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Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

John Ackerman o el loco de Angora de la 4T

I never never want to go home, because I haven’t got one. 
Steven Morrissey y Johnny Marr.

¿Cuánto nos cuesta que John Ackerman emita discursos de odio en las redes sociales y medios? Más de 150 mil pesos mensuales de recursos públicos, ese es el precio que el obradorismo desembolsa para que su vocero informal califique de sicarios a la reporteros independientes del gobierno.

Y si es nefasto que nuestros impuestos se gasten en propaganda gubernamental, lo más chocante es su mal gusto. Hay una palabra para definir lo que hace el autor de la frase “el presidente es un científico”: kitsch. La narrativa de Ackerman es pretenciosa, vulgar e infantiloide.

De nada sirven las defensas ridículas que senadores o plagiarios hacen de las talegas del binomio Ackerman-Sandoval: aun con sus datos, resulta increíble que dos académicos —en este país— puedan comprar inmuebles cada 18 meses. Ya no se diga para tener un chalet de dos mil metros cuadrados donde tomar las aguas. En su frustración por verse exhibido, el dos veces doctor recurre a la vendetta chafa: comparar un atentado del crimen organizado con una pieza periodística que lo puso en ridículo.

Alguien que conoce muy bien a Ackerman quiso disculparlo conmigo: “es que es muy apasionado”. Mala excusa, sin duda John es intensito, pero eso no valida su percepción distorsionada de la realidad, donde exige a los periodistas que se plieguen al movimiento, endilga cualidades inexistentes al presidente o tacha de enemigos del régimen a quienes osan no laudar al objeto de sus pasiones. Sí: objeto, el estadounidense cosifica a López, como si el presidente fuera una reliquia para venerarse. En su demencia, se siente el campeón de la fe pejista y, por ende, inquisidor de las herejías contra la 4T.

Sí: John Ackerman se siente el Parsifal de Filadelfia.

El último apóstata de su lista fue Ricardo Monreal, por el pecado de aceptar una entrevista con Carlos Loret y aceptar que hay cosas en las que el periodista tiene razón. Cual Manes, Ackerman divide las manzanas buenas de las malas y pidió que el senador dejara de coordinar la fracción de Morena en la cámara alta. ¿Quién es John para exigir dimisiones o relevos en el Legislativo? ¿Quién lo nombró el Jeremías de las tribus de Manuel? ¿No se supone que es un analista tan neutral, que por eso está en el Comité Técnico evaluador para seleccionar aspirantes a consejeros del INE? ¿Su militancia negada ahora es cinismo rampante?

Si Ackerman es ridículo, la dirigencia de su partido es patética. ¿Dónde están Alfonso Ramírez Cuéllar y Héctor Díaz Polanco? En la baba, como ceros a la izquierda: uno proponiendo impuestos tontos y el otro haciendo inquisición selectiva. Como si ese par estuviera pintado en la pared, el “no militante” se arrogó las facultades del CEN y del órgano disciplinario de Morena. Tuvieron más dignidad los senadores de su partido, que cuestionaron que Ackerman pretendiera intervenir en la vida interna de su instituto político. Pero no hay loco que coma lumbre: tanta prepotencia y atrevimiento tiene el aval del presidente López Obrador, quien tiene de floreros a los funcionarios de su partido, pero habilita a propios para encomiendas específicas.

No obstante, entre el berrinche contra Monreal y este domingo 28 de junio, algo pasó en Palacio. El capital político de Ackerman no le alcanzó para que pasara desapercibido su ataque del 26 de junio contra la prensa, a la que llamó sicaria: la CNDH le exhortó —respetuosamente— “a conducirse con civilidad y respeto a los derechos humanos de las personas que ejercen el periodismo”.

Para no dejar dudas, la comisión —controlada por el obradorismo— señaló en redes sociales que rechazaba categóricamente esas expresiones de Ackerman, que contribuyen a agravar las condiciones en las que los periodistas desarrollan su trabajo. Y remató: “la estigmatización y el descrédito inciden en la materialización de todo tipo de agresiones y amenazas en contra de periodistas. Reiteramos nuestra preocupación por la ausencia de acciones para garantizar su vida, integridad personal y seguridad”.

Aunque el sopapo de la CNDH es significativo políticamente, porque evidencia que actualmente Ackerman no está en gracia de la presidencia, es una reacción muy chiquita del pejeato, dada la violencia de las diatribas y exabruptos del sociólogo de la triste figura. El lopismo tiene un doble estándar: contra los opositores, de extrema dureza, por cualquier cosa; y, para los amigos, de “exhortos respetuosos”.

Si alguien duda de ese vulgar trato diferenciado, que contraste el linchamiento a Chumel Torres con el pequeño manazo que recibió John el terrateniente Ackerman, acompañado de la percepción distorsionada de la realidad que el presidente López planteó en su conferencia matutina de este 29 de junio.

En suma, si la 4T tuviera dos gramos de congruencia, en este momento John Ackerman tendría suspendidos sus programas en Canal Once y en TV UNAM, estaría separado del comité parlamentario que evalúa candidatos a consejeros del INE y la Unidad de Inteligencia Financiera estaría investigando su exceso de chelines. Pero, como la incoherencia del obradorismo hace palidecer a la humana contradicción descrita por Alejandro Lerner, el nunca mal ponderado John Mill Ackerman juega el mismo rol que el gato de Angora de Blofeld: actuar como mascota del bellaco, ronronear cuando se le pide y rasguñar en el momento que el tirano manda. A cambio, puede hacer lo que desee en Palacio: el país es su caja de arena…

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