Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Itinerario por la felicidad, día 2: su historia y sus tiempos

Pensar en la camiseta del hombre feliz es la panacea capitalista que supone que la experiencia humana puede estandarizarse, concretizarse, portarse y claro, exhibirse.

Hoy existen dos líneas de venta poderosas que podrían subordinarse a la experiencia feliz, pero pensemos que toda filosofía de consumo reza a dos santos: a Eros (el cuerpo y sus placeres) y a Eufrosine a quien presentamos en el primer itinerario como representante de la felicidad. Su búsqueda obsesiva, tratar de empacarlas para su venta ha resultado en su contrario, la infertilidad, la infelicidad y la depresión.

Porque hablar de la felicidad personal es desnudar el más íntimo sistema de valores, expectativas, fantasías, ensoñaciones y esperanzas, pero si tenemos que arriesgarnos en la búsqueda de ingredientes fundamentales, podemos nombrar los siguientes:

  1. Seguridad que libera de miedos.
  2. Capacidad para disfrutar las relaciones personales.
  3. Dar sentido al placer.

“¡Detente, momento, eres tan hermoso!” dijo Goethe en voz de Fausto.

La felicidad es un estado de afirmación vital, es la mayor ambición. Posee una intensidad positiva, su momento ideal es el pasado, donde nada ni nadie nos la puede perturbar, pero vivir de la nostalgia es perecer de sed ante un oasis en el desierto.

Habita también el futuro, cuando nada ni nadie la amenaza, cuando se trata de sueños manipulables pero que son avatar que azuza el deseo que no se sacia. La felicidad presente es la constatación de un cuerpo y una experiencia fugitiva pero real que tendrá que imponerse para florecer.

Pero vayamos a su historia, a recorrer someramente cómo es que este complejo buqué de sentimientos ha sido configurado en nuestra filosofía occidental.

Su Historia, así, con MAYÚSCULA

No creo exagerar cuando pienso que la felicidad es el motor de todo cuanto hacemos, el motor de la misma historia. Epicuro se dedicaba a filosofar porque pensaba que esta actividad procura una vida feliz. Pero la felicidad es una palabra de acción, no un discurso. Es una práctica, se es feliz, así, haciendo.

Sócrates representa la revolución intelectual cuando nos invita a cuestionarnos lo fundamental: ¿Quién soy yo? ¿Qué es el ser? ¿Qué es la naturaleza? Al retomar la inscripción del Oráculo “Conócete a ti mismo” fija a la felicidad como objetivo. ¿De qué otro modo podríamos alegrar al corazón?

Sócrates define como una “vida buena” a la que es capaz de ser al tiempo la más feliz y la más virtuosa, lo que llama el “bien soberano”, que equivale a la máxima felicidad con el máximo de virtud.

Aristóteles explica en Ética para Nicómaco que todo ser tiende hacia su propio bien y la felicidad es el bien del hombre. La define en dos sentidos: una vida conforme a la virtud, que es la felicidad del hombre común y la de la contemplación, la del sabio o místico. No se excluyen entre sí, sino que se remiten a dos dimensiones, una mortal y la otra inmortal. Es una mezcla de humildad y lucidez. Para ser feliz el hombre debe ser virtuoso, libre y tomar las riendas de su vida, pero este filósofo reconoce que este objetivo no se puede lograr si se vive en miseria o deshonra, sin amigos, sin salud, asuntos que no dependen de uno mismo o lo hacen parcialmente.

El epicureísmo es una paradoja pues mezcla el hedonismo (hedoné =placer) con cierto ascetismo. No hay contradicción puesto que indica que hay que gozar todo lo posible y sufrir lo menos posible y para ello hay que limitar los deseos. Elegir entre los placeres que son compatibles con la felicidad, y evitar los que nos condenan a la desdicha permanente. Epicuro nos convoca a la prudencia y categoriza los deseos en tres: naturales (fisiológicos), necesarios y ninguno de los anteriores (gloria, poder, riqueza, etc.). Los últimos son limitados, vanos y nunca suficientes. Los deseos naturales e innecesarios (deseo sexual, estético o gastronómico) no deben esclavizarnos. Los únicos deseos absolutamente buenos son los naturales y necesarios (comer, beber…).

