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Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

“Joker”, cuando la sociedad crea a sus monstruos

¿Por qué “Joker” ganó el León de Oro del Festival de Venecia? La cinta es un producto redondo, pero sobresale por su narrativa y significado: es una película inteligente que reta al espectador, que le obliga a pensar en los cotidianos que suele preferir ignorar.

La película de Todd Phillips hace recordar una línea de “At first sight” (Irwin Winkler, 1999), cuando Virgil, quien acaba de recuperar la vista, pregunta por qué la gente ignora a los menesterosos en la calle, la respuesta es que la gente decide no ver ciertas cosas, tienen ceguera selectiva.

Phillips ha dicho que una de las influencias de “Joker” es “The Man Who Laughs” (Paul Leni, 1928) y se nota: la cinta expone la ceguera general frente a las enfermedades mentales y la existencia de una cultura del bullying que algunos torpemente insisten en disculpar o en subestimar su gravedad. Si bien otra de las referencias de Phillips fue “The Killing Joke” (Moore y Bolland, 1988), el director refuta una tesis planteada por el “Joker” en ese cómic: para volverse loco (delincuente o psicópata) no basta un mal día, el vaso se derrama por una gota, pero se llenó porque constantemente cayeron gotas previas.

Aunque “The Dark Knight Rises” (Christopher Nolan, 2012) y “Joker” comparten temas, la visión de Nolan es crítica con la masa de los indignados (de los que sugiere que son manipulados por demagogos), mientras que la obra de Phillips desvela detonantes que, si bien no justifican a los anarquistas o reclamantes violentos, explican la furia y venganza de los participantes en disturbios y manifestaciones delictivas.

Un mensaje central de “Joker” es que la sociedad crea a sus monstruos. La colectividad agrede a los débiles y diferentes, sin esperar que los afectados reaccionen. Se parecen al sujeto abusivo que patea a un perro y luego se indigna porque el animal le arranca una pierna, harto de tanto maltrato. La comunidad se comporta igual: se hace la sorprendida cuando alguno de sus miembros contesta a las lesiones de su dignidad. Esa actitud de pasmo es esencialmente estúpida: hasta un animal, cuya especie ha sido condicionada a la sumisión por milenios, contraataca cuando siente peligro. No sólo la biología indica esa consecuencia, la física clásica enseña que a toda acción corresponde una reacción de la misma magnitud, pero en sentido inverso.

Correspondencia. La palabra clave es esa. Los detentadores del poder asumen que sus destinatarios sólo sufrirán resignadamente la dominación de sus señores. Las guillotinas demuestran que eso no es verdad: la masa resentida y vengativa lo es porque tiene rencores que no son gratuitos, lo que no implica que siempre sean racionales o justos.

Un aspecto a resaltar en “Joker” es que la mayoría de los personajes principales no son bondadosos: tienen cierto grado de maldad, unos más otros menos, pero ninguno corresponde al estereotipo maniqueo de las películas superheróicas, en esta cinta son seres tridimensionales, realistas. Vale señalar la personalidad de Thomas Wayne, que es muy distinta a las presentadas en otras encarnaciones cinematográficas.

Entre las críticas, el lugar común es destacar la actuación de Joaquin Phoenix. Su interpretación es soberbia, el actor es un camaleón y es enorme su compromiso para apropiarse de las características del personaje que despliega. Quien ha conocido o tratado personas con enfermedades mentales, sabe que las sonrisas, miradas perdidas con dejos de ternura, la vulnerabilidad seguida de la desesperación o furia, son propias de sus casos. Con Phoenix, la vivencia del espectador no se limita a presenciar a un actor supremo personificando a un enfermo mental, sino que pareciera que el director filmó a una persona que realmente tuviera esos padecimientos. Afirmar que Phoenix actúa genial es insuficiente, él se vuelve Arthur Fleck, de una forma que supera a la de gigantes de la actuación de método, como el retirado Daniel Day-Lewis.

Robert De Niro también hace una actuación sobresaliente, de las que merecen estatuilla. La calidad que presenta en este trabajo no ha sido tan referida por la crítica porque Phoenix deslumbra, pero su papel de reparto, de soporte, llena el espacio cada vez que aparece a cuadro. La evolución de Joker en esta película no se entiende sin la presencia de Murray Franklin, el presentador televisivo que encarna De Niro.

La producción de “Joker” juega con pequeños detalles para profundizar la inmersión en el principio de los años ochenta. No sólo son los escenarios, los vehículos, las tonalidades de la fotografía, sino hasta el uso del viejo logotipo de Warner y una tipografía de créditos que recuerda a las cintas de ese tiempo. Las escenas de ciudad son sobresalientes, destacando la suciedad depresiva de la década, con el vandalismo del equipamiento urbano, la desesperanza depresiva y el desencanto económico de una época en que ya se había asentado la idea de que el gobierno no lo puede todo.

