Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Joe Rogan y la libertad

Joe Rogan ha revolucionado la industria del podcast. Después de haber transmitido su programa gratis durante diez años, Spotify le pagó cien millones de dólares por su difusión exclusiva. Es el podcaster más exitoso del mundo en términos de audiencia e ingresos. Su podcast tiene una audiencia promedio de 11 millones de escuchas por episodio, más que los principales programas de CNN, MSNBC y Fox juntos. Éxito no siempre es sinónimo de calidad, pero en el caso de Rogan la mayor parte del contenido habla por sí mismo.

Rogan es un gran entrevistador. Posee un talento natural para hacer que una conversación de horas se digiera como si fueran minutos, en buena medida debido a su estilo directo y campechano, un tanto representativo del common man ingenuo pero informado cuyas preguntas interesan al escucha promedio. A su programa invita a personajes prominentes en muchas disciplinas: artistas, empresarios, científicos, políticos, periodistas, deportistas, nutriólogos, activistas y una buena dosis de excéntricos, iconoclastas y ocasionales rufianes. El surtido es equilibrado en términos del espectro político, y aunque él personalmente se ha inclinado por Bernie Sanders, sin duda parece tener una predilección general por el libertarismo americano, la emancipación individualista, el regreso a la naturaleza, la cacería, la pulsión antisistema y la sustentabilidad, lo cual según sus críticos y detractores lo coloca en la derecha radical (o alt-right).

Joe Rogan. Imagen: thequint.com

The Joe Rogan Experience es un programa controversial porque su anfitrión se mueve en los confines del consenso, al filo de la navaja, e intenta desafiar la anuencia mainstream. Ha hecho saltar no pocas veces a políticos, a la progresía estadounidense –particularmente a los activistas woke y al establishment LGBTQ–, a medios, universidades y científicos, abordando temas polémicos y haciendo preguntas incómodas. Es precisamente esa forma de estirar la liga –en la que se basa buena parte de su éxito– la que a veces lo ha metido en problemas. Recientemente invitó a un par de acreditados científicos que cuestionan el consenso científico, político y mediático respecto de la vacuna contra el Covid y el manejo de la pandemia, lo cual constituyó para algunos una afrenta irresponsable en una crisis sanitaria global, a tal punto que Neil Young y Joni Mitchell, entre otros artistas, lanzaron un ultimátum a Spotify: o ellos, o Rogan. Spotify escogió a Rogan sencillamente por un cálculo de negocios, lo cual enardeció más a otras turbas habituales de inquisidores que de atacar a Rogan ya han hecho una rama entera del activismo.

La controversia suscitó también una discusión más moderada que no llamaba a la censura, sino a reflexionar sobre un problema en el corazón de la comunicación masiva digital actual. Rogan, señalaron algunos, no tiene ningún control editorial, no da derecho de réplica, no tiene advertencias de desinformación, no está sujeto a filtros de calidad. Contrario a las meticulosas cláusulas de responsabilidad editorial a las que están sujetas por ley los medios tradicionales, el contenido de Rogan llega sin curaduría ni ningún tipo de tamiz a millones de usuarios. Además de peligroso, dicen, es injusto. Ni siquiera las redes sociales tienen regulación tan laxa. La presión de los mesurados tuvo un desenlace razonable: Rogan y Spotify aceptaron dar foro a réplicas y refutaciones, así como establecer una política de aviso de contenido específicamente relativo a la pandemia.

Sin embargo, el boicot para cancelar a Rogan debe leerse en la clave de la actual cargada contra la libertad: a alguien no le gustó algo y, en lugar de refutarlo en el terreno de las ideas, prefirió recurrir a la hoguera. En ese sentido, es buena noticia que Spotify y Rogan –que ahora deberá ingeniárselas para no limitarse demasiado con los nuevos filtros– hayan resistido. Si bien la responsabilidad editorial es importante, el debate, la discusión, el escepticismo, el desafío a las ideas –en suma, las cualidades que hacen del suyo un gran show–, son inherentes a algo más importante: la libertad.

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