Según Lucrecio nuestras pasiones son la tentativa de huir al miedo de la muerte, pero ¿por qué temerle a lo que no podemos sentir? Y nos insta a remplazar el deseo de no morir por el deseo de vivir. Suena fácil ¿no?

Para los estoicos es la virtud la que da sustento a la felicidad, la ascesis supone una satisfacción moral y por consiguiente la felicidad es tener consciencia de la propia virtud. Es una sabiduría de la aceptación que presupone la acción, es un arte de esperar lo menos posible para querer todo lo posible. La eliminación del azar hace que estas sabidurías sean un tanto cuanto inhumanas e improbables, excluyen el factor del azar, el golpe favorable que sabemos es parte de nuestro destino incierto.

Hobbes, en contra de Epicuro, demuestra que es imposible limitar los deseos a los que son susceptibles de satisfacción total. Porque el deseo es vivir en el tiempo, en la naturaleza y solo existe el presente, pero por medio de la imaginación el hombre no deja de proyectarse hacia el porvenir. Por eso, nos dice que la felicidad “no consiste en el reposo de un espíritu satisfecho… es una marcha continua del deseo hacia adelante, de un objeto a otro, y el apresamiento del primero solo es una ruta que conduce al segundo”.

Lo que el hombre quiere por encima de todo es el poder para obtener algún bien en el futuro. El hombre quiere asegurarse el objeto del deseo para siempre, así todo deseo es deseo de porvenir y por tanto de poder.

Spinoza pensaba que la alegría es cambio, fluctuación, pasaje, movimiento y la dicha es un espacio interior abierto al mundo de una alegría posible. La felicidad no es un absoluto sino una modalidad relativa de la existencia. Cuando somos felices solo sentimos y no nos preguntamos sobre ella.

La segunda revolución filosófica es la de Kant, que nos hizo entrar en la modernidad al señalar la imposibilidad del “bien soberano” pues no necesariamente se es feliz y virtuoso pues hay malvados que logran sentir placer y viceversa, virtuosos infelices. Kant cree que la felicidad es un ideal: “no es de la razón sino de la imaginación”.

Para él la felicidad y la virtud, en este mundo, no marchan juntas, no son de este mundo, es la idea cristiana de la felicidad después de la muerte. Por eso en su opinión debemos ocuparnos menos de lo que nos hace felices que de lo que nos hace ser dignos de serlo. Es el principio de la moral. La única forma de que un ser moral eluda el sin sentido es lo que se llama “horizonte de esperanza” del kantismo (su dimensión religiosa) y la felicidad vendrá como una consecuencia de cumplir con nuestro deber. Si nos hacemos dignos de ser felices (sentido de la moral) podemos esperar a serlo después de la muerte (sentido de la religión). La única forma de actuar virtuosamente es sin esperar nada a cambio. La moral no precisa esperanza.

Kant resume el campo de la filosofía en tres grandes preguntas: ¿Qué puedo esperar? (teórica, de los límites y condiciones del conocimiento, Crítica de la razón pura) ¿Qué puedo hacer? (pregunta moral, Crítica de la razón práctica) ¿Que me está permitido esperar? (pregunta religiosa, Crítica del juicio, pero se refiere a ello en las tres obras lo que nos muestra la importancia que le confiere al asunto). La revolución kantiana es que ya no es la religión la que funda la moral, sino a la inversa.

El siglo XVIII se impone el mundo de la razón que defienden los grandes escritores y filósofos (Voltaire, Rousseau, Diderot) sin embargo, fue un siglo angustiado que buscaba la felicidad en la tierra mediante los sentidos y lo imaginario. Se descubre el placer de la voluptuosidad, el arte de saborear los placeres con delicadeza y sentimiento. Surge la imagen del libertino que suele ser un erudito que reflexiona en las formas de seducción.

