Santiago Marelli

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Jorge Luis Borges y los medios

Pese a que es uno de los más grandes escritores del siglo 20, cada vez que se habla de Borges se alude, fundamentalmente, al personaje público, no al autor de cuentos, ensayos y poemas inolvidables. Era convocado asiduamente por los medios no para hablar de la razón de ser de su vida, la literatura; sino para que disparara –o disparatara- frases nacidas de esa cantera que tanto explotó: el surrealismo de la infamia. Esta nota se interna en ese jardín donde se bifurcaron los caminos del escritor y del hombre mediático.

LA TELEVISIÓN

El 20 de julio de 1969, Jorge Luis Borges con su mujer, Elsa Astete Millán, sintió algo que en circunstancias normales hubiera sido imposible: la televisión ejercía sobre él, en esos momentos, una atracción más fuerte que los libros. Dos hombres estaban caminando sobre la superficie lunar. Borges le había dedicado poemas a la luna que vio el primer Adán, a la luna sangrienta de Quevedo, y veía en ella la morada del sueño y lo inasible. La llegada del Apolo 11 fue vivida por él como una felicidad personal, un hecho íntimo, la confirmación que la imaginación muchas veces puede ser profética. Años después, diría:

“Ahora, por razones políticas, es decir, circunstanciales y efímeras, la gente tiende a disminuir la importancia de esa hazaña que, para mí, es la hazaña capital de nuestro siglo. Y absurdamente se ha comparado el descubrimiento de la Luna con el descubrimiento de América.”

Pero además de ser espectador, muchas veces fue buscado por las cámaras de televisión. Muy pocas veces se recurría a él para hablar de literatura, más bien se lo invitaba a los estudios a la espera de sus boutades, sus bromas refinadamente crueles, sus ironías muchas veces sangrientas. Ese Borges ya famoso con el bastón bajo los puños y la mirada extraviada en un eterno vacío caviloso, era frecuente partenaire de conductores televisivos que raramente se habían tomado el trabajo de leer siquiera uno solo de sus cuentos.

En una ocasión concurrió a un programa de tangos, consistente en distintos recitales que se iban sucediendo a lo largo de dos horas, con un público de notables distribuidos en mesas a las que se acercaba el conductor para entrevistar a los invitados, entre actuación y actuación. En los años 80, uno de los invitados fue Jorge Luis Borges. Una cantante decidió dedicarle “Uno”, el tema de Mores y Discépolo. Cuando se le preguntó qué le parecía ese tango, Borges observó que era del todo vano el intento de hacer rimar esperanza  con ansias . Más tarde, se anunció una canción con letra de un poeta del que Borges dijo ser amigo. La letra de la canción habla de una divina criatura musical, a la que el poeta llama “ardiente rosa de mi rosal”. Cuando le acercaron el micrófono a Borges, no disimuló su indignación “Pero ¡esto es una infamia!” -clamó indignado-. “ León Benarós no puede haber escrito eso”. “Aunque” –añadió-, “desde que el letrista se hizo peronista, todo es posible”.

Borges no solo aparecía en televisión por deliberación de los productores, sino también porque el azar se confabulaba para que los televidentes pudieran disfrutar siquiera un destello de su genio. Tras el asalto de un banco, los canales se constituyeron en el lugar del hecho, y allí lo encontraron a Borges, quien había ido a pagar una factura. Apenas tenía noticia del episodio policial del que involuntariamente había sido parte, pero creyó la ocasión propicia para explicar al notero los méritos y riesgos que entraña la literatura policial.

La televisión también recurrió a los textos de Borges, para adaptarlos en unitarios o miniseries. En 1993, la segunda cadena de Televisión española, en coproducción con la BBC británica y las productoras Cineteve de Francia e Iberoamérica Films de Argentina, llevó a la pantalla seis relatos de Jorge Luis Borges, dirigidos por los españoles Carlos Saura, Jaime Chávarri y Gerardo Vera; el argentino Hector Olivera; el francés Benoit Jaequot y el británico Alex Cox.

En los años 2012/2013, la Televisión Pública Argentina y la Biblioteca Nacional, encomendaron al escritor Ricardo Piglia, para que hiciera un ciclo semanal dedicado a Jorge Luis Borges y su obra. De esa manera, la teleaudiencia argentina, lo sábados, en horario central, pudo asistir a clases en las que la claridad no estaba enemistada con la profundidad, y en los que se sucedían cuestiones que mucho ayudaban a alumbrar la obra borgeana, por ejemplo: “¿Por qué Borges es un buen escritor?”, “Memoria y violencia en Borges”, “Historia y política en Borges”, “La biblioteca y el lector en Borges”, y otras llaves para ingresar a ese universo fascinante.