De una forma muy inteligente y elegante, Phillips deja ver las consecuencias terribles de los recortes en servicios sociales, así como de la mala calidad y atención de estos. No hay exageración en decir que Joker es hijo de la pobreza, el mal gobierno y una sociedad carente de empatía, tres rasgos que se recrudecieron a partir de los años ochenta en Estados Unidos. El villano de esta historia es como el perrito pateado que se describió en los párrafos previos, su violencia nace literalmente de la legítima defensa frente a la agresión que influyentes hacen de las mujeres, pobres y diferentes. Joker transita de repeler golpizas a la violencia revanchista, para terminar con el asesinato simbólico. Su ascenso como líder recuerda al de “Chance en Being There” (Hal Ashby, 1979): es el sujeto exaltado por la masa indignada y resentida, cuya nueva posición no deriva de un plan maquinado y maquiavélico, sino de la casualidad de un tipo con suerte. De hecho, en Joker aún no existe el genio criminal que efectúa actos de locura que no pueden combatir las inteligencias más cuerdas. El desquicio de Ciudad Gótica no obedece a un plan maestro, sino a la sorpresa de una urbe gobernada por incompetentes y habitada por miserables, que nada en un lago de gasolina creciente, que sólo espera un cerillazo para arder y explotar. La transformación de Fleck en Joker es el detonante del caos que había estado contenido, él es la bandera del movimiento, más no el abanderado, sólo funciona como la última pieza de una hilera de fichas de dominó que la comunidad fue acomodando con su maldad contra los otros.

“Joker” no es una historia de Batman, aunque los Wayne estén presentes. En todo caso, la vida de los Wayne es una historia subordinada en la narración de la transformación de Arthur Fleck de sujeto productivo y social a un peligro para la comunidad. A pesar de sus orígenes y circunstancias, Fleck trabaja, cuida a su anciana madre enferma y trata de hacer una vida conforme a las pautas de una sociedad que no lo acepta ni entiende: es pobre, no lumpen; tiene pocas habilidades, no es vago; es discapacitado, no un parásito. Debe reiterarse, como en las redondillas de Sor Juana, el Joker es el coco que una sociedad infantilizada pone y luego se asusta de su existencia.

He escuchado a algunos críticos que han llamado “peligrosa” a Joker. Por caridad no voy a mencionar sus nombres, porque sus afirmaciones son propias de estúpidos, gazmoños (que son otra forma de estúpidos) o de ignorantes. Cualquier obra poderosa puede servir de detonante para conductas antisociales, desde un cuento de Sade hasta “La Naranja Mecánica” (Kubrick, 1971). Imitadores e inspirados siempre hay (e igual se ponen máscaras de Guy Fawkes que de Salvador Dalí), ellos siempre encontrarán un pretexto para dañar y destruir. Precisamente Joker desenmascara esa forma de actuación, al hacer los indignados su poster monster de un enfermo mental. Los símbolos son creados por la necesidad de los humanos de trascender, por eso Christopher Nolan resalta su carácter indestructible en The Dark Knight Rises en 2012, pretender borrarlos u ocultarlos es una acción inútil e idiota. Quizá la única acción que puede despojarles de su carácter simbólico es transparentarlos, discutirlos, ventilarlos, conducta precisamente opuesta a la censura.

¿”Joker” recuerda a “Taxi Driver” (Scorsese, 1976)? Por supuesto y también a “La Naranja Mecánica”. No obstante, el parecido concluye en que estas inspiran a aquellas. Si bien Travis Bickle es un inestable mental, cuenta con formación militar y es un antihéroe. Por su parte, Alex y Arthur Fleck no se parecen en motivaciones ni destino: uno sale a la calle a golpear gente por gusto, el otro se vuelve violento como respuesta al abuso constante y el tratamiento Ludovico es precisamente lo opuesto a lo que recibe Fleck, la sociedad representada en Joker no invierte en tratamientos experimentales, porque ni siquiera gasta en lo servicios fundamentales.

Un tema recurrente ha sido el de cuál es es mejor Joker, lo que es un falso dilema: así como Heath Ledger presentó un Joker completo, el de Joaquin Phoenix es uno en proceso. No pueden calificarse que uno sea mejor que el otro, de la misma manera que no puede decirse que Picasso sea mejor que Rembrandt o que el punk sea mejor que el grunge (o que el merlot es mejor que el pinot noir), habrá casos específicos donde una cosas destaquen sobre otras, nada más.

En suma, “Joker” es una obra maestra, por su concepto, dirección, actuaciones y mensaje. Más allá del deleite de una película superior, la cinta debería motivarnos a reflexionar sobre las consecuencia de las malas políticas, el bullying y la indiferencia frente al dolor ajeno, para así adoptar conductas que hagan a la humanidad merecedora de ese nombre, en lugar de que esa denominación sea una broma sangrienta, una broma mortal.

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