Según los filósofos de la ilustración la sociedad es un cuerpo sin conciencia. No sitúa una felicidad para todos, respeta las jerarquías y crea un espacio público que concierne en primer lugar a los letrados y elites ilustradas. Reconocen el derecho a existir y a pensar y a denunciar las desigualdades. La naturaleza se torna idílica, es el anhelo de regresar a un estado en donde nada o casi nada estaría destrozado y pervertido por el hombre. Esta idea en nada se parece a la nostalgia del Paraíso divino. Es la idea de una felicidad fraternal e inocente, virgen: debe ser una felicidad “mediocre “y no pasional. Es hacer las cosas sin prisa ni exceso.

El monarca esconde a los marginales para que no ofendan la vista, inspirados en la vigilancia y el control se agrupa y encierra a los mendigos para mostrar un estado feliz y mostrar que el rey se preocupa por la felicidad de los pobres.

Entre los siglos XVIII y el principio del XX se albergó la esperanza de que la ciencia y la técnica traerían la felicidad a la tierra. Para los utopistas de los siglos XIX y XX la edad de oro estaba en el porvenir.

En el siglo XX, las creencias religiosas perdieron fuerza, del mismo modo que lo hizo la religión laica del socialismo. Ante la no-filosofía se introdujo el individualismo más extremo. Estas ideas proclamaban la autorrealización, pero esta postura ha mostrado su fracaso, pues no ha procurado mayor felicidad. Se deduce que para alcanzar este sentimiento se requiere de una noción de bien común al que aportar nuestra contribución.

La felicidad hoy ya no es una idea política o una promesa, se trata de un derecho y hasta de un deber. Ser es sinónimo de acceder a la felicidad. Sin embargo, se identifica con lo desmesurado: “ser más, es ser más feliz” y esto es una falacia publicitaria que incrementa el deseo y opone el gozo presente.

En la década de los ochenta para ser feliz se requería de “ser alguien”, ser exitoso, sobre todo en el mundo de los negocios.

Hasta antes de la pandemia, el camino a la felicidad en esta sociedad de consumo provenía de todo lo que nos puede sacar del anonimato, de la multitud, de la igualdad democrática. El paradigma y el colmo de la felicidad es la fama, dura y pura por cualquier causa pues ser famoso es ser más, es tener una vida extra. Singularizarse es el precio de la democratización de la felicidad.

Dice Alice Germain en La historia más bella de la felicidad que la paradoja de nuestro tiempo es inventar una felicidad “interior” y proponer más felicidades de consumo. Es decir, el ser y tener mezclados íntimamente.

Paraíso e imágenes felices

Paraíso es un término persa, para-daiza, que derivó en paradeisos (griego): jardín rodeado de murallas que lo protegen de los vientos ardientes del desierto. Los hombres del desierto imaginaron la felicidad como un lugar verde, lleno de agua, flores y vegetación. Su significado se ha desplazado progresivamente desde un lugar apacible de espera hasta un sitio permanente para estar con Dios.

Parece que Cristo jamás habló del Paraíso: hablaba del Reino de los Cielos y más que un lugar se refería a un estado en el que el hombre se encuentra implicado y comprometido porque triunfa sobre el mal y la muerte. La idea de “resurrección de la carne” es la originalidad que propone el cristianismo por contraposición al judaísmo.

¿Quién habita el Paraíso? La Virgen se convierte en la reina del cielo, emperatriz de la felicidad eternal, o al menos eso se desprende de la pintura del siglo XV, donde también se incorpora la corte angélica y los ángeles.