La televisión ha recorrido todo el arco de posibilidades en su acercamiento a Borges: desde la frivolidad al refinamiento. La manera en que ha sido tratada su propia figura, podría haber inspirado a Borges esta reflexión:

“No hay razón para considerar que la radio o la televisión sean buenas o malas. Todo depende de lo que se comunique, del uso que se haga de esos medios. Posiblemente la imprenta haya hecho un mal al multiplicar el número de libros. La gente tiene tal deseo de leer libros nuevos que no lee los viejos…y tampoco los nuevos, porque inmediatamente los tapan otros. No, me figuro que no podemos hablar mal contra un medio de comunicación”.

EL PERIODISMO GRÁFICO

Borges fundó las revistas literarias “Prisma” y “Proa”, fue uno de los encargados de la “Revista Multicolor de los Sábados” del diario “Crítica”, donde escribía artículos deliberadamente pintorescos y destinados al gran público –el diario llegó a vender 900.000 ejemplares-, y asiduo colaborador de la revista de moda y costumbres “El Hogar”; también escribió con regularidad para una docena de publicaciones periódicas, entre ellas La Prensa, Nosotros, Inicial, Criterio y Síntesis, además de otras excentricidades como “textos para noticieros y una revista pseudocientífica llamada Urbe, órgano promocional de un sistema de subterráneos privado de Buenos Aires”. Pero su más sostenida colaboración con un medio fue con la revista Sur, allí escribió desde 1931 a 1980, ocupando uno de los cargos del Consejo de Dirección de la revista. Su directora, Victoria Ocampo, apeló a Borges, cuando éste tenía 32 años, porque con él “era tener en mano un as de triunfo, un futuro pasaporte que nos daría acceso a la alta sociedad literaria contemporánea”. Allí Borges publicó muchos de sus textos, traducciones, tramas de cuentos que nunca publicaría y ejerció la crítica literaria y cinematográfica.

El 9 de setiembre de 1933, Jorge Luis Borges dedicó un artículo en el diario Crítica a Charles Chaplin, a quien admiraba por ayudar a prolongar la infancia, a creer que todo, fábula o evidencia, es realidad. Veía en Carlitos alguien capaz de dar vuelta la baraja de lo cierto y lo posible, lo sublime y lo grotesco, de habitar los dos lados de la estrella, y saber que sólo son absolutamente desgraciados los que no sienten cuándo es la sonrisa y cuándo la lágrima. Lo que escribió sobre Chaplin, era la manera en que Borges creía debía ejercerse el llamado periodismo cultural:

Charles Chaplin en “El Chico” (The Kid), 1921

“Chaplin es el artista más humano de nuestro tiempo. Es él y su caricatura. Lo que nos ha sucedido, lo que nos puede suceder, lo que nos debía suceder, ya lo sabemos. Ni agresivo ni grosero ni melodramático ni festivo. Carlitos es real en la cena hipotética de La quimera del oro, cuya Danza de los Panes no tiene, sin duda, equivalente. El bello es casi siempre tonto, como el feo casi siempre inteligente. El pobre, casi siempre bueno; como el rico, casi siempre egoísta. Nunca se es completamente feliz. Siempre nos suele traicionar un gesto, una caída lamentable, un resbalón cualquiera. Contra la solemnidad y contra la crueldad. Con tan escasos elementos trabaja el más grande artista del mundo. Pero siempre con un telón de fondo, que es el camino. El camino que va a cualquier parte. Y que nos salva. El camino que continúa como la vida y la muerte.

Acaso el hombrecito de la Chaplin´s Troupe, que heredó los zapatones del caballerizo no dé ninguna importancia a su arte. Acaso él sabe que sólo prolonga en la tela el transcurrir cotidiano, pobre relato en el misterio de la vida y la muerte. Y lo terrible del desencuentro, como aquellos dos desgraciados que están aquellos dos desgraciados que están de pronto separados por lo infinito de una puerta de Montepío. ¿Estuvo Carlitos en Buenos Aires haciendo en un teatro de variedad la pantomima del Tingel-Tangel? ¡Pero está aquí con nosotros, está en nosotros! Está, como nosotros dentro del Tingel-Tangel, esta universal pantomima que contagia a todos el irremediable baile, en tobogán de un destino irremediable. Carlitos sabe que la civilización ha complicado y entristecido la vida del hombre. Los precios, las fronteras, las costumbres, el límite a la libertad, las prohibiciones y las condenas. Carlitos sabe que hay un policía que es nuestro enemigo, un patrón que es nuestro enemigo y un comerciante que es nuestro enemigo. Carlitos es un subversivo. Por eso Lenin confesó que quería conocerlo personalmente.”

