerda un puñado de experiencias, ideas y sensaciones de parte de una generación que transcurrió a caballo entre el país del régimen autoritario y su transición democrática y por eso, aunque se trate de una evocación personal y por ello inevitablemente sesgada Así suele ser la vida… nos invita a la máquina del tiempo para situarnos en un fragmento de la historia o en un referente que da idea de la magnitud de las transformaciones ocurridas desde finales de los sesentas a la actualidad.

Dije antes que este libro integra varios textos, ahora preciso: son 47 y fueron publicados en el diario Reforma, “Correo del sur” (un suplemento de La Jornada de Morelos) y Nexos, entre otros medios, además de pláticas y conferencias que el autor impartió en los más recientes años y eso implica una forma de leer el libro, incluso sin orden cronológico o temático (como desee el lector); también dije que en conjunto Woldenberg construye un universo y preciso más: es el registro de circunstancias históricas que dieron sentido a esfuerzos personales del mismo modo que tales esfuerzos fueron relevantes en la modificación de las circunstancias políticas, culturales –sobre todo literarias y cinematográficas– que entonces dieron identidad al mundo –no exagero– desde finales de los ochenta del siglo pasado hasta principios del presente (me hicieron falta al menos menciones musicales de esos años –ese es un asunto mío, entiendo– pero encontrarán una entretenida travesía por los rumbos de Avándaro durante el memorable festival, y entre las expectativas juveniles de la época verán surgir la figura de José Joaquín Blanco, sin duda, uno de los grandes cronistas mexicanos).

También dice Eco en Confesiones de un joven novelista: “La narrativa está gobernada por la norma latina ‘Reme tene, verba sequentur” (es decir, “si dominas el tema, las palabras vendrán solas”). Entonces, en “Así suele ser la vida…” Woldenberg trasciende sus propias evocaciones por lo que podemos sostener que la integración de los textos da la intención al libro visto en conjunto, comprende un mundo narrativo, sitúa contextos históricos y procesos políticos, reiteradamente la transición democrática, entre los afanes liberadores (y festivos sin duda, como acotara Luis González de Alba) del movimiento estudiantil de 1968, la reforma política de 1977, la creación del Instituto Federal Electoral (ahora INE) y la sociedad diversa y heterogénea desde la que continúa el proceso democrático. Woldenberg comprende como pocos todos esos temas (más allá de que difiera con su opinión respecto a que el movimiento estudiantil de 1986-87, el del CEU, sea un episodio triste de la izquierda mexicana).

MLT

Hubo una vez en que, al menos en algunos reductos de la izquierda, la democracia fue vista como un fin (y no un medio para la toma del poder de una sola clase) y una forma civilizada de procesar las diferencias con el otro, lo cual le implicó a esa izquierda tomar distancia de la óptica totalitaria de los partidos de ese corte ideológico, en particular el PCUS y su decisión implacable de invadir Praga. Arnoldo Martínez Verdugo fue una pieza clave para cincelar esas convicciones, junto con Adolfo Sánchez Rebolledo y los profesores Carlos Pereyra y Arnaldo Córdova. Esas personas, y otras como Jorge Carpizo para comprender el presidencialismo y la necesidad de acotarlo o Alonso Lujambio y Juan Molinar, entre otros, para apreciar los eslabones centrales de la transición democrática, nos remiten invariablemente a obras, vale decir, libros, por ello Así suele ser… es también una guía para emprender otras lecturas y a otras personalidades de la historia como a Nelson Mandela (ese texto espléndido nos lleva a una frase contundente de Tzvetan Todorov: “Odiar al enemigo no ayuda a vencerlo, sino que destruye tu propia identidad”).

Leer el libro de Woldenberg me incentivó a leer o releer otros tantos: de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, Eraclio Zepeda y, por supuesto, Zaid y José María Pérez-Gay. A mí me gusta el cine pero mi preparación es menos que la de un aficionado, por eso creo que los recuerdos del autor en las que más me sumergí para entender y así disfrutar fue en las que alude al cine. Recomiendo su referencia a Bernardo Bertolucci y sus reseñas de “El Último tango en París” (1976) –que fue asumida por la ultra izquierda universitaria de entonces como una cinta decadente y pequeñoburguesa– y “Belleza robada”, otra lente con la que el director miró las relaciones de pareja, 20 años después; también está “Cazals”, Alfredo Joskowicz y la nota “El cine es mejor que la vida”.

A José Woldenberg lo conocí hace unos 30 años, durante el movimiento estudiantil del CEU –en ese entonces y con ese tema tuvimos muy marcadas diferencias, pero aún así aprendí como hasta ahora que ha pasado tanto tiempo; incluso las diferencias de ese entonces se sustentaron en lo que, ahora entiendo, fueron equivocaciones mías. Tiene varios años que no platicamos, la más reciente ocasión en que lo vi fue hace unos seis años durante una de las sesiones del Instituto de la Transición Democrática del que forma parte (en un tiempo fue su presidente), pero siempre lo leo, su labor intelectual es un referente indispensable para mí (entre otras cosas por eso casi puedo decir que este libro del que hablo lo leí dos veces). Todavía tengo conmigo su paciencia para persuadirnos, a mí junto a otros estudiantes universitarios, de que no éramos el epicentro de la transformación del país y menos la única opción sino apenas un pequeño fragmento de la pluralidad de la Universidad y el país (ahora que recuerdo su rostro alcanzo a notar –o eso quiero notar, quién sabe– un dejo de ternura hacia nosotros). Como sea, quiero dejar registro de que esta reseña también está suscitada por la gratitud que siento por su obra y por el orgullo de ver que, a través de todos estos años, José Woldenberg es, y hay momentos en que me parece que sobre todo, un escritor.

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