En el Renacimiento se incorporan a la música notas celestes que tocan los ángeles. A mediados del siglo XVI se traslada el Paraíso a lo más hermoso de la Tierra. El arte barroco cambió la mirada sobre el Paraíso por una mirada hacia él, usando todos los recursos de la perspectiva y se representaba el ascenso, un vuelo hacia la luz, se representa un más allá, más deseado que descrito.

El rococó intentó incluso convertir el edificio de la iglesia en paradisíaco (oro, opulencia, inciensos…) La iglesia se convierte en un teatro al que la Reforma le fue hostil y por ello, situaban el Paraíso en el interior de uno mismo, indecible e irrepresentable.

Antes de la revolución científica el Paraíso estaba localizado donde aún lo está para el islam: en el universo cerrado, dividido y limitado entre un mundo situado sobre la Luna, incorruptible, y un mundo sublunar sometido al tiempo y a la muerte. Esta es la cosmografía heredada de Aristóteles y Tolomeo que fue cambiada por Copérnico, Galileo, Kepler y Newton.

El proyecto de felicidad divina se describe en el Génesis y está en el porvenir. Está al principio de la Biblia porque siempre se comienza estableciendo un proyecto. Luego el cristianismo, como la mayoría de las religiones y filosofías, aceptaba que la vida cotidiana puede aportar alegrías pasajeras en la Tierra, pero no aportará una felicidad perfecta y duradera.

Como ya dijimos, el Paraíso para los cristianos, al ser un estado, existe dentro y fuera de nosotros. Los elegidos estarán inmersos en un estado que escapa al tiempo y al espacio, lo que resulta de la comunión con los demás elegidos y con Dios.

En el arte occidental los símbolos del paganismo griego y romano han cohabitado con la simbología judeocristiana. En su libro sobre La historia de la felicidad, Mcmahon incluye este cuadro de Agnolo Bronzino “Alegoría de la felicidad” donde la felicidad en su trono real nos mira de frente. En una mano porta el caduceo (símbolo de paz) y en la otra la cornucopia (prosperidad). A su izquierda está la Justicia con su balanza, su pose es seductora. Eros parece derretirse sobre la felicidad y busca atravesarla con su saeta de oro, la Prudencia (Jano que mira hacia el pasado y hacia el futuro) intenta evitarlo, protegiendo a su monarca de la violación. La Gloria y la Fama revolotean a su alrededor, mientras que el Tiempo dueño de la esfera celeste y la Fortuna con la rueda del destino se postran a los pies de Felicidad. En el extremo izquierdo, la ciega Envidia parece querer pasar inadvertida.

Por su parte, la Imprudencia, con su gorro excéntrico es pisoteada por la Felicidad, y la Justicia somete a la Furia y el Engaño se posiciona por debajo de la rueda del Destino. Tanto el Tiempo como la Fortuna miran a Kairos, el dios griego de la suerte, que se retuerce derrotado en el piso de este cuadro. Y los ángeles parecen vendernos la felicidad celeste.

De estas dos visiones podemos extraer dos fórmulas: la cristiana que encontrará en la Tierra una alegría momentánea en la medida que el ser se acoge a los preceptos del buen Dios hasta que, unido eternamente a Él en el Paraíso, el espíritu no eche nada en falta. La visión clásica es más pormenorizada, se requiere de paz, prosperidad, justicia amor prudente, fortuna y hasta cierta gloria, la suficiente para admitir que la envidia ronde, pero a lo lejos y dominando siempre la furia y el engaño.

Siempre seductora, antes inconcebible más que al morir, luego inaccesible sino por la vía de la fe y hasta acceder al cielo, luego casi un deber político y hoy una pesada obligación, su búsqueda es una obsesiva adicción que hace al hombre moderno invocarla, pretender comprarla, dominarla y hasta ingerirla o inyectarla.

La gran pregunta que nos hacemos hoy es ¿cómo pinta el hombre del siglo XXI a la felicidad?

Por lo pronto lleva tapabocas y espera taciturna los refuerzos de una vacuna o reza piadosa el advenimiento de un milagro.

 

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