BORGES Y EL FÚTBOL

Argentina es uno de los países con más hinchas de fútbol por metro cuadrado, y durante los Mundiales, el país se cierra por fútbol. Cada cuatro años, los periodistas montaban guardia en la entrada del edificio de departamentos donde vivía Jorge Luis Borges, para arrancarle declaraciones sobre ese acontecimiento mundial que sacudía profundamente a sus compatriotas, y que a él le resultaba completamente indiferente.

“El fútbol es popular porque la estupidez es popular. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”, decía, hundiendo la estocada hasta el fondo de la sensibilidad patria. Se lo podía ver, ante cámara, decir pausadamente, con inalterada voz: “El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte, pero no es así. La idea de que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible”, y a contrapelo del más arraigado sentido común agregaba ganándose la enemistad de las hinchadas: “El fútbol en sí no le interesa a nadie. Nunca la gente dice ‘qué linda tarde pasé, qué lindo partido vi aunque haya perdido mi equipo’. No lo dice porque lo único que interesa es el resultado final. La gente no disfruta del juego”.

En una entrevista publicada por el diario La Razón, Borges contó: “A la cancha fui una vez, y fue suficiente. Me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim (novelista y director uruguayo). Jugaban Uruguay y Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensábamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo alguien me dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle yo le dije a Amorim: ‘Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz’. Y Amorim me dijo: ‘Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted’. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol”.

BORGES Y EL OTRO

Había un Borges que se demoraba, acaso mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; que le gustaban los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson, y que escribió algunos cuentos y poemas que dieron esplendor a nuestra lengua. Y había otro Borges al que, como él mismo dice, “le ocurrían cosas” o, mejor dicho, decía ciertas cosas que escaldaban, indignaban o daban tristeza. Un Borges que jugaba en la adultez los juegos que no se permitió jugar de niños. Confesó en una oportunidad:

“Yo jugaba muy poco. Era mi hermana Norah, la pintora, la que me sugería trepar al molino de casa o explorar los techos. Yo era muy tímido, muy quieto, muy miope. Bastante distinto de mis antepasados. Bastante distinto, por cierto”.

El escritor y periodista Rodolfo Braceli –autor de “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo”-, quizá el que más entrevistas le hizo a Jorge Luis Borges, interpreta:

“¿Y cómo se las arregló para compensar retroactivamente eso que no hizo a su debido tiempo? Muy simple: dándole la batuta de su personalidad a un Borges que, como diría una madre de barrio, eligió el mal camino. Para andar ese mal camino se prestó muy gustoso a los azares de cientos de reportajes. Mediante ellos hizo de adulto lo que no hizo de niño”.

Pero ya no jugaba con la candidez de un niño, sino con una crueldad a destiempo, y dijo:

“Por supuesto que resultan insoportables los negros… no me desdigo de lo que tantas veces afirmé: los norteamericanos cometieron un grave error al educarlos; como esclavos eran como chicos, eran más felices y menos molestos”

Y dijo:

“¿Vasco? Yo no entiendo cómo alguien puede sentirse orgulloso de ser vasco… Los vascos me parecen más inservibles que los negros y fíjese que los negros no han servido para otra cosa que para ser esclavos”

Y dijo:

“¿Latinoamérica? ¿Qué es esto? Latinoamérica es una superstición, y la literatura latinoamericana otra superstición. ¿Cómo va a existir literatura latinoamericana si Latinoamérica no existe?”

Y dijo:

“Federico García Lorca me parece un poeta de utilería, era un andaluz profesional…ciertamente la muerte lo favoreció…creo que en definitiva sólo sirvió para que Machado escribiera un poema admirable.

Podríamos seguir interminablemente con esas demoledoras y vitriólicas sentencias, pero sería una crueldad simétrica a la suya seguir chapaleando en ese lodazal que, seguramente no le enorgullecería haber pisado, y que, de alguna manera, está en el substratum de su frase: “Uno es artesano de su propia desdicha”.

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Borges construyó –o dejó que se construyera con él-, un personaje mediático vaciado del misterio y la riqueza de los que se nutría su creación. Ese empobrecimiento es el que suelen producir los medios que todo lo banalizan y simplifican, y que se erigen, vanidosamente, en espejos de la sociedad –vale recordar el horror de los espejos que sentía Borges-. Si uno quiere rastrear las huellas más valiosas que dejó Borges en los medios, deberá acercarse a sus notas en diarios y revistas, allí despunta el gran escritor que siempre fue, recordándonos que en ningún otro lado que en su literatura podremos encontrar el Borges esencial.

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